Como si nada, ya ha pasado más de un mes desde que llegué a la casa Caruso, y debo admitir que nunca creí llegar a amar un trabajo. Ser niñera de Chiara es algo muy bueno que me ha pasado.
Esa niña es más que un ángel para mí, y me preocupa un poco todo el cariño que le he tomado en tan poco tiempo, así como el cariño que ella me está tomando a mí también. Es como si una con la otra nos complementáramos y, tal vez, estoy exagerando, pero se siente bonito ser querida por alguien más que no sea Ovidio.
Y pensando en él, recuerdo que dentro de unos días debo pedir permiso para acompañarlo a una cita con su doctor. La insulina funciona de maravilla, pero me preocupa un poco verlo más delgado y ojeroso. Él dice que es porque el trabajo en la panadería lo agota, pero yo no le creo. Ha trabajado toda la vida en eso como para venir y "cansarse" de pronto. Es mejor ir al doctor y asegurarnos de que todo está bien.
Mis días en esta casa nunca cansan ni tampoco son predecibles. No tengo una rutina establecida, ya que al cuidar de una pequeña puedes esperar lo más inesperado. Por ejemplo, hay días en los que me quedo en casa con ella y jugamos todo el día hasta que su pequeño cuerpecito se agota. También hay días en los que la señora Greta nos visita y, junto a ella, salimos a las bellas calles de Sicilia a explorar restaurantes, parques y muchos otros lugares donde podemos divertirnos.
Nunca me la paso en momentos aburridos... o eso creí, hasta ahora que le estoy ayudando a tejer y acabo de averiguar que la aguja y el hilo no se me dan bien.
—¡Auch! —me quejo al darme el cuarto piquetazo en los dedos.
La señora Greta suelta una risita mientras sus ojos miel me observan.
—No le estás poniendo entusiasmo.
Me agrada la idea de que su español esté mejorando. Ella le ha echado muchas ganas a sus clases y creo que han dado buenos resultados.
—Lo hago, pero no se me da —bufo, cansada, dejándome caer en el sofá. Echo una miradita a Chiara, quien duerme a gusto en su cochecito, abrazando mi cerdito—. No soy buena con las agujas.
Irónico, porque quiero ser enfermera y debo aprender a inyectar.
¿Debería preocuparme por ello? Porque no se me da bien hacer algo que posiblemente realice por toda mi vida.
—No es eso, es solo que estás aburrida, y te entiendo —deja su aguja y su mantita a un lado—. ¿Por qué no vas a mi habitación por esa cajita de cartas, eh?
Eso me hace sonreír.
—¿Está en el mismo cajón?
Asiente.
—Ahora vuelvo.
Hace unos días me enseñó a jugar cartas y creo que me he vuelto una jugadora compulsiva, aunque siempre pierda en el juego. Lo que cuenta es divertirse, ¿no?
Subo las escaleras y, luego de tomar las cartas de la habitación de la señora Greta, me topo con Ofelina saliendo de la oficina de Marcello con un rostro de horror preocupante.
¡Oh, oh!
—Reconozco ese rostro —señalo sus mejillas sonrojadas—. ¿Algo ocurrió?
—¡Pues claro que ocurrió algo! El jefe está de un humor terrible —suelta, exasperada—. Yo llegué con la mejor de mis sonrisas para ofrecerle un té aromático con un postre y, ¿sabes lo que hizo?
—¿Qué? —pregunto curiosa.
—Me dijo que él no es ningún viejo para que el té lo relaje y que, si no ha pedido algo, que no entre a su oficina. ¡Qué genio!
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Corazón Oscuro (Libro 1 de trilogía "Latidos del corazón")
RomanceEN EDICIÓN (Solamente se corregirá ortografía y puntuación. No se cambiará la trama, solamente se corregirán unas diminutas partes para una mejor historia). Irisha, una joven encantadora pero con problemas de dinero encuentra una inesperada oportuni...