Capitulo Neun­und­dreißig

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FL12: No mantener actualizados los registros laborales y otros documentos relacionados con la gestión y administración del personal, o dejar de registrar en ellos los premios otorgados y las sanciones impuestas.

FL13: No brindar apoyo al subordinado cuando sea necesario la intervención del jefe por razones de equidad, justicia o bienestar.

FL14: Responder de manera injustificada y poco cortés ante una corrección o sanción.

FL15: Pedir explicaciones al superior sobre la base de una orden, reprimenda u observación.

FL16: Permitir o tolerar críticas hacia el superior o sus órdenes e instrucciones.

Blaz Busbiloky.
Norilsk, Rusia.
Deseos saldados y Pasiones pagadas.
Lunes, 14 de agosto.
9:30 horas.

Ella echa a correr justo cuando el mundo empieza a desmoronarse. Me pasa rozando, me agarra del chaleco antibalas y tira con todo lo que tiene. El techo cede. Placas enteras caen una tras otra. Me arrastra a la fuerza, acelerando, calculando el ángulo exacto para que no nos aplaste encima. Patea una mochila de suministros y la lanza lejos. Toma el fermio y me lo arroja sin detenerse.

Sigue tirando. Grita con cada esfuerzo. Todo continúa cayendo. Usa ambos brazos, aun el herido, para arrancarme del lugar.

Un bloque enorme se desploma frente a nosotros. Alzo las manos y lo sostengo apenas el segundo necesario para desviarlo. Pesa como una sentencia. Lo empujo a un lado. Ella no afloja. Paso junto a la mochila y la engancho. El derrumbe se detiene.

Me suelta.

—Mierda.

Levanto la vista. Su brazo está abierto. La sangre corre libre, oscura, espesa.

El hueso vuelve a asomar, esta vez más abajo, atravesando la piel como un objeto ajeno. No hay forma de ignorarlo. Bajo la mirada a mi pierna.

El daño es comparable. Apoyo la mano: fémur, rótula, tibia, peroné. Fragmentos. Si hubiera seguido con la amputación, el corte habría sido limpio.

Conclusión: estamos jodidos.

Necesito datos. Me palpo la pierna. No hay respuesta. Presiono las heridas. Nada. Libero el torniquete. La perfusión es mínima. Ella intenta acomodarse el hombro. El cabestrillo improvisado está empapado; no cumple ninguna función.

—El maldito botiquín está enterrado —dice.

Sigo la dirección de su mirada. La torre de escombros es más densa ahora. Estamos en una intersección; el techo aquí es más sólido. Fue lo único que evitó el colapso total. Ella abre la única mochila operativa.

Inventario rápido: tres latas de verduras, proteínas en polvo, dos botellas de agua, una brújula, una linterna. Un frasco de maní. Fósforos inutilizables.

Ningún insumo médico.

Ella se quita el enterizo y lo desgarra sin pensarlo. El cabestrillo cede al hacerlo. Grita. No intervengo. Estoy ocupado calculando escenarios.

No puedo caminar.

Se ajusta el brazo como puede. El hueso queda alineado de forma precaria bajo el esqueleto térmico blanco. Respira entre dientes, toma pastillas del bolsillo interno y se las traga. Al notar mi mirada, me lanza dos. Las ingiero sin agua. La racionamos.

Cuando termina, se mueve hacia mí. La sangre le mancha las manos, la cara, el cuello. Tiene tierra, hielo en el cabello. Está temblando. Me apoya las manos en la pierna. Frías. Demasiado frías.

Cerberus (Hipogeo I) *Editando*Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora