XII

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A pesar de la prisa que teníamos para partir a Inglaterra, no pude hacerlo de inmediato debido a que caí enferma. Mi fiebre subió a 40° y se mantuvo así durante dos días. Afortunadamente, ya no estaba recluida en los calabozos; en su lugar, me encontraba en una pequeña habitación destinada a los empleados de la mansión. Una señora se encargó de cuidarme y fue ella quien me asistió durante los cuatro días que permanecí en cama.

La mujer no era amable, pero tampoco indiferente. Simplemente cumplía con su deber y nada más. Para mí fue un alivio poder finalmente disfrutar de una noche completa de sueño. Había acumulado mucho cansancio y fatiga.

En la mañana del quinto día, mientras desayunaba, mi captor entró bruscamente con un portazo. Había pasado casi una semana sin verlo, y eso me había hecho muy feliz. Sin embargo, tenerlo frente a mí me ponía de los nervios.

—Salimos en una hora. —Decretó y lanzó sobre la cama una bolsa de plástico.

—Entendido. —Murmuré, dejando a un lado la bandeja con los restos de mi desayuno, y tomé la bolsa.

Dentro solo había ropa.

—No tardes. —Concluyó y, luego de verme por unos segundos más de los necesarios, salió.

Yo suspiré y me puse de pie para cambiarme lo más rápido posible.

Durante los días que estuve enferma, tuve tiempo libre para pensar. Recordé el tiempo que pasé con mi secuestrador en Australia y luego todo el recorrido hasta llegar a Francia. Me di cuenta de que el día que casi fui electrocutada, él era diferente. En realidad, no era algo que me importase, pero al verlo de nuevo, surgieron sentimientos de familiaridad que en ese momento no había percibido.

Tal vez estaba delirando. ¿Familiaridad con un tipo que me secuestró y casi me tortura? Debía ponerle un límite a mis fantasías.

Al salir, ya cambiada, dos hombres que hacían guardia en la puerta se voltearon para mirarme y uno me pidió que lo siguiera. Salimos del anexo de los empleados y, afuera, había un auto en espera. Subí al coche con el rubio a mi lado y nos pusimos en marcha.

El trayecto se desarrolló en un silencio total, y quizá porque habían pasado varios días sin vernos, no me sentí tan nerviosa. Su falta de palabras me llevó de vuelta a la cita que tuvimos y el sentimiento de familiaridad brotó de nuevo. Lo miré de reojo y lo encontré impasible, con los brazos cruzados y la vista fija al frente.

—¿Qué? —Se volvió para mirarme cuando me demoré en su cara.

—Nada. —Murmuré y dejé de verlo.

Ninguno de los dos dijo otra palabra en todo el camino, ni en el viaje de avión. Fueron unas horas silenciosas y tranquilas. Incluso sentí que los guardias se contagiaron de nuestro silencio, ya que ninguno de ellos habló en todo el viaje.

Nunca esperé que mi regreso a Inglaterra fuese tan de repente y por circunstancias tan abruptas, ni imaginé que sería secuestrada por un mafioso francés y obligada a regresar a casa de mis padres debido a una absurda agenda. Cuando obtuve la información, pensé que se trataba de un estudio ficticio de crímenes o algo por el estilo, sin darme cuenta de que eran datos reales. Ahora enfrentaba las consecuencias de esa elección. No sabía si estaría a salvo para el final del día.

Cuando el avión privado aterrizó en suelo inglés, sentí un impulso abrumador de volver a llorar. Nunca había sido de nervios fuertes, y la situación me superaba por completo. El auto se detuvo justo frente a la puerta de la casa de mis padres, quienes seguramente se sorprenderían al verme.

—Espero no tener que recordarte lo que no debes de hacer. —Y el sonido de su arma siendo cargada anuló cualquier posible respuesta que pensaba darle.

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