《Una oportunidad, no hay más nada que decir...solo una.》
Mientras tanto, él seguía intentándolo, pequeño gesto tras pequeño gesto, sin rendirse. Sabía que debía tener paciencia. En su interior, creía que un día ella permitiría que su amor llegara a...
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Al día siguiente
—Connor
—Hijo, ya llevas el día entero acostado en la cama. ¿Me vas a decir qué pasó? —mi mamá se sentó en el borde de la cama, con la vista fija en mí y una expresión cargada de preocupación.
He pasado todo el día encerrado en mi habitación, con la pijama puesta y sin ánimos de salir. Estoy boca abajo, hundido en mis propias culpas. Me siento un completo inútil por haber hecho sentir mal a la chica que amo. Pero ¿cómo explicarle eso a mi madre? Ella no entendería que Emma es mi todo.
—Yo… estoy bien, Ma. No te preocupes. Solo tengo sueño y un poco de dolor de cabeza, ya se me pasará —mentí, ocultando la tormenta que me consume. No quiero que ella se angustie ni mucho menos que se enoje.
—Conni, mi vida… —su voz se suavizó—. Cuéntame lo que tengas que decirme. Yo te escucho, siempre estaré aquí para ti. Aún eres mi bebé, y siempre lo serás. —Me regaló una sonrisa genuina y me acarició el cabello con ternura.
Me incorporé lentamente y me recosté contra el espaldar de la cama.
—Es sobre el amor, Ma. No lo entiendo. Este dolor en el pecho me hiere… duele más cuando no eres correspondido, cuando te esfuerzas por alguien que para ti lo es todo. —Mi voz salió apagada, pero ella escuchaba con calma y comprensión. —Solo quiero sentirme amado, que ella me ame… ¿Por qué el amor duele tanto? ¿Por qué es tan difícil ser amado?
—No soy experta en eso, Conni —dijo con sinceridad—. Yo solo he amado a tu padre, y sí, fue hermoso… pero incluso el amor tiene su lado frágil, doloroso. A veces te lastima, a veces te rompe. Pero también te hace crecer. Y si esa chica no es para ti… ¿quién puede saberlo? El mundo da muchas vueltas, y el mar es enorme, lleno de peces esperando tu cariño. Eres un gran chico, noble y gentil. Si ella no lo ve, está ciega. —Me acarició la mejilla con suavidad, reconfortante.
—¿Pero y si me esfuerzo más? —pregunté con el corazón en la garganta—. Siento que ella es perfecta para mí. Es como un sueño del que no quiero despertar.
Ella sonrió, con paciencia infinita.
—Eso solo lo decides tú. Pero recuerda que siempre puedes contar conmigo. Te escucharé y te guiaré.
—Lo sé, Ma. Te lo contaré todo —dije antes de abrazarla con fuerza.
—Bueno, entonces levántate, quítate esa cara larga y anda a ducharte. Voy a preparar lasaña. —Me besó la mejilla con calidez antes de salir de la habitación.
Cuando se fue, solté un suspiro y me dejé caer boca arriba en la cama, con los ojos clavados en el techo y la mente perdida en un solo nombre: Emma. No pienso rendirme, aunque me rechace una y otra vez. Esta vez seré más paciente. Paso a paso.
[...]
—¡Dios, amigo! ¿Cómo lo hiciste? —exclamó Alex mientras jugábamos en su habitación, que parecía un santuario gamer con su enorme televisor plasma.
—Solo tienes que concentrarte en lo tuyo. Si quieres que las cosas salgan bien, manifiéstalo… pero de la mejor forma —respondí con un guiño mientras seguía jugando.
En ese momento, mi teléfono vibró. Lo saqué del bolsillo y, al leer el mensaje, no pude evitar sonreír.
<Emma> Mensaje: Tenemos que hablar, ¿estás ocupado o libre?
Sentí cómo mi corazón se aceleraba. Que ella quisiera hablar conmigo era una chispa de esperanza. Pero recordé la última vez que nos vimos: fui un completo idiota. Quizás todavía esté enojada.
Inventé una excusa para salir rápido de casa de Alex y fui directo al lugar que ella me indicó. Tenía que mantener la calma, no ser insistente ni intenso. No quiero incomodarla. Solo quiero lo mejor para ella.
[...]
El parque frente al mar. Estoy sentado en un banco, mirando alrededor con ansiedad. El sonido de las olas no logra calmar mis nervios. Solo quiero verla, disculparme, pedir perdón si hace falta arrodillado. No soporto pensar que la herí.
Han pasado minutos eternos y aún no llega. Mis manos sudan, mi cuerpo entero está tenso. Entonces la veo. Ella. Su silueta caminando hacia mí, su cabello ondeando con el viento, sus labios suaves, sus ojos marrones que siempre me hipnotizan. Me levanto de golpe y levanto las manos para llamar su atención. Ella me ve y se acerca con pasos firmes, su rostro sereno pero indescifrable.
—Hola. ¿Cómo va todo? —dijo mirándome directamente, sin apartar la vista. Yo quedé congelado, incapaz de reaccionar. —Quiero explicaciones, Connor. Quiero saber si lo que dijiste en la fiesta era verdad. Quiero la versión real, no la falsa. No quiero confusiones ni rencores contigo.
Mi garganta se secó al instante. Tragué saliva, me relamí los labios, me rasqué la nuca nervioso. Las palabras estaban en mi mente, pero no lograban salir de mi boca. Solo podía mirarla, atrapado por su mirada que me enloquece.
—Claro… —al fin logré articular, con voz temblorosa—. Te lo diré todo. La verdad, sin máscaras. No más secretos.
Sonreí débilmente y señalé el banco. Ella aceptó sentarse junto a mí, sin apartar su mirada. Yo sabía lo que debía hacer: confesarle lo que siento, con total honestidad.
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