BITÁCORA DE INVESTIGACIÓN
Proyecto: Baba Yaga
Sujeto de prueba: Phi
Las personas no se rompen el día que sufren. Se rompen el día que aceptan sonreír mientras sucede.
Asteria Magno.
Río de Janeiro, Brasil.
Hagamos esta noche eterna
Los motores rugen como bestias encadenadas, vibrando bajo el pecho de cada piloto. El aire huele a gasolina quemada y caucho caliente. La cuenta atrás parpadea en la pantalla gigante, pero en la pista todos estamos en otro mundo: el de la velocidad y la supervivencia.
Cinco… cuatro… tres…
Las miradas se cruzan detrás de los cascos. Algunos tanteamos el acelerador con el pie derecho; otros nos inclinamos apenas, listos para el salto.
Dos… uno…
El semáforo se apaga. Un rugido colectivo estalla. El sargento Da Silva hace sonar el silbato y las motocicletas salen disparadas, mordiéndose unas a otras con el chillido de las llantas contra el asfalto. La recta inicial se convierte en un túnel de viento y ruido. Nos agachamos, pegamos el pecho al tanque, buscando cada décima. Yo hago lo mismo. Menor resistencia al viento. Física básica.
En la primera curva, el líder inclina tanto la moto que casi roza el codo contra el piso. Detrás, dos rivales nos disputamos el segundo lugar con una ferocidad que en otro contexto sería suicida: mi contrincante entra cerrándome, le respondo acelerando antes de tiempo, la rueda trasera derrapa, pero la controlo. No es magia. Es práctica.
El público grita. Las cámaras siguen cada maniobra como si fuera un golpe de navaja. La recta trasera es un infierno: el viento golpea, los motores se ahogan en su propio poder, y mis manos aprietan el manillar hasta que los nudillos se me ponen blancos.
En la última curva, todo se decide. Me lanzo por dentro, cortando trayectoria con una precisión que me ha costado años de caídas. Mi adversario intenta cerrarme, pero es tarde. El adelantamiento es limpio y brutal. El grito de la multitud ahoga incluso el rugido de los motores.
La meta está a escasos metros. Los que me siguen se lanzan a fondo, pero cruzo la línea con una diferencia que solo un cronómetro puede entender. Las motos frenan a lo lejos, dejando olor a freno quemado y algo que no sé si es victoria o solo alivio.
El rugido de los motores todavía vibra en mis huesos cuando freno. Como si las llantas siguieran girando dentro de mi pecho. Huelo aire quemado, esa mezcla de caucho, gasolina y polvo que se pega en la garganta. Mis manos siguen tensas en el recuerdo del manillar, los músculos de los antebrazos ardiendo como si estuvieran encendidos por dentro.
Salto de la moto y voy directo hacia Mateo. Me subo encima de él al verlo sonreírme. Es la sonrisa más bonita que un hombre me ha dado.
—Sabías que lo lograrías, preciosa —murmura.
Todavía tiene los brazos abiertos cuando me suelto. Su risa suena como un trueno satisfecho. No me importa si es por mí o por la carrera. El casco sigue rodando por el piso. Lo lancé sin darme cuenta.
Los otros pilotos apagan sus motores uno a uno. El silencio que dejan no es paz. Es el siseo incómodo de un orgullo herido. Siento sus miradas clavarse en mi espalda como cuchillas sin filo; no cortan, pero raspan, intentando borrar mi sonrisa.
Uno, el de la barba mal afeitada, se seca el sudor con la manga y murmura algo que sé que no es felicitación. Otro, el más alto, se quita los guantes con la lentitud de quien busca excusas en cada movimiento.
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Cerberus (Hipogeo I) *Editando*
AcciónAsteria Magno es la primogénita del general más letal y peligroso de las FMSE es trasladada a la central de Rusia en donde se encargará de acabar con un juego, un juego con fuego en donde aprenderá a no quemarse o a arder. ¿Estas dispuesto a jugar?
