2: ¿Prender o apagar?

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2: ¿Prender o apagar?

Tenía una semana de retraso. ¡UNA SEMANA!

Empecé a caminar por las paredes cuando pasaron los días y no llegaba mi regla.

Mi estómago era delicado para los anticonceptivos. Créeme, probé cuantos pude en mi adolescencia. Probé con inyecciones, pero tuve reacciones alérgicas, en fin, mi cuerpo se rebeló ante cualquier método anticonceptivo. Solo quedó el condón.

Y, aunque no estaba orgullosa, a mis veinte años me había realizado dos abortos.

El primero fue a los diecisiete…

Faltaban pocos días para la graduación del bachillerato y no me di cuenta de que faltaba mi regla. Los exámenes, las prácticas para entrar a la universidad, mi temor a no escoger la carrera correcta, todo eso me pasaba factura. Así que cuando mi teléfono me avisó que tenía dos semanas de retraso mi cabeza casi explotó.

Era tan poco tolerante a los anticonceptivos, que la mayoría de los días los vomitaba, así que teníamos sexo con condón. Al poco tiempo Devon se acostumbró y dejé de tomar la píldora. Nos fue bien, hasta que un día ya no.

Cuando le conté a Devon su reacción fue—: No puedes tenerlo.

Él estaba en la universidad en su primer año para convertirse en un arquitecto. Yo, por otro lado, estaba a muy poco de entrar a la universidad. Sabía que mi padre me daría la ley del hielo los primeros días, pero luego me apoyaría. Incluso estaba segura de que estaría en contra del aborto. Mi hermana mayor murió al sufrir un aborto que se complicó; al parecer, su niña tenía algún síndrome y siguió la orden del obstetra y terminó en su muerte. Estaba muy pequeña para recordar cómo fue pero, en definitiva, mi padre me diría que podríamos salir adelante. Mamá ni siquiera era capaz de concebir ese acto. Crecí bajo el lema de la próvida.

Devon no estuvo de acuerdo cuando sugerí eso mismo: tener al bebé.

—Podrías conseguir un trabajo y yo también conseguiré algo hasta que sea la hora. No puedo hacerlo, Devon. No puedo…

—Somos jóvenes, Meg. No tenemos idea de cómo es el mundo real. ¿Crees que es fácil? No lo es. Mi mamá sabe sobre eso…

Devon apretaba los labios en una línea fina cuando se le iba la lengua en esos asuntos. Sabía que Marilyn fue madre soltera y que lo tuvo a los dieciséis, pero no más de eso. Era un misterio qué fue de su padre, cómo su madre acabó siendo lesbiana… o si era bisexual. Solo sabía que Amber sufrió de una violación antes de conocer a Marilyn, y que Charisse vino de esa terrible experiencia.

Durante una semana intenté convencerlo de que podríamos hacerlo. Pero siempre se negaba y acababa con una actitud melancólica por su pasado. Su reacción me hacía sentir mal. Casi culpable. Mis padres se amaban y eran una pareja hermosa. Era lo que quería construir con Devon. Lo que tenía al alcance de mi mano. Y en ese momento pensé, de manera egoísta, que un bebé acabaría con todos esos planes. Con las cosas que queríamos hacer antes de crear una familia.

Por eso lo complací. Consiguió el dinero para comprar las pastillas. Le mentí a mis padres diciéndoles que estaría donde una amiga, cuando en realidad me quedé con él en su pequeño cuarto del campus.

Dolió demasiado. Asusté a su compañero de piso. Juré que nunca lo haría otra vez.

En la segunda ocasión estaba por cumplir los diecinueve…

Estaba en mi primer año de la carrera para ser ingeniera en sistemas. Era una pequeña amante de los programas y las matemáticas. Estudiaba en la MIT y Devon se transfirió para estudiar en una universidad más cerca.

Esa vez sí lo sospeché de un tirón. Mis senos empezaron a crecer y las náuseas hicieron estragos. Ya no era una niña, así que fui al ginecólogo. Tenía siete semanas y eran dos sacos amnióticos en vez de uno.

Volví a consultarlo con Devon. Su respuesta no me sorprendió:

—Ni siquiera tenemos una estabilidad económica, Meg. ¿Cómo haremos para darle una vida digna?

No intenté convencerlo como en la primera vez. Me repetí que él tenía razón. Era muy joven para un bebé y me gustaba la vida universitaria. O quizá porque no tenía responsabilidades.

Viajé hasta Las Vegas y di fin a las vidas dentro de mí.

¿Te cuento un secreto? No me sentí aliviada. No experimenté la libertad que Devon me prometió. No.

En su lugar, me fui alejando de él.

De manera inconsciente me fui apartando. No estaba segura de si era porque lo culpaba o porque yo me sentía culpable, pero empecé a experimentar lo opuesto a la libertad: estaba presa. Cada día cargaba con un peso en mi pecho que no me dejaba respirar.

Devon, siendo muy observador, notó que comenzaba a enfocarme más en los estudios. A no querer pasar tiempo con él. A buscar a mis amigas y excluir a mi pareja de mis planes.

Él propuso vivir juntos. Consiguió un trabajo de pasante en un despacho de arquitectura. Yo empecé a trabajar en una cafetería que rentaba computadoras cerca del campus.

—No tienes que hacerlo, cariño. Podríamos ayudarte con un trabajo aquí en la empresa —sugirió papá cuando le comenté que empezaría a trabajar. Mi familia no era exactamente multimillonaria, pero mi padre tenía una compañía de ventas de autos.

Pero papá entendió que quería hacerlo por mi cuenta. Que necesitaba vivir como una adulta.

«Por si algún día termino embarazada otra vez, Devon no pueda usar la excusa de que no estamos preparados», pensé.

Supe ese día que no, mi sueño no era ser una madre sin un título, pero me prometí que no podría pasar por eso nuevamente. Que cargaba con una culpa muy grande.

Con Devon y yo viviendo juntos desde hacía un par de meses no estaba segura de que él cedería a un embarazo. Él y yo éramos un equipo, hasta que hablaba de hijos, embarazos o los abortos anteriores.

Devon y yo éramos felices, siempre que no tuviéramos que hablar de una familia. No quería elegir entre mi novio desde hacía seis años o ser una madre soltera.

Pero ¿me atrevería? ¿Sería capaz de apagar otra vida solo porque él no estaba listo?

KavanoughDonde viven las historias. Descúbrelo ahora