《Una oportunidad, no hay más nada que decir...solo una.》
Mientras tanto, él seguía intentándolo, pequeño gesto tras pequeño gesto, sin rendirse. Sabía que debía tener paciencia. En su interior, creía que un día ella permitiría que su amor llegara a...
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《...》
—¡Hola! ¿Quieres venir a jugar conmigo?—
Un niño de aproximadamente mi edad estaba frente a mí, cargando una caja roja llena de juguetes: carritos y pistas de carreras por armar. En sus ojos brillaba un destello de emoción, como si aquel instante lo fuera todo. Su sonrisa era contagiosa, de esas que nacen del corazón.
Yo lo observé con cierta distancia, frunciendo el ceño y haciendo un puchero. Inflé mis mejillas como si quisiera hacerme ver más ruda.
—No… eres un niño. Y los niños no juegan con las niñas —murmuré, con voz infantil, un poco grosera, repitiendo frases que no eran mías, sino ecos de lo que tantas veces había escuchado de mamá.
Él bajó un poco los brazos, pero se mantuvo firme, con aquella chispa en los ojos que me resultaba tan… familiar.
—Eres un niño feo. Mi madre dice que no puedo hablar contigo. Además, tus juguetes son de carritos, y las niñas no juegan con carritos.
Las palabras salieron de mi boca como cuchillos, aunque por dentro, algo en mí quería retractarse. El pequeño parpadeó varias veces. Sus mejillas se ruborizaron, y pronto sus lágrimas comenzaron a correr, limpias, inocentes, intentando cubrirlas con sus pequeñas manos.
Un sollozo ahogado, un gesto de dolor. Y en un instante, desapareció. Como si el mundo lo hubiera borrado de repente.
La escena se desvaneció. Solo quedó la imagen de una niña sentada en el pasto, jugando con su casita de muñecas, ignorando los restos de aquel recuerdo.
...
Desperté de golpe. Un sudor frío cubría mi frente, mi respiración estaba agitada y el pecho me ardía por la presión. Me quedé quieta, parpadeando varias veces, intentando atar los hilos de aquel sueño… ¿o recuerdo? Había algo en ese niño que me resultaba conocido, como un déjà vu enterrado en mi memoria.
Volteé hacia un costado, y entonces lo noté. La cama se movía levemente. Connor estaba allí, durmiendo profundamente, con su brazo enroscado alrededor de mi cintura como si me hubiera reclamado como suya en sueños. Mi corazón dio un vuelco.
El calor subió hasta mis mejillas. No recordaba en qué momento nos habíamos quedado dormidos así, acurrucados. Llevé mis manos al rostro, intentando ocultar la vergüenza que me consumía.
“¿Cómo demonios terminé abrazada a él…?”
Quise levantarme con cuidado, pero mis nervios me traicionaron. Tropecé con las sábanas, enredándome torpemente y cayendo contra el suelo frío.
—¡Auch! —mascullé entre dientes, frotándome la frente.
El ruido despertó al ojiverde.
—¡AAAAAH! ¿Qué fue eso? —exclamó sobresaltado, poniéndose de pie en la cama como un felino acorralado.