Esta historia es para chicos y chicas que luchan con la depresión y ansiedad, pensamientos intrusivos, el auto sabotaje hacia su propia persona.
Gritos de un cuerpo atrapado en pensamientos del futuro y recordando el dolor del pasado, donde el cuerp...
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Mis primeros años de colegio fueron todo un desafío. No era una chica preocupada por mi apariencia; muchas veces no me peinaba, mi uniforme apenas estaba planchado y mi falda lo justo para cumplir con la norma.
Mis compañeras, en cambio, cuidaban cada detalle: labios rosas, cejas definidas, maquillaje sutil para no ser vistas por el consejero. Yo apenas usaba un bálsamo labial, consciente de lo frágiles que eran mis labios, agrietándose con el cambio clima constante que había. Me veía a mí misma como invisible, la "más fea" del salón. No había pretendientes, y sinceramente, no me interesaba buscarlos. Mi prioridad era estudiar, sacar buenas calificaciones y avanzar de año; los logros no caían del cielo.
En segundo año, un compañero que inicialmente me humillaba terminó convirtiéndose en un buen amigo. Para el tercer año, aunque su mejor amiga lo influenciaba en mi contra, él decidió conocerme de verdad. Descubrió que yo no era lo que decían y surgió una conexión genuina: compartíamos la música, él me prestaba su guitarra y juntos cantábamos en el patio y en la cafetería.
Era un tiempo de descubrimiento, de pequeños momentos que hoy recuerdo con gratitud. Su novia era mi amiga desde el primer año, y aunque la amistad se transformó en recuerdo, aquel año me enseñó sobre la importancia de la verdadera conexión humana.
Al ingresar a la preparatoria, enfrenté un desafío distinto. Una joven que yo consideraba amiga nunca lo fue. Se burlaba de mí, me llamaba por apodos y despreciaba mi uniforme largo, como si la tela pudiera definir el valor de una persona. Un día, durante la clase de Ecología, mi paciencia llegó a su límite.
Me levanté y, con calma y firmeza, le dije: —Por favor, no te vuelvas a meter conmigo. Respétame como yo lo hago.
Ella intentó agredirme, pero no sentí miedo. Nuestro profesor nos separó y, al observar mi rostro, dijo:
—Corazón, la saqué porque vi que en tu mirada ya no estabas tú. De verdad sentí miedo al ver que la chica humilde se fue.
Ese instante fue un punto de inflexión. Comprendí que nadie podía imponerme miedo ni palabras hirientes. Aprendí a levantarme con dignidad, a cuidar mi ser y mi esencia.
Fue en ese mismo tiempo que conocí a mi primer amor en la iglesia, aquel al que llamo "amor a primera voz". Su voz fue lo que me atrapó primero, un timbre cálido que parecía envolver todo a su alrededor. Era un hombre alto, fornido, con lentes que para mi eran una debilidad, y su carácter cristiano irradiaba paz.
Él invitaba a los grupos, participaba con devoción en los servicios y mostraba un amor genuino por Dios. Lo amé, con la intensidad de quien reconoce la belleza del alma antes que la del rostro. La diferencia de edad nos separaba, y aunque no puedo asegurar que él me amara de la misma forma, sí sé que me quería.
Al tiempo, conoció a la mujer que ahora es su esposa y madre de su primer hijo. Le agradezco, incluso desde la distancia, por enseñarme a amar con pureza y a valorar el corazón de alguien más allá de los impulsos. Dondequiera que estés, te deseo lo mejor.
Mientras tanto, otro joven empezó a llamar mi atención en la preparatoria. Al principio pensé que no le agradaba por mi seriedad, pero descubrí en él a un chico amable, educado y detallista. Le gustaba la filosofía, la música y los poemas; era diferente, y sus gestos me hicieron sentir especial. Sin embargo, mi corazón ya estaba marcado por aquel primer amor en la iglesia, y comprendí que no podía corresponder del todo al joven de la preparatoria. Nuestra amistad se convirtió en un refugio, en un espacio de aprendizaje y cuidado mutuo.
En enero de 2017, recibí un mensaje que me hirió profundamente. Tocó inseguridades que llevaba conmigo desde niña, criticando mi cuerpo y apariencia, intentando disminuir mi autoestima. Sus palabras me hicieron llorar y cuestionar mi valor, pero entendí que debía proteger mi corazón. Bloquearlo en Facebook por tres años no fue un acto de rencor, sino de preservación de mi paz mental.
Aprendí lecciones esenciales: cuidar mi corazón, respetar a los demás y, sobre todo, respetarme a mí misma. Comprendí que una palabra puede derribar mundos, que la aceptación propia es clave y que nadie tiene derecho a crear inseguridades en nuestra vida.
Y así, entre la exigencia de la familia, los desafíos del colegio y los primeros latidos del amor, fui moldeando la Estrella que hoy camina consciente y fuerte, con la sensibilidad de quien aprende a valorar cada amistad, cada gesto y cada canción compartida, y con la delicadeza de un corazón joven que aún sabe soñar.