《Una oportunidad, no hay más nada que decir...solo una.》
Mientras tanto, él seguía intentándolo, pequeño gesto tras pequeño gesto, sin rendirse. Sabía que debía tener paciencia. En su interior, creía que un día ella permitiría que su amor llegara a...
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Cada año, la escuela organiza jornadas solidarias para las personas más necesitadas. Familias que han perdido sus pertenencias por fenómenos naturales como huracanes, tormentas, inundaciones, terremotos o incluso tsunamis. Es un evento que me toca el corazón, porque no se trata solo de dar cosas materiales, sino de compartir un poco de esperanza.
Las personas de la zona, e incluso aquellas que viven un poco más lejos, llegan con bolsas y cajas cargadas de ropa, juguetes, utensilios y alimentos. Todo se organiza en pasillos para que el proceso sea más ágil. A mí siempre me gusta participar como voluntaria. No tengo mucho que dar, pero al menos puedo ofrecer mi tiempo y mis manos para ayudar.
—Las ropas y sábanas se encuentran en el pasillo derecho. Adiós, muchas gracias. —dije con una sonrisa amable, señalando a una señora que había traído una enorme bolsa de tela.
Mientras las personas iban y venían, yo observaba cada rostro con atención. Algunos se notaban agotados, otros radiaban entusiasmo al ver que su pequeño aporte formaba parte de algo más grande. Ver tanto apoyo, tanta empatía reunida en un solo lugar, me llena de felicidad.
—¡Te encontré, pequeña traviesa! —exclamó una voz a mi espalda.
Sobresalté tanto que casi solté la libreta en mis manos. Connor se había acercado sigilosamente y apretó mis hombros con fuerza, como si quisiera advertirme que siempre está detrás de mí, vigilante.
—¿Tú qué haces aquí? —pregunté arqueando una ceja, todavía recuperándome del susto—. Tus padres son los que se encargan de traer las cosas, tú nunca vienes.
—Sí, pero hoy tenía ganas de verte. —respondió con esa sonrisa cargada de burla y picardía—. Y bueno… también de ayudar a los demás, por supuesto. —añadió en un tono falsamente solemne.
Rodé los ojos y crucé los brazos.
—En el patio necesitan chicos para cargar unas cajas pesadas. Ve, así aprovechas y te deshaces de toda esa energía.
—Definitivamente es hora de mostrar estos músculos. —Connor flexionó un brazo con exageración, señalando sus bíceps.
—Ya deja de alardear. —le di un pequeño golpe en el pecho—. Anda, que de verdad te necesitan.
Él asintió, con una sonrisa arrogante en los labios, y se alejó rumbo al patio trasero. Yo suspiré, aliviada, y me senté en una silla cercana para descansar unos minutos y abrir el libro que llevaba conmigo. Cada vez que alguien llegaba, volvía a levantarme para guiarlo hacia el lugar adecuado.
...
Las horas pasaron y el sol comenzaba a descender lentamente, pintando de dorado el patio trasero de la escuela. Decidí darme una vuelta para asegurarme de que todo marchaba bien.