Capítulo Sechs­und­dreißig

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FV31: Encubrir o intentar encubrir las faltas cometidas por subordinados bajo su mando.

FV32: Esconder intencionalmente irregularidades o faltas cometidas contra el servicio al superior, o tratar de confundirlo acerca de la realidad de lo sucedido.

FV33: Abusar de los bienes o elementos que se le hayan entregado para su uso, custodia, transporte, administración o a los cuales tenga acceso de cualquier otra manera.

FV34;Insultar al superior, subordinado o compañero utilizando cualquier medio eficaz para difundir el pensamiento, como dibujos o escritos difamatorios.

Hielo.
2:43 horas.
Norilsk, Rusia
Asteria Magno.
Domingo 13 de agosto.

Dasha me tomó una foto. Una donde llevaba el traje blanco.

Al salir de la oficina del comandante cargaba los planos conmigo. Necesitaba ocupar la mente. Los aprendí como se aprende una partitura: nota por nota, hasta que la melodía se vuelve automática. Era demasiado terreno para memorizarlo sin más; cinco horas, información brutal, cero margen de error. Aun así, lo logré.

Entrar en Norilsk me aprieta el pecho. Es por aquí por donde entramos.

No me inquieta que sea una ciudad federal ni que, si nos descubren, nos ejecuten sin preguntas. Eso es simple.
Lo que me horroriza es el alcantarillado.

Nieve por todas partes. El agua negra de la cloaca congelada en picos irregulares, como dientes. No bajo el rifle; lo necesito en las manos.

El comandante me rebasa. Y no voy a mentir: me siento afortunada.

Cuatro hombres envueltos en trajes blancos impecables. Demasiado buenos para este lugar. Brus es una maldita obra de arte, los músculos marcados incluso bajo la tela. Viggo, alto, compacto, puro músculo funcional. Anggelos… precioso, aunque me irrite admitirlo.

El comandante… Dios. Ese hombre es mi jodida perdición. Todo en él grita lo mismo: no estás a mi nivel.

El traje blanco es el más ajustado que he usado. Me lo puse dos horas antes. Dasha me observó como si evaluara una escultura. Cuando me vi, salté. Literalmente. Dasha tomó fotos. Las guardo.

No sabía que le gustara la fotografía.

Caminamos en silencio. La luz se va agotando. La oscuridad nos traga.

No encontré guantes blancos. En suministros ninguno era de mi talla: o gigantes o inútiles. Dedos largos, palmas pequeñas. Así que uso los negros. Me gusta cómo contrastan con el traje.

La imagen de todos esos hombres en el avión me dejó demasiado alterada como para pensar en esto. Cloacas.

Las manos me tiemblan. Miro el culo de mi comandante. Se me pasa.

Activo el visor térmico. Los pasillos se dibujan en líneas fantasmales. Sigo el ritmo del comandante. Tal vez pasemos otro día aquí. Entraremos a la planta de noche.

—Tienes nieve en las pestañas —dice Brus.

Me quito el visor y me sacudo.

—Te ves preciosa.

Brus ha iniciado el cortejo. No es brusco. No es cruel. Sería tierno… si no supiera lo que quiere. Ahora intenta agradarme. Y lo hace mal.

Se puso mal el chaleco a propósito. Quería que lo tocara. Mis dedos rozan su brazo. Músculo duro bajo la tela blanca. Una descarga absurda.

Activo el visor otra vez. Aquí no entra luz.

Avanzamos por las alcantarillas hasta una intersección. Una T. Tres desvíos. Señalo el primero. Más abajo.

Cerberus (Hipogeo I) *Editando*Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora