April Langley siempre ha querido salir de Brooklyn, viajar, mudarse y, sobre todo, cambiar de aires. Los estudios y esa pequeña de casi dos años que ama con toda su alma no se lo han permitido...
Hasta ahora, cuando una noche, navegando por interne...
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Febrero, 2017
Mis pies se hundían en la fría arena mientras corría hacia el agua con la tabla de surf bajo el brazo seguido de Claire. En cuanto nuestros pies tocaron el agua helada anduvimos dentro de la playa hasta que lanzamos la tabla y nos tumbamos sobre ella para comenzar a remar hasta adentrarnos mucho más en el agua.
No veíamos ninguna buena ola llegar, por lo que nos sentamos sobre nuestras respectivas tablas, esperando la ola perfecta.
—Esta tarde vendrás, ¿verdad? —dijo dubitativa.
—Claro que iré, no me perdería ninguna de tus competiciones por nada.
En su rostro apareció una gran sonrisa ante mi comentario.
—Bien, perfecto.
—Ni siquiera deberías haber preguntado, sabes que siempre voy a verte.
—Lo sé, solo lo preguntaba para asegurarme de que tenía tu confirmación antes de lo que voy a decirte. —fruncí el ceño.
—No me ha gustado ese tono. ¿Qué has hecho Claire?
—Nada malo, lo juro —levantó las manos en señal de rendición—. Solo he invitado a la competición a cierta mujer de ojos azules y a su hija.
—¿Cómo?
—Vaya, —soltó una breve risita— parece que viene una gran ola y es totalmente mía.
Se tumbó sobre su tabla y comenzó a remar hacia el pico de la ola para cogerla antes de que se rompiera, dejándome completamente solo.
No quería ver a April.
Ya tenía suficiente con tener que verla cada día en el trabajo como para tener que verla también el fin de semana, así sería realmente imposible sacarla de mi cabeza de una vez por todas.
Odiaba tener que verla todos los días y no poder dejar de ser un imbécil, estaba claro que a ella no le caía bien, pero yo no podía dejar de pensar en ella en cada maldito momento, había momentos en los que solo de verla pasearse por el edificio o por delante de mi despacho con esa seguridad que desprendía y con su sonrisa genuina, me tenía totalmente extasiado. No sabía que era lo que me volvía loco de ella y lo odiaba, era tan pequeña, con el cabello oscuro y esos ojos azules tan electrizantes, esa manera que tenía de enroscar un mechón de su pelo sobre su dedo con nerviosismo... Y luego estaban esas faldas ajustadas que marcaban al completo sus curvas o esos vestidos tan sencillos que la hacían ver preciosa, y que me hacían perder la cabeza.
Su belleza, su temperamento, esos ojos tan impresionantes... Toda ella era un jodido y gran problema para mí.
No entendía mi repentino interés en mi secretaria, era totalmente inapropiado por mi parte y totalmente ridículo, y lo único que pude considerar hacer para eliminar la posibilidad de que entre ella y yo pudiera ocurrir algo, debido a que mi interés fuera a más, era comportarme como un idiota como ella misma creía que era después de nuestro encuentro en el avión. Y aunque eso me hiciera querer golpearme a mí mismo ya que yo no era así, era la mejor manera de evitarme problemas.