XVIII

43 1 5
                                        

SUJETO 0-3-7

Las luces intermitentes de los tableros teñían de rojo toda la cámara. Marcus tecleó tres números, bajó una palanca y alzó la mirada hacia el primero de una hilera de treinta cilindros de vidrio que dominaban el inmenso lugar. El líquido fosforescente en su interior comenzó a vaciarse, exhalando burbujas que se elevaban frenéticas, como si aquella máquina fuera una cosa viva, ahogándose. Las piedras de gravonix en su interior —negras, con un leve brillo violeta en el núcleo— ahora estaban opacas. Marcus mantenía la mirada fija detrás de unos lentes bifocales redondos. Quieto. Había dejado de respirar por voluntad propia. Siempre lo hacía...

Una voz grave, lenta y entrecortada resonó a su espalda.

—¿Lo estás haciendo otra vez, verdad?

Marcus dio un respingo y se giró tan rápido que la bata se le acampanó un segundo. En el umbral de la cámara veintiséis se erguía un hombre bajo y grueso, de bigotes poblados, vestido con una guerrera y un gabán de cuero negro.

Marcus exhaló.

Los ojos del hombre recorrieron la cámara. Posaba una mano sobre un bastón que, a todas luces, no parecía necesitar.

—Eres una pieza muy eficiente, Marcus. Me alegro de no haberte matado cuando tuve la oportunidad —dijo, y luego añadió—: ¿Vamos?

Marcus asintió con una larga reverencia. El hombre sonrió, se dio media vuelta y avanzó por un pasillo de paredes blancas, aún teñidas por el rojo de la sala anterior; Marcus lo siguió.

Más adelante, el pasillo se abrió en una sala que relucía con una blancura casi quirúrgica. La luz, constante y sin temperatura, caía desde paneles empotrados en el techo, eliminando cualquier rastro de sombra. Una pared entera estaba cubierta por pantallas en circuito cerrado que mostraban otras salas: habitaciones acolchadas, corredores, laboratorios con actividad aletargada y cuerpos dormidos bajo luces similares.

—¿Todo en orden? —preguntó Sirilim-Darko, el hombre de la voz entrecortada.

Una hilera de consolas se extendía frente a las pantallas, con botones etiquetados con precisión y luces que parpadeaban sin urgencia. No había papeles, ni tazas, ni rastro de humanidad, aunque las figuras frente a las consolas —verificando lecturas y presionando teclas— parecían humanas.

—¿Algún desperdicio? —preguntó Sirilim-Darko, con la mirada fija en los monitores de las cámaras de aislamiento.

—Los registros ya no muestran signos vitales de todo el lote cuatro, mi señor —respondieron, con voz átona, los operarios.

Marcus cerró los puños. Se le cuarteó el rostro en un gesto furibundo y estalló:

—¿El lote de Fenrik? Les dije que le administraran una dosis extra de aura... Disculpe, mi señor. No volverá a pasar. Cuando vea a Fen...

—Fenrik ya no será un problema —dijo Sirilim Darko con voz calmada y rasposa.

Marcus se quitó los lentes y apartó la mirada mientras comenzaba a rascarse con insistencia la sien.

—Gajes del oficio... —dijo Sirilim-Darko, y los bigotes se le ensancharon en una siniestra sonrisa—. Llevenlos a la cámara de incineración y prepárense para un nuevo lote. —Hizo una breve pausa—. Hay alguien que me tiene muy intrigado corriendo por el bosque... Nuestro señor quiere que la brújula esté lista antes de la próxima luna nueva. Capturarlo aceleraría un poco las cosas.

—Pero para eso queda solo una semana, señor —respondió Marcus, aún sobresaltado—. Extraer el aura cruda de symmaria mediante nuestras probioras es una cosa, pero estamos hablando de la mismísima aura del Rey Cuervo...

—Por lo tanto —replicó Sirilim-Darko, mientras sus dedos tamborileaban en el pomo del bastón—. necesitaremos más de este elegante compuesto que nos has proporcionado.

—Pero señor, si queremos más symbiora, es necesario más gravonix —replicó Marcus, con rabia contenida.

—Precisamente. Será necesario poner un poco más de presión a tu gente. Estoy seguro de que podrás solucionarlo. ¿Verdad?

Marcus apretó los dientes. Aumentar la recolección de gravonix era imposible, pero aun así no le quedaba más remedio que asentir. Sirilim le sostuvo la mirada. Marcus inclinó la cabeza.

—Muy bien. ¿Cuántos sujetos tenemos en los tanques de drenado? —Preguntó Sirilim Darko.

—Veintisiete —respondieron los operarios, con voz monótona.

—Voy a necesitar también un reporte de los signos vitales del sujeto cero-tres-siete.

—¿El estudiante del señor Morven? —preguntó Marcus. Con la rabia aún ardiendo en sus ojos—. En cuanto llegue el nuevo cargamento de gravonix, procederemos a la extracción del lote donde está él.

—A ese no lo podemos tocar... aún —dijo el hombre de gran bigote, girando la mano en el pomo del bastón—. Si fuera por mí, ya estaría muerto, pero parece que Avelina y Morven tienen otros planes para él. Habrá que esperar. Mientras tanto, ve a la aldea y haz tu trabajo. Necesitamos esas piedras cuanto antes.

Marcus ensayó una reverencia, se dio media vuelta y caminó hacia la salida oriental. Atrás quedaban puertas y más puertas numeradas, a lo largo de un pasillo bañado por una luz blanca incandescente.

Al final, una puerta distinta cerraba el recorrido. Estaba hecha de madera blanca sin tratar. La empujó con calma. La habitación al otro lado estaba bañada por una luz cálida, emanada de una chimenea encendida. En el centro, una sencilla cama de madera, vestida con sábanas blancas perfectamente extendidas. Una mesita de noche, un perchero y un aparador completaban el mobiliario.

Sin decir una palabra, Marcus se desvistió por completo. Colgó la bata y la camisa en el perchero, deslizó los zapatos bajo la cama y dobló los pantalones con precisión antes de guardarlos en el primer compartimento de la consola, junto a otras mudas ordenadas.

Su piel no era piel, sino un mapa de cicatrices antiguas, entrelazadas como telarañas: un lienzo donde el horror había dejado su marca. Las observó un momento, palpando el pecho, trazando con los dedos el sello rojo que llevaba grabado.

Se quitó los lentes y los guardó en un estuche. Se puso una guerrera de cuero y pantalones, se calzó las botas, ajustó las muñequeras y contuvo la respiración hasta casi perder el conocimiento. Exhaló de golpe, se dio una bofetada con ambas manos y abrió la puerta.

Salió a una especie de oficina y luego a una amplia sala abierta, rodeada de cubículos donde hombres y mujeres, vestidos igual, tomaban apuntes, recibían a otros detrás de mostradores con mercancía, sellaban cartas y despachaban paquetes.

Sobre él, un letrero proclamaba en letras firmes:
«Honor o muerte. Roca y vida.»
Gremio de los Expedicionarios.
Sede de «La Gruta». Aldea de las Rocas Hongo.

Marcus sacó un frasquito de plástico del pantalón. Lo destapó con gesto nervioso y apuró su contenido: una tableta amarilla.

LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora