《Una oportunidad, no hay más nada que decir...solo una.》
Mientras tanto, él seguía intentándolo, pequeño gesto tras pequeño gesto, sin rendirse. Sabía que debía tener paciencia. En su interior, creía que un día ella permitiría que su amor llegara a...
-Perdón si tiene faltas ortográficas, no soy buena en esto y tampoco tengo tan buena imaginación, al menos lo intento. A veces se me escapan comas o puntos o escribo mal las palabras, lo lamento mucho. Pero disfruten!!!!
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La habitación de Emma
Me recosté en la cama, mirando el techo y pensando qué ponerme para la fiesta. Nunca había asistido a una de adolescentes hormonales; quizás sean como en las películas… solo quizás. Me animé a mí misma y me levanté: tenía que buscar algo decente o, al menos, lindo.
"Adgjh… estas ropas parecen de monja."
Me senté en el suelo, rodeada de un desastre total mientras buscaba el vestido perfecto. Finalmente, en mis manos quedó un vestido celeste con florecitas blancas, un poco corto, pero lindo… supongo. No había más opciones, así que ese sería el elegido.
Dos horas después
Intenté maquillarme, aunque no tenía la menor idea de cómo hacerlo correctamente. Solo me puse corrector en las ojeras, máscara de pestañas, un toque de rubor, brillo labial y arreglé un poco mis cejas. Después hice unas suaves ondas en el cabello y, en unos minutos, todo estuvo listo.
7:55 pm… ¿Dónde estará? – suspiré suavemente.
Minutos después, un golpecito en la ventana llamó mi atención. Me levanté y lo vi: Connor. Sonreí suavemente; a veces puede ser… increíblemente lindo.
Abrí la ventana y salí con cuidado, asegurándome de que mi mamá no se diera cuenta de que me escapaba solo por ir a una estúpida fiesta que mi vecino idiota había insistido en invitarme. Madre, lo siento… pero necesito salir de mi zona de confort.
Me acerqué a él:
—Hey… ¿ya nos vamos? – no pude evitar mirarlo de pies a cabeza. Se veía ridículo y, al mismo tiempo, atractivo. Tenía su encanto. Le dediqué una cálida sonrisa.
—Te ves… – detuvo su mirada sobre mí y me observó de manera intensa. Sentí un poco de incomodidad; no estaba acostumbrada a esa atención directa, aunque siempre había sido meticuloso y observador. – Despampanante… ¡Wow! No podrías ser más hermosa.
Sentí que mi rostro se calentaba. No era común recibir halagos de Connor, y mucho menos con esa sinceridad.
—Gracias… ¿ya nos vamos? – chasqueé los dedos para sacarlo de su burbuja.
—Oh, sí, sí, claro… – extendió su mano. – Déjame tomar tu mano, Emma.
Dudé un momento, pero finalmente acepté. Suave, depositó un pequeño beso en mi mano, y un cosquilleo recorrió mi estómago.
"¿Serán mariposas? No tengo idea…" pensé. Pero lo que sí sabía era que ese idiota me había hecho sonrojar con un simple cumplido y un pequeño beso.
No podía mostrarme débil; no podía dejar que se burlara de mí o que algo malo sucediera. Sobre pensar cuál era mi especialidad.
En el camino, Connor no soltó mi mano. La sujetaba con firmeza, masajeándola ligeramente. Lo iba a matar, pero era culpa mía… siempre caigo por su encanto. Caminábamos por más de una hora y aún no llegábamos; parecía que la fiesta ni existía.
—¿Te sientes bien? – su tono serio mostraba preocupación. – Por escaparte y no decirle nada a tu mamá.
"¿Cómo rayos lo sabe?" pensé.
—Claro que le dije… no soy mentirosa. Además, ella me da permiso para todo – mentí descaradamente, sintiéndome como Pinocho.
—Huhm… no me convence – dijo, apretando mi mano y haciendo que camináramos más cerca, sincronizados. –
"Corazón acelerado… oh, no."
Llegamos a la fiesta. El ambiente era muy juvenil: personas en bikini, besándose sin discreción, bebiendo para olvidar. Yo me refugié en un rincón, intentando pasar desapercibida. Connor desapareció para “buscar bebidas”, dejándome sola.
—¡Vaya! ¿Pero qué muñequita tenemos aquí? – un olor a alcohol me inundó las fosas nasales. Me sobresalté.
—¡Quítate! – lo empujé con brusquedad.
—Oye, muñeca… no seas tan aburrida. Déjame invitarte un trago – sus ojos destellaban de maldad y burla.
"Mi madre dice que no debo aceptar cosas de extraños…" pensé.
Escúchame bien, ebrio. No te me acerques, no vuelvas a dirigirme la palabra y tómate un baño, hueles mal – lo miré con desagrado y salí a tomar aire fresco.
—¡Con un demonio! ¿Dónde se escondió, Connor? – grité, desesperada.
—¡Wow! Niña, qué lenguaje – apareció detrás de mí, sonriendo con esa tonta sonrisa burlesca. – Pensé que eras más “santa”.
Yo… ¿dónde te habías metido, idiota? – le lancé una mirada de enojo.
—Iba por esto… – sacó un ramo de tulipanes rojos detrás de su espalda y me los entregó. – Te mereces esto y mucho más. Perdón por dejarte sola en la fiesta; son tus favoritos.
Quedé estupefacta. ¿Alegría? ¿Sorpresa? No sabía qué sentir. Era mi primera vez recibiendo flores, y viniendo de él, todo era inesperado y dulce. Quizás lo había juzgado mal. Me golpeé mentalmente la frente por eso.
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