EL BASTIÓN DEL CUERVO
3 días para la catástrofe.
Leo fue el primero en cruzar. Liam y Cheryl lo siguieron, tomados de la mano. Al otro lado, flotaba una gigantesca plataforma alargada con dos niveles de escalones que los chicos utilizaron para descansar.
—No se preocupen, con el tiempo uno se acostumbra. Respiren profundo —dijo Leo mientras sacaba del bolsillo un frasquito oscuro que comenzó a agitar con una sonrisa socarrona.
—Bienvenidos a Eiralith —dijo Liam con desgano, sentado en la primera fila de escalones.
Leo le acercó el frasco y el joven aspirante apuró el contenido.
—Esta no era la entrada épica que me esperaba —respondió Cheryl, replicando la cara de asco de Liam cuando terminó de tragar.
—Siento como si acabara de bajar de una montaña rusa —dijo Liam, llevándose una mano a la cabeza y la otra al estómago—. Creo que necesitaré más de esa cosa.
—Con lo que tomaste es suficiente —respondió Leo—. Pronto se te pasará.
Liam le pasó el frasquito a su amiga; ella se tapó la nariz y se lo tomó sin dudarlo. Arrugó la cara y murmuró:
—Sabe a cucaracha.
—¿Acaso has comido cucaracha? —preguntó Liam, tumbándose a su lado.
—¡No, qué asco! —hizo una mueca—. Pero me imagino que así deben de saber.
Descansaron unos minutos por sugerencia de Leo y luego continuaron su camino. No habían bajado el segundo par de escaleras cuando Liam vio a Cheryl suspirar y llevarse la mano a la frente, un gesto que siempre hacía cuando no se sentía bien. La observó ponerse los audífonos y subir el volumen. Le pareció increíble que él también hubiera pasado por esto.
Cheryl se giró para mirarlo al darse cuenta de que se había rezagado. Liam vio algo en su rostro, una expresión que le resultaba familiar, algo parecido al miedo. Era como si ella entendiera el peso que él también llevaba, un peso que le golpeó con fuerza sin aviso: habían cruzado un portal hacia otro mundo. ¿Cuántos países no querrían reclamar un pedazo de Eiralith como suyo si supieran de su existencia? Y la comunidad científica... ¿cuántos experimentos no harían sin importarles en lo más mínimo los códigos de ética, en nombre de la ciencia? Aunque Liam no lo quisiera aceptar, lo que acababa de pasar no era cualquier cosa. ¿Qué tan difícil sería guardar un secreto así? La responsabilidad de ser guardianes por fin lo alcanzó y el odio hacia ese deber impuesto siguió en aumento.
«La puerta nunca se cierra», resonó en su mente la voz de Kamus, su padre.
—La puerta nunca se cierra —repitió Liam en voz baja. Caminó hacia su amiga, la miró de reojo y ella se quitó uno de sus audífonos.
—¿Sucede algo? —preguntó ella.
—Nada.
Liam se encogió de hombros y metió sus manos en los bolsillos de su chamarra.
—Aprobemos rápido ese examen. No quiero demorarme más de lo necesario en este mundo —terminó. Sin embargo, en su mente tenía otros planes. Estaba a punto de convertirse en cinturón negro; si la prueba resultaba ser un combate... ¿cómo perder a propósito sin que Leo y Cheryl se dieran cuenta?
Los chicos avanzaron hasta el final de la plataforma incrustada sobre un pequeño islote, a cientos de metros por encima de un abismo inconmensurable.
Frente a ellos se alzaba una gran muralla de piedra salpicada de pequeñas torretas y ventanas saeteras, no más altas que una persona y tan angostas como la palma de sus manos. En el centro, les daba la bienvenida una gigantesca puerta de madera, con remaches de metal y grandes pernos. Sobre ella, un modesto letrero que decía: Bastión del Cuervo.
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LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasyObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
