Nueva York 1950
Último día de otoño
Danzel Gallagher.
Cada mañana era un ritual meticulosamente diseñado. No era un hombre que se dejara llevar por la casualidad o el desorden. El periódico extendido sobre la mesa impecablemente limpia, el café negro como la noche, humeante y amargo, exactamente como mi alma.
Mi mirada no era un simple vistazo. Era un escrutinio, un análisis milimétrico de cada detalle a mi alrededor. Y hoy, ese análisis se centraba en Alex.
Mi jazmín inglés. Qué irónico nombre para alguien que destilaba tanto veneno. Lo observaba mientras lavaba los platos con una tensión que gritaba más que cualquier palabra. Sus manos temblaban, no por miedo, sino por un odio contenido que llevaba años acumulando.
Lo conocía mejor que nadie. Sabía que me odiaba. Lo había sabido desde el primer momento. Pero la obsesión es ciega, y yo estaba completamente cegado por mi necesidad de poseerlo, de controlarlo, de ser su único mundo.
Me acerqué a la cocina con pasos calculados. Cada movimiento era una declaración de poder. Mis botas de cuero resonaban contra el piso de madera, un sonido que siempre lo hacía estremecerse.
Lo abracé por detrás, sintiendo cómo su cuerpo se convertía en una estatua de hielo. Mi respiración contra su cuello era una amenaza susurrada, un recordatorio constante de quién mandaba.
"¿Sucede algo, mi amor?", ronroneé. La palabra "amor" sonaba más como un gruñido que como una caricia. Alex nego con la cabeza.
Conocía cada centímetro de su cuerpo. Cada cicatriz, cada marca, cada temblor. Sabía que me mentía. Siempre me mentía. Pero yo permitía el juego, porque me excitaba la idea de desenmascararlo, de humillarlo.
Sus ojos, esos ojos que una vez brillaron con vida, ahora eran dos pozos vacíos de un odio profundo. Pero yo lo amaba. Lo amaba con una pasión enfermiza que trascendía el amor, que rozaba la locura.
"No me mientas, Alex," mi voz cambió. De melosa a amenazante en un segundo. "Dime qué te atormenta."
No era una pregunta. Era una orden. Una sentencia.
Mi mano apretó su cintura con fuerza, mis dedos hundiéndose en su piel como garras. Podía sentir su pulse acelerado, no de miedo, sino de rabia contenida.
Lo solté bruscamente. Un suspiro de frustración escapó de mis labios. No me importaba su odio. Me importaba que fuera mío. Completamente mío.
Me alejé unos pasos, tomé mi habano del humidor de cedro. Lo encendí con movimientos lentos, calculados. Cada calada era un ritual de dominación.
"Haré como que te creo esta vez," dije, dejando flotar la amenaza en el aire como el humo del tabaco.
Me senté en mi sofá de cuero, cruzando las piernas con una elegancia felina. Mis gafas de lectura sobre el puente de la nariz, la novela de misterio entre mis manos. Pero no leía. Observaba.
Alex seguía en la cocina. Su espalda, rígida como una tabla, me hablaba más que mil palabras. Lo conocía. Sabía que planeaba algo. Siempre estaba planeando algo.
Tomé un sorbo de licor añejo. El whisky escocés quemaba mi garganta, igual que mi obsesión quemaba mi alma.
"Todo marcha a la perfección," murmuré.
Pero algo vibraba en el aire. Una tensión. Un secreto. Una traición que podía sentir más cerca que nunca.
Y yo, Danzel Gallagher, estaba preparado. Siempre estaba preparado.
Porque Alex era mío. Solo mío. Y nada ni nadie me lo arrebataría.
Dejé que mis dedos se deslizaran con suavidad sobre el pelaje sedoso de Artemisa mientras la gata regordeta se acomodaba sobre mi regazo. Un ronroneo grave y complacido brotó de su pequeño ser, haciéndome sonreír levemente ante la demostración de afecto.
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OBSESIÓN (vol.1)
Mystery / ThrillerEn la sofocante América de los años 50, donde ser diferente es sinónimo de peligro, Danzel -un agente del FBI marcado por un pasado de abusos, represión y traumas no resueltos- reencuentra al único hombre que alguna vez encendió en él algo parecido...
