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Mentiras y Traición

Dos lunas. Eiralith tenía dos: Lim y Ara, guardianas de la noche, hijas de Symmaria y del dios Sol. Liam bajó la mirada. Aún no terminaba de acostumbrarse. Cuatro días en ese mundo no habían sido suficientes.

La luz, filtrada tras un velo de nubes negras, apenas iluminaba sus pasos. Piedras altas sobre terreno irregular, hierba baja sobre un suelo sin sendero y, a su alrededor, la sensación de que los cuervos, ocultos entre árboles y matorrales, los observaban. ¿O tal vez era el cansancio que nublaba sus sentidos y alimentaba temores infundados? Liam sacudió la cabeza. Eso era lo más probable. Habían pasado ya más de tres horas desde que se internaron en el bosque, a pie y sin descanso, tras la pista de aquel hombre que sin duda, los llevaría hacía donde se encontraba su madre. 

El rugido de otro trueno volvió a llenar el aire y Cheryl se aferró a su brazo con un respingo. Él frunció el ceño, la apartó y señaló al frente con la mirada. El bosque se abría en un claro, en cuyo centro se alzaba un gran árbol.

—Ya hemos pasado por aquí —dijo Liam, sin alzar la voz, pero con la frustración pintada en cada palabra.

Volvió la mirada hacia Cheryl en espera de una respuesta, pero no obtuvo ninguna. Ella bajó la cabeza, encogiéndose como un caracol en su propia concha. La misma actitud que había mantenido durante todo el camino.

Unos pasos detrás, Elianor, la joven duquesa, observaba la escena con los brazos cruzados sobre el pecho, conteniendo a duras penas un comentario.

—¿Segura de que el hombre tomó el camino de la derecha? —se atrevió a preguntar Calrion, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza—. Esta es la segunda vez que pasamos por este roble.

—Sí —respondió Cheryl con un hilo de voz mientras se acurrucaba contra Liam.

Él la volvió a apartar, se pasó una mano por el rostro y resopló con desdén.

Cheryl permaneció en silencio. Tenía los ojos fijos en el suelo, como si sintiera una necesidad primordial de escapar de la mirada inquisidora de su mejor amigo, sin saber si aquella palabra le quedaba grande en ese momento.

Liam bufó y se volvió hacia Calrion.

—¿Puedes subir hasta la punta de este árbol y decirnos qué ves?

Calrion asintió. Se aproximó a la falda del roble, que se alzaba delante de ellos como un gran dios de brazos retorcidos, y comenzó a trepar, rama a rama, hasta perderse en el follaje.

Liam siguió con la vista a Calrion mientras este subía hasta la copa más alta. Fue entonces cuando un resplandor azulado iluminó el claro y, segundos después, un trueno sacudió el aire.

Volvió la mirada hacia Cheryl; allí estaba, de pie en medio del claro, con la mano izquierda apretada en un puño y la derecha enjugando unas lágrimas incipientes.

«Ustedes son mis amuletos de la buena suerte», dijo la voz de Leo en su mente, y sintió que se le revolvía el estómago. ¿Cómo pudo mentirnos de esa manera? Quizá habría sido preferible saber la verdad desde el principio, recibir un golpe de realidad en Terraria antes de enfrentarse a ella en medio de un bosque maldito, en una tierra prohibida que parecía odiarlo tanto como él se odiaba a sí mismo.

Tal vez así todo habría tenido más sentido, porque en ese momento la suerte los había abandonado por completo.

—Perdidos —masculló Elianor, la joven duquesa, con desdén.

—Esperemos a que Calrion regrese —dijo Liam—. Necesitamos ubicarnos.

En la base del tronco, las raíces dejaban un hueco de apenas un metro de altura, con forma triangular, que daba al coloso una expresión fantasmagórica.

LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora