CAPÍTULO XII. Va a doler.

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Encima de su amplio escritorio de madera clara, descansaba un pequeño calendario con fotografías de gatitos. Durante las dos semanas que trascurrieron desde aquella mañana tan especial que compartió con Louis, Harry no quiso mirar la fecha en la que se encontraban.

Sin embargo, esa tarde de un sábado, lo hizo.

Harry dejó de teclear las palabras que componían su libro, llevando de forma fugaz, sus orbes hacia esos papeles que le resultaron adorables en algún momento. El verano estaba en su cúspide, saludándoles con el sofocante calor de mediados de julio. ¿En qué momento perdió el control de los días? ¿Cuándo permitió que el tiempo se escurriese entre sus manos?

Louis era un soplo de aire fresco para las quemaduras de su alma. Un milagro temporal que, aunque aferrase con fuerza, terminaría esfumándose de su vida. Harry no deseaba que eso ocurriese. Tenía ganas de seguir sintiéndose con la adrenalina que el universitario causaba en su corazón cada vez le miraba con ese brillo especial.

Era esa persona que le quería de forma incondicional, sin buscar nada que le beneficiase para su egoísmo. Louis era delicado, una persona dulce que merecía todo lo que Harry tuviese para darle hasta su última respiración. Ese muchacho fue inyectado en sus venas con la intención de volverle adicto a él, sin poder sacarle de su mente nunca.

Encontró lo que pidió en silencio tantas noches.

Sin embargo, el verano era efímero.

No fue capaz de continuar su escritura ante su mente en blanco, maldiciendo no haber aceptado pasar la tarde en la montaña con Louis. Se cumplían cinco horas desde que el muchacho le envió aquel mensaje que decía:

Louis:
Me he comprado una gorra de Adidas para poder ir a la montaña, ¿te apetece que vayamos esta tarde?

Harry se vio obligado a denegar el plan, explicándole que necesitaba adelantar el libro.

Reposó su espalda sobre su cómoda silla, pasando sus largos dedos por sus rizos. Echaba de menos tenerle al lado, pensando que podría haberle dado alguna alternativa para poder estar juntos mientras Harry escribía. Cualquier cosa era válida si se trataba de poder sentir su presencia. Su suave olor a canela lo era todo.

Miró su teléfono, percatándose de que eran las siete de la tarde y había logrado escribir tres maravillosos capítulos; merecía un descanso. Arrastró las ruedas de su silla, poniéndose en pie y saliendo de su despacho para que el aire de la calle despejase su mente. Allí se encontró a Topanga, asomada entre las vallas de su jardín y moviendo la cola con bastante felicidad.

—¿Qué estas mirando, pequeña cotilla?

Con la misma curiosidad con la que hizo la pregunta, se encaminó hasta el borde de las vallas, encontrándose con cierto muchacho. Louis estaba en la playa junto a sus amigos. Jugaban al voleibol con una torpeza que hacía sonreír a Harry. Quiso decir algo para que notasen su presencia, pero le pareció una mejor opción verles fallar.

—¡Niall deja de intentar darme en la cara! —chilló Liam, haciendo reír a Louis de forma sonora.

Había muchas veces donde odiaba que su jardín diese directamente a la playa, teniendo el mar a unos pocos metros de distancia. Sin embargo, pensar que Louis quisiese pasar su tarde en la playa justo delante de su villa, le hizo creer que no fue tan mala decisión comprarla en esa zona.

Louis no conseguía darle a la pelota por mucho esmero que dedicase a corretear hacia la pelota, cuando su objetivo estaba por caer en sus brazos, se acobardaba.

—¡La pelota no muerde, Louis! —exclamó Harry.

Cuando el universitario que fue mencionado escuchó como comentaban lo pésima que era su participación, buscó con su mirada al hombre que se atrevió a decir eso. En el momento que vio la silueta de Harry, relajó su ofendida mueca y sonrió lleno de mariposas en su estómago.

HISTORIA DE VERANOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora