El comienzo de una comisión

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Luché todo mi primer año con ansiedad, una batalla silenciosa que pocos podían ver, pero que gobernaba cada uno de mis días

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Luché todo mi primer año con ansiedad, una batalla silenciosa que pocos podían ver, pero que gobernaba cada uno de mis días. La Estrella que alguna vez brilló con naturalidad se encontraba cansada, abatida, como una lámpara cuya llama vacilaba bajo un viento persistente. No era una herida visible, ni un mal que pudiera señalarse con el dedo; era un peso invisible que se sentía en cada respiración, en cada pensamiento que se repetía sin descanso.

Mi cuerpo se convirtió en el reflejo fiel de lo que mi alma padecía. Perdí peso sin proponérmelo; mi piel perdió su color, adoptando un tono enfermizo que me resultaba ajeno. Al observar mis fotografías, me descubría verdosa, desvanecida, como si la vida se hubiese retirado de mí con discreción, dejándome apenas la forma de quien fui. Aquella imagen no me devolvía reconocimiento, sino extrañeza: era yo, y sin embargo parecía alguien que había dejado de habitarse a sí misma.

Cada día se presentaba como una prueba de resistencia. El pecho oprimido, la garganta anudada, un cansancio que no cedía ni con el descanso. Salía al exterior solo para llorar en silencio, buscando un rincón donde el mundo no me exigiera explicaciones. Dormir se volvió una empresa casi imposible; la noche, lejos de traer alivio, se extendía como un corredor interminable donde los pensamientos, el miedo y los recuerdos caminaban sin orden ni compasión.

En uno de esos momentos, cuando el alma ya no distingue entre fortaleza y agotamiento,
hablé con Dios no desde la fe serena, sino desde la desesperación más honesta:

—Señor, tú sabes que no tengo el valor para quitarme la vida, pero tú sí puedes. Si no sirvo para nada, llévame contigo. No quiero seguir en este pozo sin fin.

Y la respuesta de Dios solo fue silencio, con misericordia.

No hubo reproche ni explicación. No hubo una voz que descendiera del cielo. Solo un silencio profundo, lleno de una ternura inexplicable, como si ese mutismo divino no fuera abandono, sino contención; como si, en lugar de apartarse, Dios me sostuviera con manos invisibles mientras yo no podía sostenerme sola.

Aquel año también trajo amor, aunque no del modo amable que la juventud suele imaginar, sino como esas pruebas que el destino disfraza de esperanza para revelar, más tarde, su verdadera intención.

Conocí a un joven en la iglesia, un joven usado por Dios, cuya voz —antes incluso que su presencia— despertó algo en mí que no supe nombrar. Tenía dieciséis años cuando lo conocí, y desde el primer instante sentí que había en él una familiaridad inexplicable, como si su mirada supiera cosas que mi corazón llevaba tiempo callando.

Durante cinco años esperé en silencio. No con impaciencia, sino con esa constancia discreta que acompaña a los sentimientos profundos. Observaba sus gestos, interpretaba sus palabras, buscaba significado en cada detalle.

Hecha De Sol ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora