Capitulo 5

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Septiembre 30, 2006

Ya teníamos en Suiza un mes. Ana apenas había llegado a su segundo mes de embarazo y las cosas solo se hacían más frías y más difíciles.

El carácter de Ana estaba empeorando, y su repulsión por la comida, solo había aumentado. Eso solo hacia mas difícil cocinar para ella, además que mi madre no estaba ayudando con su constante discusión sobre la elección de padres para el bebe, además que las consultas con el doctor solo ablandaban el corazón de Ana y el mío. Mi madre no quería acompañarnos. Esa fue una de las razones por las que quise acompañar a Ana. Ella no podía pasar por esto sola. Yo guarde la segunda foto del bebe, que ya se veía un poco mas formado.

El frio ponía de mal humor a Ana... aunque a veces la divertía. Me pedía postres constantemente, y yo se los hacía gustosa, además de quedarse despierta buena parte de la madrugada viendo películas en blanco y negro o leyendo en su computador. Sin el tenis, Ana tenía mucho tiempo libre. El tiempo libre que no tuvo desde hace más de doce años. Lástima que estuviésemos tan solas, en ese paramo frio. Aunque me lo pasaba bien, y mal, cuidando de mi hermana y de mi madre. Hacia lo mismo que en casa, solo que tenía más tiempo para descansar. Hoy eran de los días malos de Ana, así que mi madre y yo caminábamos de puntillas por la casa para no hacerle enojar. Como todos sus malos días, Ana se había apoderado de la televisión. Yo no me quejaba, estaba muy ocupada en la cocina. Ana había pedido pastelillos de frambuesa y esa receta me tomaba un poco de tiempo. Además que, por enésima vez esta semana, había pedido lasaña. Así que había tenido poco tiempo para trabajar en las masas. Ana era muy exigente, pero mi sobrino lo valía.

Mi madre tenía cierta camarería conmigo, ahora que yo estaba tan entregada a Ana, pero si solo supiera que yo estaba en contra de la adopción del pequeño, su rechazo volvería. Aun quedaban treinta y dos semanas de lo que podía ser un embarazo complicado. Aunque las condiciones físicas de Ana daban un buen pronostico para el bebe. Apenas terminaba mi masa cuando Ana me llamo en un grito. Suspire y me limpie las manos. Dado a su embarazo, había que tratar a Ana con cariño, pero sobretodo, paciencia.

— ¿Qué pasa, cariño?—dije, sentándome a su lado. Ana suspiro e hizo un tierno puchero.

— Siento ser una... una mala hermana ahora...--dijo, en un triste susurro lleno de lágrimas contenidas.

La bipolaridad de Ana en todo su esplendor... no pude evitar soltar una pequeña carcajada.

Mala idea.

— ¿Te estás riendo de mi?—ahora sonaba molesta.

— No, no, para nada. Es solo... veras, cariño, es normal que te sientas volátil, que nos grites u odies mis pasteles. Es solo parte de tu embarazo. —le sonreí y solo me acerque a abrazarla. Ana solo me apretó y yo me levante poco después.

Tenía que colocar en el horno la masa de frambuesa, para empezar con la cobertura de champagne. Era la cobertura favorita de Ana, además de la de chocolate y fresa. Mi madre había salido a buscar suministros. Ana y yo solo salíamos al amplio jardín lleno de nieve y arboles desnudos. Había tomado buenas fotos para enviárselas a Roger, y a Lea, que me había enviado un mail, un poco dolida por no haberle contado en una de mis cartas mi rápida y demasiado repentina partida a Suiza. Ahora, lo único que hacía era cocinar, limpiar y tomar fotos del hermoso paisaje que siempre veía al levantarme.

La ropa abrigada se volvía un poco tediosa y a veces, de forma irónica, me daba calor. Los gorros me molestaban, y me hacían ver muy diferente. En casa solo usaba jeans, botas y camisetas de algunas bandas que me gustaban. Un estilo al que había sido fiel desde siempre. Ahora, tenía que usar pesados abrigos, bufandas y botas altas. Además, para salir, unos pesados guantes de lana, que me parecían horrendos.

La cobertura me llevo mucho más tiempo del que esperaba. Cuando los pastelillos estuvieron listos, los deje enfriar unos quince minutos, mientras colocaba la cobertura en la manga. Empecé a cubrir cada pastelillo con la deliciosa crema, y los serví en una bandeja. Después de que estuvieron listos para comer, empecé a limpiar la cocina, algo ya habitual.

Además de encargarme de la cocina, la limpieza y las cuentas, ayudaba a Ana con su malestar y sus cambios de humor drásticos. Yo solía ser una persona paciente, y no era molestia para mí estar con mi hermana en sus momentos difíciles. Mama solía escabullirse para dormir cuando las cosas se ponían difíciles. Cuando termine el aseo, le lleve un par de pastelillos a Ana y subí a mi habitación, para limpiar un poco.

Hice la cama, doble algunas prendas y pulí el piso de madera a conciencia. El cuarto quedo brillante y me hacía sentir más cómoda. Pero la parte de la casa que más me gustaba, era el cuarto de lavado, donde pasaba mucho tiempo. Allí podía leer tranquila mientras lavaba, o estudiar nuevas recetas, además de alejarme un poco de Ana y de mi madre. Aunque me encantaba, me volvía un poco loca. Todo estaba tranquilo allí, con el tranquilo temblor de la lavadora.

Aproveche para limpiar el cuarto de mi madre y el de Ana, que estaba lleno de servilletas y envases de helado vacías. Otro de sus vicios de madrugada.

La realidad de nuestra vida en ese momento era triste. Mi vida se había reducido a eso. A cuidar de mi madre y de Ana. La vida de Ana se había reducido a su embarazo y... la vida de mi madre siempre había estado dedicada a Ana. Esto era un círculo vicioso, el cual yo no podía romper. Yo... yo me sentía llena al proteger a Ana.

Pero siempre había estado sola y vacía.

Hicieron falta muchos años para darme cuenta de ello.

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