Capitulo Dreiunddreißig

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Izkra Moguilévichova 
Smertel’nyye igry
Miércoles, 9 de agosto 

Mis manos cubren mi rostro. Llevo dos días llorando sin parar. 

Ikram está aquí, en uno de nuestros palacios en Siberia, tan cerca del mar de Kara que el viento ártico se cuela por las rendijas y congela hasta los huesos. Todo me duele. Acaban de matar a mi padre. El dolor es un animal vivo que me devora desde dentro.

Me dejé ver débil delante de esos soldados de mierda. Ellos lo mataron. ¡Blaz le disparó! Todos en esa sala querían su cabeza, pero fue él quien apretó el gatillo.

Aprieto contra mi pecho a Demetra, mi osa polar. No se ha separado de mí desde que llegué. Salgo de la sala con ella pisándome los talones.

En el pasillo me topo con esa malnacida de ojos azules. Perdición pura. Un azul eléctrico, hipnótico, que explica perfectamente la locura de mi hermano. Por suerte, ella está aquí porque quiere. Nadie la obliga.

—Lamento mucho lo de tu padre —dice con esa voz suya que suena a veneno dulce—. Fue horrible lo que viviste. Si necesitas hablar… estoy aquí.

Su melena negra le cae hasta media espalda como una cascada de obsidiana. No le contesto. No es momento de lamentos. El mundo tiene que conocer la obra maestra que inventamos Ikram y yo. Demetra pasa de largo, ignorándola. Yo también. Esa intrusa no lleva ni un día aquí y ya estorba. Ikram va a necesitar un heredero. Papá ya no está. Pronto será el nuevo Boss de la mafia rusa.

Bajo las escaleras, subo a una camioneta negra. Demetra se acomoda a mi lado, ocupando medio asiento con su corpulencia blanca. El chófer arranca. Por la ventanilla veo cómo el castillo se empequeñece y el mar de Kara se abre, infinito y gris, tragándose el horizonte.

Bajo en la playa. Demetra me sigue. Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y ahí están: toda la familia reunida. Mi madre, a quien solo veo cuando no hay más remedio,  vestida de blanco inmaculado. Mis cinco tíos, cinco osos disfrazadas de hombres, todos dispuestos a clavarle un cuchillo a Ikram por el trono. Todos de blanco. En nuestra cultura la muerte no es el final; es renacer.

La barca vikinga flota cerca de la orilla. Dentro yace él. Mi padre. 
Pálido como la nieve virgen, el cabello plateado desplegado sobre la madera. Siento que el pecho me va a estallar. Saco dos monedas de oro creadas exclusivamente para él y camino hasta la barca.

El corazón me arde. Cierro los ojos y vuelvo a verlo: él entregándome a Demetra cuando aún era una osezna, él llamándome “su reina”, él regalándome un castillo entero…

Si mis tíos me ven llorar otra vez, me mandarán de vuelta a las cloacas de Zudan.

Dejo las monedas sobre sus párpados cerrados. Cojo su kukri favorito, me abro la palma de la mano de un tajo.

La sangre brota caliente. Levanto la mano y dejo que caiga sobre su rostro, sobre su pecho, sobre la madera. Un río rojo.

Uno a uno, todos pasan. Tíos, madre, Ikram, hasta esa francesa de ojos azules. Pensé que ella no lo haría, pero sí: se corta y deja caer su sangre también. El hombre más poderoso de Rusia se bañaba en sangre mientras vivía; ahora lo bañamos por última vez para que incluso muerto siga siendo venerado.

Cojo una rosa blanca de mi corona, la empapo en la sangre de mi palma hasta que se tiñe de rojo oscuro.

Enciendo un zippo. La llama devora los pétalos. Camino hasta la barca, lanzo la rosa encendida. El fuego prende la pira al instante. Ikram y mis tíos empujamos la barca mar adentro.

Cerberus (Hipogeo I) *Editando*Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora