Obligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Los árboles estaban cubiertos de cuervos. Liam no recordaba un solo día en que las aves no hubieran estado a su lado, ni tampoco uno en que no se hubiera sentido intimidado cada vez que las escuchaba.
Vivía al filo de una gran reserva forestal, en una casa de dos pisos, la última del camino que llevaba a las montañas. Se alistaba, con un saco de piedras por rostro, para el viaje del que le habían hablado desde que tenía memoria, el viaje que había sido planificado desde antes de su nacimiento, el viaje que ahora, a punto de cumplir quince años, lo obligaba a emprender un deber que, contra todo pronóstico, estaba empeñado en sabotear.
Se calzó las botas, se echó el abrigo de cuero al hombro y, antes de salir, recorrió su habitación con la mirada. Las sábanas yacían amontonadas sobre su cama. Su consola de videojuegos descansaba en el centro de una pequeña mesita de madera y su bicicleta, apoyada en la pared, pedía una pasada de pintura. Sintió una punzada de nostalgia, como si abandonara una parte de sí que nunca más recuperaría.
Suspiró y se dio media vuelta con los hombros caídos y la mitad de una sonrisa asomada en sus labios. La madera de los peldaños crujió mientras bajaba las escaleras hacia la sala, poco a poco. Abajo estaba Cheryl, recogiendo con apuro varias prendas esparcidas y metiéndolas en una mochila de viaje. Leo la miraba, sentado en el apoyabrazos de un gran sillón de diseño anticuado.
—¿Se puede saber qué rayos le pasó a mi equipaje? —preguntó Liam, con la frase «esto no puede ser posible» estampada en el rostro.
—Quería meter ropa suya en tu mochila y, ¡puff!, estalló —respondió Leo con una risa burlona.
—¡Leo! —gritó la chica frustrada—. ¿Qué tal si me ayudas?
—Tu desastre, tu problema —dijo el hombre fornido y soltó una carcajada.
—¿Por qué llamas a tu papá Leo? —preguntó Liam, con el ceño fruncido.
—¿De verdad quieres que la gente de Eiralith sepa que este ser es mi papá? —respondió Cheryl, mientras recogía una camiseta. —Será inútil ocultarte. Sacaste esta hermosa nariz —dijo su padre perfilándose—, Además, ¿No sabes que tu padre es famoso del otro lado?
Leo era un hombre alto, de barba recortada, de no muy buenos modales y despreocupado hasta que las cosas debían tomarse en serio. Si no hubiera sido por él, los chicos habrían crecido sin saber de la existencia de Eiralith, de los guardianes y de la manipulación del aura.
El hombre miró a su hija irritada, se levantó y alzó la mano en dirección a la ropa.
—¡Plicoria máxima! —exclamó con voz solemne.
En seguida, la camiseta se zafó de las manos de Cheryl como si cobrara vida y se elevó, junto con el resto de la ropa. Cada prenda comenzó a doblarse en el aire a toda velocidad hasta que quedaron solo pequeños cubos de tela que se juntaron y se abalanzaron con fuerza dentro de la mochila. Leo observó con satisfacción cómo la sorpresa superaba el mal humor de su hija. Podía contar con los dedos de una mano las veces que ella lo había visto girar una llave áurica.