Sello
Llovía. La temperatura había caído en picada en cuanto el sol se hundió detrás de las montañas centrales de Eiralis. Liam, cubierto de barro, tiritaba, con los dedos engarfiados en su cabello negro y la mirada perdida en el vacío que se abría bajo sus pies. Se encontraba en una repisa natural, unos metros más abajo del borde del risco. Habían pasado el resto de la tarde desgarrándose las gargantas llamando a las muchachas, intentando encontrar una manera de bajar hacia el abismo.
Calrion lo observaba desde un punto más alto; estaba de pie, sollozante y tembloroso.
—Es inútil —dijo el joven del Bastión, con la voz apenas audible.
Se miró las manos, cubiertas de laceraciones de las que brotaba sangre que la lluvia enjuagaba. Liam seguía inmóvil, mirando hacia el abismo. Pasaron algunos minutos así, hasta que él, como saliendo de un letargo, empezó a quitarse la camiseta a toda prisa y llevarse un trozo a la boca.
—¿Qué haces? —murmuró Calrion, estupefacto.
Liam rasgó la tela con los dientes...
—Detente —alzó la voz Calrion. Tenía los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que veía.
El terrano hizo tiras con su camiseta mientras las gotas pesadas de lluvia resbalaban por su cuerpo, apenas visible, como una silueta recortada por la luz de la luna.
—¡Te digo que te detengas! —gritó Calrion con todas sus fuerzas, tan alto que pareció que se quedaría sin voz por el resto de su vida. El eco resonó incluso por encima del estruendo de la lluvia y los truenos, y se propagó por todo el Paso de los Mestizos, la hendidura que separaba las islas de Volaris del Pináculo.
Liam se detuvo. Había comenzado a trenzar las tiras de tela con restos de la cuerda del puente.
—Si creamos una cuerda con una estaca de hierro en uno de sus extremos, podríamos...
—¡Ya basta! —volvió a gritar Calrion, empapado y con los ojos llenos de lágrimas—. No quiero que mueras tú también.
—No están muertas... Hasta que no vea su cadáver... —masculló Liam
Calrion bajó a trompicones, resbalando con las piedras sueltas hasta llegar a la saliente donde estaba Liam. Sin pensarlo, le propinó un golpe que casi lo lanza al vacío. Liam se incorporó con la boca ensangrentada y se abalanzó sobre él. Quedaron atrapados entre la pared del risco y el abismo.
Calrion levantó un brazo para defenderse, pero al ver el rostro de su amigo, se detuvo.
Liam lloraba. La lluvia corría como ríos por su cara y la luz de la luna centelleaba en azul sobre su cabellera azabache.
—Era mi amiga. Mi única amiga. Yo la maté. Fue mi culpa. ¡Fue mi culpa! —gritó antes de caer de rodillas sobre la roca, sollozando.
Y entonces vinieron los recuerdos. Como si su propia mente quisiera castigarlo aún más, revivió cada momento que había compartido con Cheryl. Recordó el día en que se conocieron, cuando tenían seis años, justo cuando sus padres les contaron la verdad sobre su origen. Recordó cómo crecieron juntos, sus peleas y reconciliaciones, los peligros que enfrentaron codo a codo.
Como aquella vez en que ella lo defendió de unos chicos que querían quitarle su almuerzo. O cuando él salió en su defensa frente a otros que la molestaban diciéndole gorda. Recordó los videojuegos, los paseos en bicicleta por el pueblo, las tardes entrenando en el dojo, el día en que la raptaron... y cómo, junto a Leo, logró rescatarla.
Y, por sobre todo, recordó la promesa que hicieron ese día: que nunca se separarían.
Ahora esa promesa le pesaba en el alma. Porque la había roto. Porque fue necio, porque quiso demostrar su valía ante una situación que lo superaba desde el principio. Y ahora ella estaba muerta. Por su culpa. Como podría verle la cara a Leo. ¿Lo odiaría tanto como se odia a sí mismo? Ese sería un dolor insoportable, pero se lo merecía...
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LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasyObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
