《Una oportunidad, no hay más nada que decir...solo una.》
Mientras tanto, él seguía intentándolo, pequeño gesto tras pequeño gesto, sin rendirse. Sabía que debía tener paciencia. En su interior, creía que un día ella permitiría que su amor llegara a...
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Aclaración: Este es mi primer intento de novela, por favor no juzguen. No soy buena, pero podría ser muy interesante. Y pido disculpas si hay mala ortografía, hago lo mejor que puedo. Quédate leyendo y desliza hacia arriba para conocer la historia de estos dos personajes, Emma y Connor <333
—¿Esto habrá sido… una realidad alterada? ¿O simplemente… una pesadilla?—
Para descubrirlo, debemos retroceder varios meses atrás. Un flashback. Largo. Muy largo.
...
Emma no era la típica protagonista de una historia de amor. Era una chica común y corriente. O al menos, así se veía a sí misma. No sobresalía en nada, no se consideraba especial, ni tampoco pensaba que era la mejor hija del mundo. Le gustaba vivir tranquila, sin meterse en problemas ni en lugares llenos de gente. Era reservada, de esas que prefieren pasar el sábado en casa leyendo un libro mientras suena de fondo una playlist de pop melancólico.
Y sí, puede que esa calma la definiera… excepto por un pequeño detalle: su vecino.
Connor. El chico que, según ella, era el ser más insoportable del planeta. Siempre con bromas, con risas fáciles, con la manía de querer llamar la atención como un niño sin remedio.
Lo que Emma no sabía, es que toda esa atención tenía un único destinatario: ella.
Connor la había visto por primera vez hace ya diez años, el día que ella se mudó a la casa de al lado. Desde entonces, no había dejado de pensar en ella. Al principio era solo curiosidad, después atracción, hasta convertirse en una obsesión disfrazada de bromas tontas. Jamás se atrevió a confesarlo, pero ahora, más que nunca, quería lograr lo imposible: que Emma lo notara.
Seis meses atrás…
—¡Mamá, ya voy!—gruñí desde la cama, frotándome los ojos para adaptarme a la luz que entraba por la ventana.
Era sábado. Mi día sagrado de descanso. Pero no, la dictadura maternal decía otra cosa: día de limpieza. Y ¿quién podía desobedecerla? Exacto. Nadie.
Me resigné a la idea de pasar horas fregando y barriendo, en vez de disfrutar mi plan perfecto de no hacer absolutamente nada.
—¡Emma, levántate ya!—la voz de mi madre resonó en la casa, y unos segundos después entró a la habitación con expresión nada amable—. Quiero que laves los platos. Y por cierto… ¿quién demonios pintó nuestra puerta con un grafiti?
Su mirada de enojo no dejaba espacio para excusas.
—Yo… no tengo ni idea—dije, aunque ya sospechaba el nombre del culpable—. Pero mamá, apuesto a que fue el estúpido vecino. Ese chico no tiene remedio, parece que su único propósito en la vida es llamar la atención.
Rodé los ojos con frustración. ¿Qué clase de persona se levantaba un sábado en la mañana a arruinar la puerta de otra familia? Exacto. Connor.
—No me importa quién fue—respondió ella, cruzándose de brazos—. Tú vas a arreglarlo ahora mismo.
Y sin más, salió dando un portazo.
Suspiré, tirándome otra vez en la cama con el peor humor del mundo.
Todo por culpa de él. De ese chico insoportable. Ese chico que, sin saberlo, iba a convertirse en el mejor desastre de mi vida.
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