Elianor
Elianor se esforzaba por concentrarse en la ceremonia. Sin embargo, su mente regresaba una y otra vez a la conversación que había tenido con su padre esa misma mañana.
—Tal vez esta sea nuestra última oportunidad, Elianor —había dicho el general.
Aquellas palabras, cargadas de un peso que no podía ignorar, resonaban como un eco persistente en su cabeza.
La ceremonia, la presentación de los líderes de las órdenes e incluso la prueba de ingreso la tenían sin cuidado. Para ella, todo aquello no era más que un espectáculo vacío, una formalidad sin peso en el curso de su vida. Su destino había sido escrito mucho antes de que pusiera un pie en la Academia. Por derecho de cuna y legado, Elianor ya era una Nivelia. Lo había sido desde el mismo instante en que vino al mundo. Elegir, nunca había sido una posibilidad para ella.
El nombre de Leo Sandiego resonó en el auditorio.
Elianor lo siguió con mirada gélida, reflejo de un pensamiento que nunca había pronunciado en voz alta. Lo conocía solo de vista. Así le hubiera gustado mantenerse; sin embargo, era un nombre que ya figuraba en los libros nuevos, un nombre que otros pronunciaban como si fuera una medida. Uno con el que siempre terminaban comparándola.
Los aplausos crecieron, envolventes, insistentes. Demasiados. Elianor sintió cómo le presionaban el cráneo y, antes de pensarlo, ya tenía la mano al oído, buscando un comunicador que no estaba; hurgando la cavidad con insistencia, en un intento inútil por apagar el ruido, aunque fuera solo dentro de su cabeza.
Entonces, de golpe, el aplauso murió.
El director había alzado la mano.
Elianor retiró la suya y giró la cabeza. En los palcos, una mujer gritaba.
Las compañeras de Elianor intercambiaban murmullos venenosos, más pendientes de desacreditar a la mujer que de escucharla. Se detenían en sus gestos, en su forma de hablar, en ese origen del Bastión del Cuervo que para ellas lo explicaba todo. Elianor comenzó a prestar atención, y el caos no tardó en imponerse.
—¿En serio? ¿Una protesta en medio del recibimiento a los aspirantes de este año? —se dijo para sí misma y comenzó a reír por lo bajo, una risa nerviosa, la de alguien que no se sabe cuándo irá a estallar.
Su padre, el gran general de brigada, seguía ocultándole cosas, a pesar de que ella, dentro de sí, sabía que ese tipo de información no era una que una aspirante de quince años debiera conocer.
—Así que la muerte ha llegado por fin a Eiralith —dijo la joven duquesa, consternada, recordando la primera vez que su madre le había explicado que, en ese nuevo mundo, los reyes eran casi eternos y los ciudadanos, aún más los de raza pura, los celestiales, podían vivir hasta doscientos años.
—Sí, tengo ciento veinte, mi niña... —le había dicho su madre cuando la pequeña Elianor supo leer el número en el pastel de cumpleaños. Eso había sido hace diez años. Antes de que su madre fuera atacada, antes de quedar como un vegetal.
Sí, en ese mundo la muerte no era algo a lo que los Eiralithas estaban acostumbrados. La única amenaza mortal que había atormentado al imperio durante siglos había sido neutralizada, o eso era lo que enseñaban los libros de texto que su servarin, con tanta dedicación, le enseñaba, como si diez años fueran suficientes para borrar una realidad que la apuñalaba cada día al ver a su madre. Siglos con barreras reforzadas en todos los reinos, ciudades protegidas, criaturas del abismo contenidas. El Mundo de Abajo había dejado de ser un peligro... al menos dentro de las murallas.
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LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasyObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
