Cap.9

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LEO

Luego de descubrir que el Charro Negro había secuestrado a Nando, mis amigos no dudaron en brindarme su ayuda

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Luego de descubrir que el Charro Negro había secuestrado a Nando, mis amigos no dudaron en brindarme su ayuda. No podía hacerlo solo. Sabía que para traer de vuelta a mi hermano necesitábamos un plan, una estrategia clara para llegar a las tierras oscuras, como las llama Teodora.

Mi conexión con el mundo de las tinieblas seguía intacta. Solo necesitaba a alguien que pudiera guiarme en el camino. Por eso íbamos en busca de la única persona que podría ayudarnos: el padre de Beatriz. Él debía saber cómo entrar al Inframundo.
Viajamos juntos en la carreta, recorriendo los pueblos cercanos, buscando pistas. Había oído rumores... la Gitana estaba cerca. Si ella estaba aquí, él también debía estarlo.
Mi mente estaba absorta en el camino, concentrado en cada señal que pudiera llevarme a la verdad, tanto que apenas prestaba atención a las conversaciones de mis amigos. Fue Alebrije quien me sacó de mi trance.

Alebrije mira a Leo con inquietud, su expresión seria, como si intentara confirmar un pensamiento aterrador.  

—¿No lo crees, Leo?

Leo frunce el ceño, aún sumergido en sus pensamientos.

 —¿El qué, Alebrije?

Alebrije exhala con un aire sombrío.

 —Que el Charro encontró la forma de regresar... para seguir sembrando miedo entre la gente. Pensé que lo habíamos derrotado la última vez.

Antes de que Leo pueda responder, Teodora interrumpe con una explosión de frustración. 

—¡Ay no, LEO! ¡Aquí mi cel no tiene señal! ¡Da la vuelta! Hace un rato sí tenía, o sea, jelou! ¡Ay no! ¿Saber qué horrores no estará sufriendo mi Nandito?! NO, LEO, ¡TODO ES TU CULPA!

Xóchitl, con paciencia, pone una mano en su hombro.

Ya, Teodora... no empeores la situación.

 Teodora suspira dramáticamente, sacudiendo el celular con frustración.

 —¡Ay, equis, ya me cansé de no tener señal para ver mi face! Lo que me recuerda que nadie le ha dado me gusta a mis fotos.

Evaristo sonríe con calma, intentando aliviar la tensión.

 —Relaja tus chacras, Teodora. Amor y paz para todos.

Leo se masajea las sienes con impaciencia, sintiendo cómo la ansiedad se acumula en su pecho. 

—¿Podrían hacer silencio? Necesito pensar bien el plan.

Xóchitl cruza los brazos, su tono firme, pero sin perder calidez.
 

— Ya, Leo, nosotros venimos a ayudarte. No actúes como si te estorbáramos.

Leo exhala, sintiendo el peso de la situación.

 —Perdón, Xóchitl... Es solo que estoy preocupado. Mi hermano es lo único que me queda de mi familia. No quiero perderlo.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora