—¡Paraguay!.—una voz conocida retumbaba por toda la habitación.
El nombrado lo escuchaba pero en vez de contestar, lo ignoraba. Estaba acostado en su cama, ya era tarde y éste se negaba en levantarse.
—¡Paraguay, despierta!.—de nuevo aquella voz que comenzaba a aturdir al tricolor.
Pero nuevamente hizo caso omiso. Cubriéndose la cara con una almohada.
—¡Ya sé que me podés escuchar! ¡Levantate, marica!.
—Señor Colombia... — el guardia llegó a la puerta de la habitación del paraguayo agotado por haber subido las escaleras con prisa.— Le dije que no podía pasar.
El colombiano volteó a verlo con el ceño fruncido y antes de que pueda decir una palabra, o más bien, un insulto. Paraguay se sentó sobre la cama y dirigió su mirada a Colombia y luego al guardia.
—¿Podrías dejarnos solos? Solo un momento. ¿Sí?.
—pidió suavemente, siendo aceptado por el guardia quien cerró la puerta dejándolos solos.
Un silencio inundó la habitación unos segundos. Hasta que el colombiano se sentó sobre la cama del contrario para observarlo mejor.
—Paraguay.—volvió a llamar, pero con un acento serio.
El pelirrojo suspiró y alzó su vista a él, viendo cómo el colombiano se sentaba a su lado.
—¿Qué haces acá, Colombia?. No sueles visitarme.
—Me enteré de lo que pasó con Taiwán. Y supuse que estarías de mal humor. —mintió, Uruguay lo había llamado el día en que China se enteró del asunto y se quejó de ello en las noticias.
—No debiste molestarte, Colo. Es un asunto entre China y yo. Vos lo reconoces a él, por eso no debería importarte.—dijo en seco desviando sus ojos hacia la ventana de la habitación que irradiaba la luz solar mañanera.
Colombia calló un momento, por un lado, Paraguay tenía razón. Pero era su hermano, y no podía dejarlo solo.
—Escuche, parce.—el guaraní regresó su mirada hacia él.—Yo sé que las cosas no están tan bien, pero por lo menos acepte mi ayuda. Tal vez no paremos al loco de China queriendo controlar a Taiwán, pero almenos podríamos intentar en que ustedes dos tengan una amistad tranquila como la gente, ¿Entendió?.
Aquellas palabras formaron una sonrisa en el rostro del paraguayo, luego al colombiano.
—Gracias, Colombia. Me disculpo por lo que dije.
—Lo disculpo, pary.
—¿Ya desayunaste?.
—Son las nueve, parce. Comí unas buenas arepas antes de venir a verlo.—miró su reloj de mano—Bueno... nueve y media. Debió irme, tengo una reunión con mis ministros a las diez.
—Está bien.—bajó la vista, hace mucho que no visitaba a Colombia, ahora se arrepentía por haberlo ignorado cuando llegó.
El cafetero lo observó y se dió cuenta de aquello.
—¡Ay! ¡No se me deprima así!, usted sabe que una sonrisa se le ve mejor.—sonrió con ánimo. Levantándose de su lugar e ir en dirección a la puerta.
Paraguay soltó una leve risa, despidiéndose del mayor, con una mano.
—No dude en llamarme.—dicho aquello, salió de la habitación cerrando la puerta, dejando al menor solo con sus pensamientos.
(...)
—¡Cállate!, ¡Te prohíbo ir a algún lugar sin mí permiso!.—China comenzó a gritarle a Taiwán. El primer nombrado había citado al taiwanés a su oficina.
Taiwán había pensado si aceptar aquella invitación, sabía que China intentará hablar del tema como sea. No quería escuchar sus regaños, tampoco sus nuevas prohibiciones.
A pesar de eso, decidió aceptar e ir a charlar con él. Tomó en cuenta las posibilidades de convencer a su hermano de que dejara el rencor y el odio hacia el latinoamericano.
Pero ahí estaban, discutiendo, algo bastante "normal" para ambos.
—China... esto es ridículo, ¿No te parece?.
—¡Lo único que es ridículo aquí eres tú!. ¿Qué te beneficia ser amigo con un sudamericano como él ?.
—¡No hables así de Paraguay!, ¡Él es parte de uno de los pocos países que me reconocen!, ¿Y qué si es mi amigo?. Solo te molesta por que el no reconoce a tu país.
El asiático al escuchar aquello, frunció el ceño con ira y empuñó su mano, pero luego suavizó sus gestos y se colocó a al altura del taiwanés.
—Tienes razón, pero aún así, yo te diré que hacer, por que no puedes hacer nada al respecto.—sonrió con malicia—La verdad es que, no veo mucho futuro en tí... varios países te han cambiado por mí y lo sabes. Tarde o temprano no tendrás a nadie a tu lado y volverás a ser aquella isla a la que nadie le importa.
Taiwán lo miró con odio, le dolía todo lo que su hermano le decía, sus ojos se cristalizaron, amenazando con derramar lágrimas. No dijo nada, sentía cómo su garganta se cerraba por la rabia e impotencia que sentía.
—Ay, Taiwán, no llores. Te propongo algo, te permitiré ver a quién quieras, pero solo cuando sea necesario.—se levantó y volvió a su postura, sin despegar su mirada del menor.— Y que sea la primera y última vez que hagas algo en secreto, ¿Me oíste?.
Taiwán asintió, mirándolo con seriedad, empuñó su mano con fuerza y bajó la vista.
—Bien. Puedes retirarte.—se colocó unos lentes y volvió a su papeleo.
El taiwanés se retiró a paso rápido de allí, cerró la puerta dejando a China en su oficina, mientras él caminara por los pasillos aguantando las lágrimas, bajó en ascensor al último piso para abandonar aquel edificio.
Una vez fuera, detuvo su paso, miró hacia su auto que lo esperaba, sintió el viento soltarle el rostro, cerró los ojos con fuerza pensando en las palabras hirientes del mayor.
Luego de unos segundos, se limpió las lágrimas y caminó hacia su auto, entrando a éste.
Su chofer comenzó a conducir al aeropuerto para volver al territorio taiwanés.
Todo el viaje, Taiwán luchó contra sus emociones.
Pero no se arrepentía de haber visitado Paraguay.
Al contrario, fue lo mejor que pudo haber hecho.
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𝙋𝙤𝙥𝙪𝙡𝙖𝙧 ¿𝙔𝙤?
FanfictionDonde la fama y el dinero crecen, los conflictos y desgracias nacen. Quién hubiera dicho que una inocente amistad entre dos países sería una de las causantes.
