Ferada
Calrion corría con el miedo atragantado en el pecho. El sudor salado le ardía en los ojos y el aire, con sabor a muerte, le helaba la boca.
Estaba desorientado. ¿Cómo no estarlo si el terreno se desplegaba frente a él en bucle? Árboles centenarios, lianas, helechos, arbustos, charcos y lodazales y trampas escondidas en agujeros naturales. Verde sobre verde en una sucesión de caos, contenido en el que era, con toda seguridad, el bosque más grande de todo el reino: El bosque de los mestizos. Había partido para buscar ayuda, dejando a Liam, solo en la iglesia, con una promesa que ahora no sabía si podría cumplir.
Si corres, vives, si te detienes, mueres. Se repetía aquella frase como un mantra. Un brutal recordatorio que hacía que sus piernas se movieran por inercia. Una horda de luciferinas, extrañas criaturas bulbosas de tentáculos alargados, lo perseguían con endemoniada insistencia, pegadas a él como su sombra. Y recordó a Liam, Cheryl y Elianor en un bosque parecido a este, escapando de la misma amenaza de muerte, pero todo se sentía tan diferente. Ese calor que le llenó el corazón al sentirse parte de algo más grande y la seguridad de que si caía encontraría una mano amiga, había desaparecido, ahora estaba solo, con las abismosas medusas a punto de alcanzarlo. Necesitaba defenderse de alguna forma. Podía sentir el calor de sus tentáculos entibiando su espalda.
Entonces, un tronco caído del que sobresalía una rama quebrada apareció en su camino. Calrion dio dos zancadas largas y saltó, arrancando la rama en pleno vuelo para luego aterrizar en una alfombra de hierba, helechos y hongos.
Miró por primera vez hacia atrás. Se incorporó a trompicones y abanicó la rama por instinto.
Ahí estaba la criatura. La madera se hundió en su cuerpo bulboso y bioluminiscente como cuchara en gelatina, y salió por el otro costado toda chamuscada. Calrion quedó con un pedazo de carbón en las manos, los ojos bien abiertos y un grito atascado en la garganta.
Si esas cosas lo tocaban, estaba perdido. La primera se abalanzó contra él, luego otra, y otra más... pero, ¡por Symmaria!, todas se estrellaron contra el suelo. Calrion había rodado a tiempo. Se incorporó y volvió a correr, con el bosque atento a sus pasos y la muerte a su espalda.
Los árboles le parecían enormes columnas vivas. Lo obligaban a cambiar de rumbo, a zigzaguear, pero también le servían para despistar a las criaturas y protegerse. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba así, corriendo. Necesitaba descansar; la huida se hacía cada vez más cuesta arriba, quebrada e irregular. Se detuvo. Jadeó. Dos golpes a puño limpio en sus piernas entumecidas y retomó la carrera. El terreno parecía una escalera infinita de peldaños gigantes: paredes de tierra, helechos y roca que surgían una tras otra, con la abismosa impresión de que no tendrían fin.
Seguía esquivando luciferinas una y otra vez, agachándose, saltando, columpiándose en ramas bajas. Su cuerpo, a esas alturas, estaba cubierto de cortadas de hierba, espinas y demás armas naturales del bosque. Miró de reojo hacia atrás. El tentáculo de una de las criaturas alcanzó su gorro; se escuchó un chirrido de tela quemándose y el olor a humo le golpeó la nariz. Frente a él, un árbol de gran tronco. Giró sobre su eje y esperó el impacto. Las luciferinas se abalanzaron con fuerza, pero en el último segundo Calrion se agachó: el golpe húmedo, como de lodo ardiente estrellándose contra madera seca, resonó a su espalda mientras la corteza chisporroteaba. Rodó y rodeó el tronco, metiéndose por unos matorrales que le dejaron la piel aún más marcada.
Cuando vio lo que tenía delante, se le revolvió el estómago: una pared inmensa de tierra, helechos y roca, coronada por más bosque, le cerraba el paso.
Miró hacia atrás. No había tiempo. Corrió y comenzó a escalar. Un pie... luego el otro... y... resbaló. La sangre caliente descendía en vertical por su rodilla.
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LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasyObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
