Esta historia es para chicos y chicas que luchan con la depresión y ansiedad, pensamientos intrusivos, el auto sabotaje hacia su propia persona.
Gritos de un cuerpo atrapado en pensamientos del futuro y recordando el dolor del pasado, donde el cuerp...
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Para terminar una temporada Una vez más, mírame aquí. Sentada en la penumbra discreta de mi habitación, donde el silencio observa sin juzgar y las lágrimas caen con la dignidad de quien ha resistido demasiado.
Mi corazón, fatigado pero aún palpitante, aprende a romperse sin hacer ruido. Mírame aquí, una vez más prisionera de pensamientos insistentes, de dudas que no gritan, pero desgastan, de recuerdos que regresan con la cortesía cruel de quienes saben exactamente dónde doler.
Hay instantes en los que deseo hundirme en mis propias lágrimas, seguir su curso como quien sigue un río hasta su nacimiento, descubrir si brotan de la mente o del corazón y, si me fuera concedido, cerrar esa fuente secreta del dolor que insiste en arder aun cuando deseo reposo.
Mírame aquí, limpiando mi rostro con manos temblorosas, mientras las lágrimas colorean mis mejillas con un rubor que no es vergüenza, sino humanidad.
Quisiera recostar la cabeza, cerrar los ojos y al abrirlos no sentir nada; olvidar cada noche de vigilia, cada pensamiento que me repite en voz baja que no soy suficiente.
Mírame aquí, dialogando con el pasado como quien hojea un libro amado y doloroso a la vez. Lloro por lo que fui, por lo que no llegó a ser, por aquella niña que creyó que la perfección era el único camino hacia el amor.
Me descubro en un mar sin orillas, consciente de que no siempre cumplo expectativas, ni las ajenas ni las propias, y aun así continúo. Mi ansiedad, astuta y persistente, me acompaña como una sombra educada pero implacable.
Gana algunas batallas, me obliga a revisar decisiones, a dudar incluso de mis mejores intenciones. Sin embargo, he aprendido —no sin esfuerzo— que caer también instruye, que cada tropiezo es una lección silenciosa y que la fortaleza suele nacer donde antes solo había temor.
Lo que mi ansiedad ignora es que Dios está aquí. No con estruendo, sino con presencia. Invisible, sí, pero constante. Como un padre atento, recoge mi dolor, permite la prueba y sostiene el alma.
Cada lágrima, cada temblor, cada noche oscura no es desperdicio, sino formación. Puedo sentirlo recogiendo mis lágrimas como quien guarda perlas de valor incalculable, transformando el pesar en luz, abrazándome sin palabras.
Y entonces, con una esperanza tímida pero sincera, le confieso mis sueños: —Solo deseo sonreír sin miedo. Viajar despacio, quizá en bicicleta, con un canasto lleno de margaritas. Descubrir sabores, recorrer Italia, admirar casas cubiertas de flores. Correr en campos abiertos, cantar sin razón, pisar la hierba descalza y descansar en la paz de ser yo.
Brillar como el sol, sin culpa, sin cadenas, simplemente existir.
Mírame aquí, porque aunque lloro, sé que ninguna lágrima es inútil. Cada una prepara el amanecer que aún no veo, pero espero.
Mírame aquí, respirando con intención, aceptando mis límites con la misma ternura con la que acepto mis anhelos.
Comprendo, al fin, que cada lágrima me acerca más a mí misma, más a la paz que persigo y a la mujer que estoy llamada a ser.
Y cuando esta temporada termine, cuando el llanto se vuelva recuerdo y el corazón recupere su calma, sabré que cada batalla interior fue piedra firme en mi camino.
Porque incluso en la noche más profunda hay luz que sostiene, manos invisibles que abrazan y una voz suave que me recuerda:
Brillas, Estrella, y el mundo aún te espera para verte brillar.