Capítulo Drei­und­fünfzig

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Título 5: Derechos de los aspirantes.

1: Derecho a la igualdad y no discriminación.
2: Derecho a un salario justo y prestaciones sociales.
3: Derecho a la libertad de religión y culto.
4: Derecho a condiciones de trabajo dignas.
5: Derecho a recibir formación y capacitaciones adecuadas.
6: Derecho a la protección de su integridad física y psicológica.
7: Derecho a la asistencia médica.
9: Derecho a la libertad de asociación y sindicalización, si las leyes militares lo permiten.
10: Derecho a la protección legal y debido proceso en caso de acusaciones o sanciones disciplinarias.
11: Derecho a licencias y permisos adecuados.
12: Derecho a la intimidad personal y familiar, en la medida en que sea compatible con las necesidades operativas de la institución militar FMSE.
13: Derecho a recibir alimentación adecuada y condiciones de vida dignas.

Parágrafo 15: Es importante tener en cuenta que estos derechos pueden variar según las regulaciones específicas de cada comando dentro de las FMSE.

Asteria Magno.
Sábado 16 de septiembre.
La partida inicia.
0:23 horas.

Caminamos a una zona donde hay mujeres mucho más sensuales y desnudas que yo. Están bailando. Esta zona es como un pub sin ropa: los hombres aquí también están sin camisa y bailan con mujeres. Huele a alcohol, sudor, colonia. Este lugar es solo para bailar y divertirse.

El comandante deja que lo desvistan como cuatro mujeres. Le quitan los zapatos de cuero, el saco del traje, la camisa. Nunca antes había presenciado su torso desnudo en las cloacas; allí no se veía nada. Solo sentía su piel. Ahora lo puedo ver.

Paso saliva. Tiene un torso amplio, los tatuajes en su brazo derecho son bonitos. Está forrado en tatuajes.

Es un ser que destila lujuria. Las mujeres babean por él, lo tocan. Le quitan incluso el pantalón. El hijo de puta se deja manosear. Bien que disfrute. Sin embargo, me lo imagino desnudo. Lo imagino entre mis piernas. Y me pongo super cachonda al recordar lo que hicimos.

Me agrada mucho la vista. Blaz espanta a las mujeres que hacen pucheros; él no hace ningún amago de importancia, simplemente se dirige a mí. Se acerca con una mirada que sé lo que pretende. Niego con la cabeza. Llega a mí. Sus manos, directas a mis caderas.

—No —le digo. Sus dedos suben despacio hasta mi cintura, dejando un rastro caliente sobre la tela. Me acerca a su torso desnudo, me presiona la cadera con su cuerpo.

—No irá de acuerdo a la temática, Sargento —. «Puta mierda». Mi cargo en su boca suena de maravilla. Blaz toma la tela detrás de mi espalda con ambas manos mientras me besa el cuello.

«Este hijo de perra me vuelve loca».

Me sube el maldito ego que solo me desee a mí. Que no le importe nadie más que yo. Después escucho cómo tira de la tela del vestido. Suspiro al sentir mi piel expuesta al frío. Rompe cada pesado pliegue de la tela negra, volviéndolos trizas.

El calor sube por mis células poniéndome a arder en cada parte del cuerpo; después baja toda la tela por mi piel y esta queda a mis pies. Toma mi mano y doy un paso. Blaz recoge la tela del piso y la tira a la basura.

Tengo un sostén dorado; no es tan brillante, pero me pareció bonito seleccionarlo. Las bragas son más sensuales de las que me suelo poner. También son doradas. Acomodo la cadena de mi cintura y la pulsera de mi muslo, haciendo que brillen más que mi medio desnudez. Mis tacones son dorados. Ahora mi piel está expuesta. Sus ojos son un poso repleto de deseo y me mira con las mismas ganas que tengo yo de llevarlo a un rincón.

Cerberus (Hipogeo I) *Editando*Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora