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Son las 8:00 p

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Son las 8:00 p.m. y todavía sigo ordenando mi habitación, tal como me lo pidió mamá. Cuando por fin terminé, me dejé caer en la cama y solté un gran suspiro.

"Toc, toc..."

—¿Emma, ya terminaste? —escuché la voz de mi madre al otro lado de la puerta—. Los Smith acaban de llegar, y quiero que tú les des la bienvenida. Estoy ocupada en la cocina.

Pude oír sus pasos alejarse por el pasillo. Me levanté a regañadientes, caminé hacia la entrada y giré lentamente la perilla de la puerta principal.

Allí estaban: el señor y la señora Smith, radiantes y sonrientes. Y, detrás de ellos, la inconfundible silueta del ojiverde.

—Hola, mucho gusto. Soy la señora Smith, pero puedes llamarme Ellie —me dijo ella, extendiendo la mano con una sonrisa cálida. Irradiaba esa aura protectora que solo tienen las madres.

—Soy Emma, un gusto conocerla en persona —contesté, estrechando su mano.

—Eres muy bonita, Emma. Ahora entiendo a mi pequeño Connor —añadió con dulzura.

—¿Ah, sí? —respondí con una sonrisa fingida y un tono cargado de ironía.

Ellie asintió feliz. Me aparté para dejarles pasar, sintiendo cómo la mirada de Connor se clavaba en mí, como si intentara leerme los pensamientos. Había rubor en sus mejillas, quizá por lo que su madre había dicho.

Cerré la puerta tras ellos, soltando un suspiro silencioso.

—¡Oh, ya llegaron! —la voz de mamá nos recibió desde la cocina, serena pero alegre—. Pasen a la mesa, la cena está servida.

El señor y la señora Smith la siguieron de inmediato. Yo me quedé sola en la sala, frente a Connor, quien seguía observándome con una intensidad que me erizó la piel. Forcé una sonrisa y le indiqué el camino con la mano.

...

Nos acomodamos alrededor de la mesa rectangular: Los Smith al frente, mamá a su lado. Connor terminó justo en frente de mí, y aún no apartaba esa mirada verde, seria y penetrante. Era como si quisiera atravesarme el alma.

Intenté concentrarme en el espagueti con albóndigas —uno de mis platos favoritos—, pero estaba demasiado consciente de él. Ni siquiera había tocado su comida; se limitaba a alternar entre mirarme y bajar los ojos hacia el plato.

"Si no te lo vas a comer, pásamelo a mí", pensé con fastidio.

—¿Emma?... ¡¿Emma?! —la voz de mamá me sacó del trance.

—¿Qué pasa? —me sobresalté.

—Da las gracias por la comida, cariño —dijo, con una sonrisa extraña que parecía más un tic nervioso.

Suspiré, incliné el rostro y recé en silencio. Cuando terminé, todos comenzaron a comer, incluso Connor, aunque seguía más pendiente de mí que de la cena.

Solo Quiero Que Me Ames.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora