XXIV

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Meredirs: La Isla del Olvido

Parte 1

—¿Conoces el miedo? —preguntó Marcus mientras se ceñía a la cintura una correa con frasquitos de Symbiora, acomodados en bolsillos hechos para facilitar su transporte—. ¿Alguna vez lo has sentido devorándote por dentro, royéndote las entrañas?

—No soy un hombre al que le atemoricen muchas cosas, Symne —respondió Julius, sombrío, mientras le alcanzaba un par de jeringas a Marcus—. Sin embargo, hoy no puedo reprocharme estar intranquilo.

—El miedo es solo una deshonra si te paraliza, mi buen amigo —respondió Marcus con firmeza. Metió la jeringa en un compartimiento de unos guantes que le llegaban a la mitad del antebrazo, se colocó unas gafas de vuelo y sobre su traje aéreo, un abrigo negro con capucha. Señaló hacia el descampado frente a los establos. En él había dos enormes flammumbras, con sus alas de aura incandescente, comiendo unos grandes trozos de carne.

—¿Qué tan buena es tu conexión con esta criatura?

—No nos llevamos muy bien, la verdad, pero está dispuesta a hacer el trabajo —respondió Julius, ajustándose a la espalda una suerte de ballesta de dardos de Symbiora.

—Quiero que le digas que se repliegue apenas saltemos —dijo Marcus, pensativo— y que, si las cosas se ponen feas, regrese por ti. No quiero en mi conciencia otro hermano muerto.

Julius se quedó callado. Comenzó a hacer crujir sus nudillos, abriendo y cerrando las manos a intervalos. Marcus estaba ya ensillando a su flammumbra.

—No voy a abandonarlo, Symne.

—No pretendo ir a morir —respondió el hombre con voz tranquila. Volvió la mirada hacia la aldea. Al otro lado del descampado, su viejo hogar seguía vivo: niños correteando tras gallinas, madres sin aliento tras los pequeños, viejos debajo de los árboles jugando al Roinn y vecinos conversando en los portales de sus casas. El olor a pan tostado de kamut le trajo recuerdos de otros tiempos.

—Si esto se tuerce —continuó—, estarías dejando a nuestros hermanos en manos de Sirilim Darko. —Se masajeó el hombro y estiró el brazo—. Arriba, la batalla ya empezó. Tenemos dieciocho horas para llegar a Meredirs, liberar a los Lurkhai y capturar uno vivo. Si fallamos, por mi culpa, esta guerra también será la nuestra.

Julius asintió, pensativo. Revisó la carga que colgaba a ambos lados de Escamosa, la flammumbra. De una mochila de cuero, mas alta que ancha, sacó una máscara que le cubria la nariz y la boca, revisó el conector y miró dentro. Había un pequeño tanque de metal; probó la válvula y, a presión, salió un silbido de aire frío. Cerró la mochila y se dejó la máscara colgando del cuello.

—Tu hermano estaría orgulloso de ti, Julius —dijo Marcus. Cerró los ojos, respiró hondo y se masajeó el pecho. Sacó de su bolsillo un frasquito con pastillas. Aguantó la respiración, lo inundaron recuerdos que había perdido y con el corazón queriendo salir de su pecho, se tomó una.

—Ya es hora —dijo, buscó apoyo en los estribos y subió de un salto,

Julius hizo lo mismo.

Los dos hombres lanzaron un silbido; las bestias batieron sus alas, dieron la vuelta con pasos pesados y por todo el lugar se escuchó un bramido. Los niños y la gente, a pesar de que Marcus lo había prohibido, se acercaron al cerco para ver cómo sus hermanos partían; «a una breve expedición para buscar más canteras», les había dicho. Marcus, sobre Flecha, y Julius, sobre Escamosa, levantaron la mano en señal de victoria mientras las bestias tomaban impulso, directas hacia el precipicio. La bruma los devoró y se perdieron de vista, rumbo a Meredirs, la isla del olvido.

LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora