cap. 7

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MARIAM 

El pueblo comienza a despertar con la primera luz del día, el murmullo de la gente se mezcla con los sonidos de la vida cotidiana

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El pueblo comienza a despertar con la primera luz del día, el murmullo de la gente se mezcla con los sonidos de la vida cotidiana. 

Dejé mi caballo en un lugar escondido, lejos de las miradas curiosas Hoy es el Día de Muertos, un día en el que, por unas horas, puedo caminar entre los vivos como si fuera uno de ellos.

Cuando tomé mi lugar como el siguiente Charro Negro, entregué mi alma... fallecí para poder habitar el inframundo, donde la antigua hacienda se alza en la penumbra. Pero aún me queda un vestigio de humanidad, lo suficiente para regresar al mundo terrenal en fechas como esta. Es difícil de explicar... pero, de todas las cosas que me han ocurrido, esta es la mejor.

El reloj marca las once de la mañana y me encuentro avanzando entre la multitud que se dirige a la iglesia. Algunos vienen a escuchar la misa, otros a rezar por los que se han ido. Yo, por otro lado, me mantengo lejos. Al ser una criatura de la oscuridad, no puedo tocar ni pisar un lugar bendito sin que mi piel sufra las consecuencias. No soy inmortal del todo, pero mi existencia está marcada por reglas inquebrantables. 

Atravesando el gentío, me dirijo a comprar un ramo de rosas. Hoy es un día en que, de algún modo, puedo decir que estoy "viva". Por unas horas, mis manos conservan el calor suficiente para sostener las flores antes de que se marchiten. Estas rosas son para la única persona que realmente me importó todos estos años, la única que me cuidó como si fuera su propia hija.

No hablo de mi abuela... sino de la niña Toñita.

Ella, con su ternura y su calidez, nunca me abandonó. Nunca me dejó atrás como lo hizo mi abuela, quien se fue demasiado pronto para mi gusto

De camino al panteón, noto algo inquietante: la mayoría de la gente ya no me reconoce. Tal vez porque, cuando me fui, aún conservaba los mismos rasgos, el mismo rostro de mi niñez. Pero el tiempo y el destino me han cambiado de maneras que ellos jamás podrían comprender.

Al entrar al panteón, busco la lápida con su nombre. Dejo las rosas sobre su tumba, luego me dirijo hacia la de mi abuela y dejo tan solo una de las dos rosas que quite del ramo quedando con una en la mano.

El entorno parece animado, como si la muerte aquí no fuera una tragedia, sino un lazo entre dos mundos. 

Observo la lápida de doña Toñita... me quedo mirándola en silencio. Menos mal que no está viva.

Ella nunca quiso esto para mí. Siempre trató de protegerme, de evitar que terminara atrapada en la oscuridad. Pero, después de su partida, todo se desmoronó. La promesa que le hice... nunca la cumplí.

Me convertí en el monstruo que juré no ser.

Ella sabía que había alguien observándome, esperándome. Sabía quién era. Me lo dijo, me explicó por qué me quería... porque yo era la persona que había esperado por tanto tiempo. Pero yo... yo no entendía su advertencia.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora