Viernes, 24 de enero.
–Amor, por favor, abre la puerta. Debes comer algo...– murmuró el padre de Rebecca a la puerta permanentemente cerrada de la habitación de su hija.
Hacía dos días que no lograba obtener una sola palabra de ella.
–Debería quedarse allí definitivamente– masculló Ashley, con cada palabra rebalsando de veneno –Parece que esa cosa es contagiosa, o hereditaria– terminó, bebiendo otro trago largo de su vaso de whiskey.
Y si algo necesitaba Patrick Armstrong para estallar, era esa última frase.
Sin decir nada, se dió la vuelta para enfrentar a su esposa, tomándola por el brazo agresivamente para alejarla de los oídos de sus hijos, llevándola a su estudio.
–Wuau, hasta pareces un hombre y todo– se burló nuevamente, tambaleándose hasta el sillón.
–¿¡Qué clase de arpía sin corazón eres!? ¡Tu hija está encerrada sin querer comer hace dos días, y tú sólo puedes burlarte y lanzar veneno por todas partes!– gritó, amargamente, catárticamente, desahogando mucho más que la angustia por su hija.
–Eso le pasa por ser una desviada, y andar besándose con chicas como una enferma– replicó Ashley, arrastrando las palabras.
Patrick no podía creer lo que escuchaba.
No podía entender cómo nunca había visto esta parte de la personalidad de su esposa.
Si bien, él quizás nunca podría amarla plenamente como se ama a una pareja romántica, la quería. Muchísimo la quería. Era la madre de sus hijos, la persona que lo había tratado con ternura y dulzura, pese a no entender cabalmente sus sentimientos.
Y ahora la escuchaba hablar así, tan despectivamente de su propia hija. Su maravillosa hija.
–Ashley, no puedo entender qué mierda tienes en la cabeza. Pero te diré algo, y espero que me escuches muy bien: no permitiré que Rebecca pase por lo mismo que yo pasé. No vivirá reprimida, y si tengo que echarte a patadas para que ella esté tranquila, ¡no dudes que lo haré!– exclamó apuntando a su esposa.
Ashley quedó aturdida por unos instantes, hasta que su rostro se deformó en una sonrisa desagradable.
–No olvides que mi padre es tu principal contribuyente querido...sin mi, te quedas sin carrera–
–Entonces me veré en el absoluto placer de retirarme de una vez por todas– respondió rápido Patrick, sonriendo de satisfacción, pues si había algo que le había enseñado la política, era siempre anticiparse al golpe de su oponente.
–No lo harías...tienes que darle de comer a la sanguijuela esa con la que te revuelcas– dijo la mujer resentida, dejando caer su sonrisa en un gesto de temor.
–Dew es brillante, conseguirá trabajo de inmediato. Y él mismo sabe que yo ya no quiero tener más nada que ver con la política. Sabe que es una prisión para mí, y me apoya. Lo que tú habías prometido hacer, pero nunca te importó– gritó con suficiencia y un dejo de dolor.
–¡TU PROMETISTE AMARME Y JAMÁS PUDISTE HACERLO! ¡Tuve que rogarte para tener sexo! ¿Tienes idea de lo humillante que es para mí todo esto? Sólo...sólo quería un esposo que me amara incondicionalmente...quería un hombre que se maravillara viéndome...quería que me vieras Patrick. Quería sentirme hermosa para ti...– reclamó, con lágrimas en los ojos, quebrándose en el grito.
Patrick no pudo evitar sentir una punzada de arrepentimiento y culpabilidad.
Él sabía que su matrimonio siempre estaría incompleto.
Él sabía que no podía cambiar lo que sentía, y aún así había aceptado seguir adelante con ello. En parte, los años de infelicidad de ambos, eran su responsabilidad. Fueron producto de su cobardía.
Él se acercó a su esposa, aún agitado por la discusión, y la abrazó para consolarla.
–Ash...lo siento. En verdad, lo lamento. Pero...ya no puedo. No puedo seguir fingiendo. Te quiero, en serio lo hago, eres la mujer más importante de mi vida. Pero no puedo amarte como tú quieres...como tu mereces– susurró tomando su rostro, secando las lágrimas amargas que corrían por las mejillas de su esposa –No me arrepiento de casarme contigo...tenemos dos hijos maravillosos, y te lo juro, si pudieran gustarme las mujeres, tú serías la única para mí– sonrió tristemente.
–¿No hay nada que se pueda hacer? No sé, alguna terapia o...tal vez una pastilla...– empezó a decir Ashley con angustiosa desesperación.
–Ash, no sigas. Por favor. No es una enfermedad. Son gustos. Son sentimientos. No es algo que elija...y tampoco Rebecca. Nos necesita...por favor, sé que te cuesta entender todo esto, pero nos necesita a ambos. Trata de apoyarla, de hacerla sentir segura. No quiero que sienta que no puede hablar con nosotros con libertad. Así empecé yo, y mira hasta donde llegamos– dijo, comenzando a llorar ante la idea.
Ashley respiró hondo varias veces, intentando calmar los nervios y digerir lo que ya era inevitable: su matrimonio estaba llegando a su fin. Su esposo era gay, y ya no podía ignorarlo. Y ahora su hija también era gay, y encima había sido humillada de la manera más cruel.
Y si había algo que Ashley no toleraría es que alguien humillara a su familia.
Ambos se levantaron del sillón, rotos, con algo de temor por lo que vendría, pero livianos. Livianos de todos esos pesados años de negación y autoengaño.
El futuro era incierto, pero al menos sería auténtico.
Se dirigieron a la habitación de Rebecca, y esta vez, fue Ashley la que abrió la puerta, sin esperar permiso.
Ambos vieron a su pequeña, hecha un ovillo entre sus sábanas, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar, que los veía con miedo a ellos. A sus propios padres.
Sin dejar un momento de duda, corrieron a la cama, abrazando a su hija con todo el calor y el amor del que podían ser capaces.
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Diario de una adolescente | FreenBecky
FanfictionQuerido diario: Estoy enamorada de la chica mas popular de la escuela... Querido diario: Me gusta la chica mas insoportable de la escuela...
