CAPÍTULO XIV. Reloj de arena.

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—Tendré el teléfono en la mano toda la noche, no dudes en escribirme si necesitas cualquier cosa.

Meredith repitió la misma frase tres veces, siendo consciente de que Louis tenía su mente en algún otro lado del universo. Durante toda la tarde estuvo tecleando en su teléfono, informándole a su madre que tan solo charlaba con sus amigos para hacer planes.

La mujer no pareció creer sus palabras, aunque cree que supo disimular.

—Lo sé, mamá —contestó, dejando de leer los mensajes de Harry—. Estaré bien, no es la primera vez que duermo solo en casa. No es como que me pueda pasar algo.

—Bueno, estaré atenta de todas formas.

Louis se despidió de su familia con muchos besos babosos por parte de su hermana y un beso en su frente por parte de Meredith. Finalmente se había quedado solo, con la belleza de la luna llena sobre Worthing.

Le parecía algo bonito que Babi se hubiese hecho tan amiga de todos los niños de la academia de ballet. Al igual que le pareció muy chulo que la dulce señora que custodiaba la entrada del estudio, hubiese organizado un par de días de acampada en la playa. Babi quiso ir de inmediato en cuanto Abby dejó caer la propuesta y, como ella era un poquito la líder de los infantes, todos le siguieron el juego.

Mordiendo su labio inferior, llamó a Harry.

—Lou —canturreó el pianista al otro lado de la línea.

—Hace dos días que no hemos podido quedar... —comenzó, subiendo sus pies descalzaos al sofá—. ¿Tienes planes esta larga y aburrida noche?

—Pues la verdad es que no. Acabo de terminar otros cuatro capítulos del libro así que...

—Duerme conmigo, en mi casa —pidió de forma atropellada, su corazón agitado como una maraca.

Pudo escuchar una sutil risilla, acurrucándose mejor sobre sí mismo a la espera de la respuesta de Harry. Seguramente le diría que sí, sin embargo, eso pensó los últimos días y obtuvo una respuesta negativa.

—En quince minutos estoy allí, piensa que te apetece para cenar y lo cocinamos juntos.

Louis se alzó del sofá una vez finalizaron la llamada, echaba mucho de menos a Harry. Dos días eran pocos, pero también se podían hacer una eternidad cuando quería compartir su tiempo con él y no podía.

Se sentía como si viviese en un reloj de arena donde los cristales que protegían el tiempo, estuviesen agrietados. Los días pasaba tan rápido, que Louis no podía asimilarlo con paciencia. Que Harry trabajase tanto y tuviese menos tiempo por las tardes, solo era una clara señal de que el fin se acercaba. Y Louis no estaba listo para ello.

Preparó la masa de pizza que su madre guardaba en la nevera, y corrió hasta la entrada cuando el timbre sonó por toda la planta baja. Se encontró con Harry y su preciosa sonrisa llena de adoración.

—¿Qué tal está mi chico favorito?

Adentrándose a la casa, sostuvo las mejillas de Louis para poder dejar un suave beso sobre sus finos labios. Sin embargo, para el universitario, ese beso no era suficiente para compensar los dos laaargos días que no pudieron verse.

Se puso de puntillas y aferró la camiseta negra de Harry entre sus manos para poder estar todavía más cerca. El pianista deslizó sus manos hasta dejarlas en sus caderas, presionando con sus dedos sobre la zona. No le costaba admitir que Louis era su perdición. Aunque también su gran salvación.

—Hay pizza para cenar —dijo Louis una vez rompieron el beso—. No sé si te gusta, pero tampoco hay nada más.

—Me encanta la pizza.

HISTORIA DE VERANOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora