Capítulo Fünf­und­zwanzig

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S12: Entregar o renunciar el control a otra persona sin motivo justificado durante operaciones de combate.

S13: Evitar participar en combate cuando se tiene la capacidad y la obligación de hacerlo; esconderse o fingir enfermedad para evitarlo, retirarse indebidamente o instigar la huida injustificada, dejar de perseguir al enemigo teniendo las fuerzas necesarias, o no brindar el apoyo necesario cuando se tiene la oportunidad.

S14: Rendirse ante el enemigo o abandonar el puesto sin utilizar todos los medios de defensa disponibles en caso de conflicto armado, disturbios, calamidades públicas o peligro general.

S15: No tomar las medidas preventivas necesarias para defender la base, puesto, oficina barco a su cargo, o para el desplazamiento de tropas bajo su mando.

Domingo 30 de julio.
Crise de panique.
Larochette, Luxemburgo.
00:54 horas.
Asteria Magno.

El hombre envuelto en llamas grita como un demonio, iluminando la noche con un resplandor naranja que se refleja en cada piedra del castillo. El rugido de los helicópteros corta el cielo. Voces estallan en decenas de lenguas: ruso, serbio, español, italiano, alemán, turco, francés, croata, japonés, mandarín… Órdenes gritadas, solapadas, superpuestas. El aire se convierte en un campo de batalla de sonidos.

Las FMSE han entrado. Los infiltrados abren fuego sin compasión. Veo el brillo de las M16, el estruendo de las carabinas MK14, fusiles, rifles automáticos, Glock 19 disparando ráfagas, metrallas sacudiendo el aire. Están aquí para destruir, no para capturar. Las FMSE solo se llevan prisioneros cuando necesitan información, nombres de capos que sostienen imperios de sangre.

Mi abdomen late de dolor, pero lo ignoro. Solo tengo una meta: los Moguilévich.

Y sobre todo él. Ikram.

Corro detrás de la sombra que me obsesiona. Ese lunático me dio su pistola, mató a un hombre por haberme golpeado, me ofreció obediencia sin conocerme. «Ni siquiera lo he tocado», pienso mientras acelero. La silueta salta un muro, su melena blanca ondea como un faro.

Yo también salto. Mis manos se clavan en la columna de piedra, mis pies se impulsan contra la pared, y caigo al otro lado. El barro me recibe con un golpe frío. Una gota de lluvia resbala por mi rostro.

Los árboles me rodean, gigantescos Quercus robur. El suelo húmedo registra cada huella, y yo sigo las pisadas descuidadas. Detrás de mí, otros pasos. Un calor extraño me atraviesa, subiendo desde el alma hasta la piel, endureciendo mis pezones bajo la túnica mojada. Pero no me detengo.

Entonces los veo. El trío inconfundible. Innokenti va al frente, corpulento, con los movimientos seguros del patriarca. Izkra lo sigue, con esa sonrisa cruel que me revuelve el estómago. Y detrás, Ikram. Mi objetivo.

Innokenti manipula algo entre las manos; Ikram le pasa piezas, como si ensamblaran la muerte misma. Izkra sonríe con frialdad, disfrutando.

Levanto el arma. El revólver de Ikram. Su arma me pesa como si llevara su nombre grabado en fuego. Apunto. Estoy cerca, lo suficiente para intentar el disparo. No soy Léa, pero mi puntería es buena. Aunque me arda la cara golpeada y me retuerza el abdomen, sé que puedo darle. Con que caiga uno, uno solo de ellos, me sentiré orgullosa.

Respiro. Presiono el gatillo.

Un estallido. El disparo truena y las aves huyen despavoridas. El bosque se llena de aleteos y chillidos. Pero no. El tiro falla.

Porque alguien desvió mi mano en el último segundo.

Levanto la mirada y me encuentro con los ojos del comandante Busbilosky.

Cerberus (Hipogeo I) *Editando*Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora