CAPITULO X

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ᴇʟ sᴇᴄᴜᴇsᴛʀᴏ...

—¿Ya te vas? —murmuró Mariza a su marido, en medio de los efluvios del sueño.

Pablo se sentó en la cama para colocarse las medias. Eran las cinco y treinta de la mañana. Iba a jugar tenis en el club con Franco, el inversionista mexicano. Lo recogería en el hotel. Quería dejarla descansar, había tratado de no hacer ruido, pero por lo visto sus movimientos habían sido pesados.

—Sigue durmiendo amor, voy a jugar tenis —le contestó Pablo algo afanado.

Marizza se sentó de rodillas en la cama. Estaba desnuda, pegó su cuerpo al de su marido, colocó las manos en el pecho y lo acarició de arriba abajo de forma suave, lo besó en el lóbulo de la oreja y le murmuró: —No te vayas, hace frío.

—Son negocios, amor. Y también quiero hacer ejercicio.

—Yo te prometo ejercicio —sonrió contra su espalda—. No quemarás tantas calorías como en el tenis, pero te doy mi palabra de que disfrutarás más.

Pablo cerró los ojos sonriendo.

Estuvo tentado.

Se había excitado al sentir el cuerpo tibio pegado a él y el aliento en su oreja. Nunca tenía suficiente de ella, era como un ciclo interminable de necesidad y complacencia que solo ella le ofrecía.

Una mirada, una caricia y después la pasión y cada encuentro mejor que el anterior y lo luego todo volvía a empezar.

Se levantó renuente. Tenía obligaciones que cumplir.

—Cuando vuelva, te compensaré, amor mío.

—No. Dame dos minutos y te acompaño.

—¿Segura que deseas salir con este frío?

—Sí.

Saltó de la cama enseguida, entró al vestier, hurgó entre la ropa y salió con un pantalón y un buzo de lana grueso.
Al pasar, Pablo le dio un suave beso en la boca, le palmeó y acarició la curva de las nalgas. Marizza hizo trampa y lo acerco más a ella, le acarició la entrepierna con intención.

—Mi amor, tengo afán —se quejó él débilmente, ya excitado otra vez.

Ella le soltó.

—Está bien, minuto y medio.

Entró en la ducha y segundos después se vistió con rapidez.

—Te demoraste más del minuto y medio.

—Míralo como algo positivo, tendrás tu propia asistente, te pasaré agua, te limpiaré la frente, te vitorearé los triunfos y pondré nervioso a tu oponente.

—¿Y cómo piensas ponerlo nervioso?

—Algo se me ocurrirá.

Pablo la observaba, colocarse el par de tenis. La notaba algo pálida, y estaba seguro que el día anterior se había indispuesto en el baño por culpa de una sorpresiva náusea.

Deseaba tanto hacerle un hijo, siempre era su último pensamiento en el momento de la culminación. Esto era de barbaros, de cavernícolas. No quería profundizar mucho en sus sentimientos, lo dejaría pasar. Marizza lo aceptaba tal y como era, con sus exabruptos, con su posesividad, era mansa en el amor y lo hacía inmensamente feliz.

Sonrió ilusionado.

Le preguntaría esa noche, después de que conociera a sus padres.

—Mis padres llegan hoy.

• De vuelta al amor || Pablizza •Donde viven las historias. Descúbrelo ahora