XXII

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Mestizas

—Asombroso —dijo la señora Freya retirando el aura que envolvía a Elianor de pies a cabeza—. Es el contenedor más pequeño que he visto. Dudo mucho que puedas abrir alguna puerta áurica en estas condiciones.

—Dígame algo que no sepa —respondió Elianor con un chasquido seco de la lengua.

—Eres mestiza —agregó la chamana con una serenidad divertida —es natural que no puedas.

—¿Dónde está el chiste?

—Relájate, niña. Todos aquí somos como tú. Tener un contenedor aúrico así de pequeño no es el fin del mundo —dijo, mientras hacía girar de un dedo a otro el vial verdoso que se había tomado antes de iniciar el escaneo— Pronto lo comprobarás. De lo que sí estoy segura, es que no eres una guardiana. Nadie con un contenedor tan pequeño podría serlo. Dime la verdad. ¿Quién eres? ¿Quiénes son?

Elianor apartó la mirada. Esa era una pregunta para la que aún, a sus quince años, no encontraba respuesta. Espalda recta, piernas juntas, dedos entrelazados en su regazo. Relajó los labios. Solo le quedaba comportarse como lo que todo el mundo esperaba de ella: una duquesa. Siempre lo hacía cuando estaba en un lugar que le incomodaba. La señora Freya, sentada frente a ella en una silla de madera vieja, esperaba una respuesta con los brazos cruzados. Pero Elianor no sabía si era buena idea contarle a una extraña sobre ellas, en vez de eso, recorrió con la mirada la sala. Una clínica, según le había contado la señora: paredes de madera, dos ventanas cerradas, una puerta y, afuera, dos hombres. Ambos vestidos con uniformes de lino ceñidos por correas de cuero, brazaletes de un metal negro y lanzas. Guardias. Para cuando Cheryl despertara, debía tener listo un plan de escape que los incluyera. Cuando Cheryl despertara... Sintió un vacío en el estómago. ¿Y si no despertaba? ¿Qué le diría a Liam y a Calrion? Cerró los ojos y se dio cuenta de que volvía a morderse los labios y a martillear el piso con el tacón de su bota.

—¿No piensas decir una palabra? —preguntó la señora Freya.

—Ya le he agradecido, mi señora —dijo Elianor en voz baja—. Por ahora solo puede esperar de mí eso.

La señora Freya se inclinó hacia adelante, miró de reojo hacia la puerta y con voz queda dijo:

—No insistiré más, sin embargo esperaba que la curiosidad de la madre de tu salvador se viera recompensada. Después de todo eres una de nosotros. Toda una mesti...

—¡No me llame así! —farfulló Elianor. Rompió por completo su postura, con los puños apretados y el rostro lleno de rubor.

—¡Pues eso es lo que eres! Y tu amiga también. Aunque no tan pura —replicó Freya.

Del fondo de la sala, en dirección a las habitaciones, se escuchó una voz débil, apagada. Como una pregunta dicha en secreto.

—¿A que se refiere, señora?

Elianor se levantó de golpe y quedó inmóvil. Cheryl había despertado. Tenía la postura frágil y el rostro crispado, tan parecido al propio en los días de dolor de cabeza. La vio dar un paso, solo uno, como si se arrepintiera de haber comenzado a moverse. Entonces la duquesa apartó la silla y corrió a su encuentro y se detuvo frente a ella con ojos de lluvia sobre campo seco, con la sorpresa de quien halla lo perdido tras haber renunciado a toda esperanza.

—Hola, princesa —dijo Cheryl, esquivando su mirada.

La duquesa cerró los puños, mantuvo el porte y, con los ojos húmedos y la tristeza mordiéndole los labios, murmuró:

—Lo siento... Todo esto es culpa mía. Debí contarles desde el principio lo de la prueba... Nunca imaginé que llegarían tan lejos. Lo siento, debí... debí...

LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora