VI

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Leo conducía. Liam no tenía idea de cómo lo hacía, pero el auto se mantenía estable en dirección al norte. Boquiabiertos, los chicos contemplaban las edificaciones desde las alturas. Desde allí, todo parecía un conjunto de maquetas detalladas, con casas ubicadas con cuidado en un trazado de calles tan perfecto que a Cheryl le vino a la mente su profesor de matemáticas. Calrion, por su parte, se perdía entre las colinas, que se extendían a lo largo del paisaje; y Liam seguía con la mirada el cauce de un río que nacía como una serpiente desde las faldas de una imponente montaña hasta desembocar en un gran lago.

Pero lo que más los impresionó a todos, Leo incluido, fue la isla que asomaba al noreste.

—El Pináculo —dijo Leo.

A medida que se acercaban a su destino, podían verla con más claridad: flotaba separada por un corte del cielo, un vacío que desde esa distancia parecía un acantilado. Al cabo de un rato, entre murmullos y los intentos de Cheryl por animar el ambiente, vieron al norte el castillo blanco del reino de Volaris, coronado por una torre en forma de espada que irradiaba luz hacia el cielo: hogar de la legendaria Academia de Artes y Ciencias Áuricas.

El auto continuó flotando con suavidad mientras Cheryl, Liam y Calrion notaban que otros vehículos se sumaban en la misma dirección, pasando peligrosamente cerca —pensó Cheryl—, al lado de ellos, con un zumbido, pitidos de bocinas y hurras en boca de lo que, a todas luces, eran estudiantes divirtiéndose a lo grande. Esferas luminosas azuladas marcaban el trayecto. Formaban una carretera aérea que guiaba el tráfico mágico de manera ordenada, casi hipnótica.

El viaje fue breve, más de lo que Cheryl y Calrion hubieran deseado. Liam, sorprendentemente cómodo, pensó que esa era la mejor forma de volar, muy distinta a su última experiencia.

—Así —dijo el terrano—, me transportaré de ahora en adelante.

Leo bajó la marcha hasta que llegaron al área oeste del castillo. Entonces el auto descendió y, al tocar la plataforma de aterrizaje, las llantas rozaron el pavimento con un chirrido seco. Bajaron y se desperezaron, estirando piernas y espalda. Allí, unos soldados con armaduras ligeras, de un acero casi blanco, les dieron la bienvenida y los guiaron por un pasillo que conducía a la sala de espera de la Academia.

Al llegar, se encontraron frente a una imponente puerta de arco en punta, custodiada por dos guardias. Estos los inspeccionaron cuidadosamente con una vara luminosa antes de abrir la puerta, revelando una sala circular de gran magnitud.

—¡No puede ser! —Cheryl se detuvo boquiabierta y se giró para ver a su padre, quien le devolvió una amplia sonrisa.

Una suave luz bañaba cada rincón, reflejándose en el suelo de mármol blanco con juntas doradas que brillaban como hilos de oro entrelazados. En el centro de la estancia, una torre de cristal, fina y elegante, se elevaba hacia lo alto y, en su base, una puerta doble de metal pulido, adornada con botones en forma de flechas, revelaba su función como ascensor.

Liam esperó encontrarse con candelabros, pero en lugar de estos, esferas azuladas flotaban por toda la sala, iluminándola como un cielo estrellado en el interior de un palacio. Las plantas, de verdes colores, añadían un toque de vida, mientras que los sillones dispuestos en torno a la sala, tapizados en un profundo turquesa, invitaban a los recién llegados a descansar.

Cheryl contemplaba con fascinación las ventanas de estilo francés, que ofrecían una vista del reino de Volaris, donde la magia antigua y la modernidad se combinaban en perfecta armonía.

La sala rebosaba de energía. Grupos de jóvenes, fácilmente reconocibles por sus ropas terranas, se agrupaban cerca de las columnas de mármol, hablando en voz baja, casi con timidez, mientras otros, enfundados en los distinguidos uniformes blancos de la Academia, se desplazaban con energía. Los adultos, ataviados con trajes inusuales de saco y corbata, se entremezclaban con los ciudadanos, vestidos con atuendos elegantes que parecían extraídos de las páginas de un cuento, acompañados de hombres y mujeres en túnicas sobrias, cuyos movimientos sutiles revelaban su rol como miembros de la servidumbre.

LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora