La Aldea Oculta de las Rocas Hongo
El grupo llegó a un desfiladero cuyas paredes se perdían entre las nubes. La lluvia no caía: se lanzaba con furia, como diminutas agujas que punzaban la piel. Los destellos de una piedra lumbra, flotando al frente, apenas alcanzaban a iluminar unos metros de un camino que se angostaba con cada paso. La compañía, con Fey en la delantera y Julius cerrando la marcha, avanzaba con lentitud. El efecto de adensi se había desvanecido, y cada uno sentía como si arrastraran más sacos de gravonix, pero atados a las piernas.
Fey se adelantó con la espalda encorvada, hasta perderse en la oscuridad del paso. El peso de las tres mochilas empapadas lo hacía resoplar. Se había unido a los expedicionarios porque su tío, una noche de copas, le aseguró que era la mejor forma de conseguir esposa. Desde entonces, pasaba la mitad del tiempo coqueteando con las pocas chicas de la brigada y la otra mitad lamentándose porque fueran tan pocas.
Acomodó las mochilas, que se resbalaban con la lluvia, dando un pequeño saltito. Luego las palpó con picardía: era una suerte que todo estuviera tan oscuro, pensó, o Martina ya lo habría molido a golpes. Imaginaba que no llevaba un cargamento de piedras, sino a una de las chicas, desmayada en sus brazos. Sonrió con aire triunfal al recrear conversaciones en su cabeza, en las que ella, entre suspiros, lo colmaba de halagos y lo llamaba su salvador.
Sacudió la cabeza para apartar aquellas fantasías, cerró los ojos, respiró hondo y extendió la mano para tocar la pared del desfiladero.
Más atrás, entre el resto del grupo, algo en el aire cambió de golpe. Un crujido —profundo, pesado, como piedra frotándose contra piedra— retumbó por todo el lugar. Y entonces, sin aviso, la lluvia cesó.
El frente del desfiladero se abrió, disipando la oscuridad. La figura de Fey se recortó a contraluz, revelando un claro salpicado de estructuras con forma de hongos, de cuyos tallos pétreos brotaban cristales que brillaban con una tenue luz azul.
Más adelante, una puerta rústica, hecha de troncos en punta, dominaba el centro de un inmenso árbol cuya corteza se enroscaba sobre sí misma como una espiral viva.
—Por fin hemos llegado. Hurra —murmuró Martina, alzando apenas un brazo, mientras sostenía con la otra mano a la chica desmayada.
—Ahora solo esperemos que no nos metan una flecha en la cabeza —respondió Fey, que se había sentado en medio del descampado—. Si me preguntan, soy inocente. La idea de traer a las extrañas fue del jefe.
Denis y Martina pasaron a su lado sin prestarle la más mínima atención. Era lo mejor para cuando Fey se ponía así.
—¡Bien! —exclamó el joven—. Ustedes adelántense, los usaré de escudos.
Julius se acercó por detrás y alzó la bota hacia el cargamento, haciendo que Fey cayera de bruces al suelo con un ruido seco.
—¡Déjate de tonterías y ponte en marcha! —dijo Julius—. Aún nos queda el último tramo.
El grupo avanzó por el descampado. Parches de hierba, tan bajos que parecían alfombras, decoraban el espacio aquí y allá. No había signos de humedad, pero aún se podía escuchar el repiqueteo de la lluvia, como si impactara en el mismísimo aire, varios metros más arriba.
Habían llegado, por fin, a la entrada de la aldea oculta de las Rocas Hongo, su hogar.
Julius se detuvo frente al portón y levantó la mirada hacia los dos techos puntiagudos que sobresalían por encima, entrelazados con ramas vivas. El hombre se llevó dos dedos a la boca en forma de cuña y chifló, con un sonido que recordaba al de un cuervazul, ave mítica de los bosques aislados.
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LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasyObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
