Skyriel
Skyriel se debatía entre dar por terminada la prueba o continuarla. Después de todo, estaba seguro de que las chicas no habían muerto. Había sentido sus auras: primero débiles, a punto de extinguirse; luego más firmes, demasiado rápido para ser natural. Alguien las había ayudado, de eso estaba seguro. Permanecieron así durante un tiempo, hasta que desaparecieron de golpe. Un corte limpio. Demasiado brusco para ser la muerte. Al morir, el aura se apaga poco a poco, se arrastra, queda flotando un rato. Esto había sido distinto. Así que, definitivamente, Skyriel estaba convencido de que no estaban muertas. La prueba debía continuar.
Pero... ¿y si estaban muertas? Más le valía no equivocarse.
Skyriel siguió saltando de rama en rama mientras echaba una mirada hacia abajo. El chico del Bastión aún corría. Sacó su moneda. Se la había ganado a Leo en un juego de cartas y desde entonces se había convertido en su favorita. Antes usaba dados. Por Symmaria... qué incordio era eso. Pero en Eirialis no existían monedas. ¿Qué más podía hacer? Claro, jugar unas partidas con Leo y quitarle una. Leo era muy malo en las cartas.
—Lo estaba haciendo de nuevo —se dijo con voz seria—. Hora de enfocarse.
Así que echó otra mirada al chiquillo: las luciferinas pronto lo alcanzarían. Cara: detenía la prueba y lo salvaba. Sello: continuaba y miraba cómo acababa todo.
La lanzó. Giró, brillando en la penumbra del follaje, y la estampó contra su muñeca.
Cara.
Skyriel hizo una mueca y siguió avanzando. El follaje era tan denso que el mediodía apenas alcanzaba a rozar el suelo.
Abajo, Calrion. Sí, ese era su nombre. El sobrino del contrabandista. Corría como podía, acosado por el enjambre de luciferinas. Un solo roce y quedaría con marcas de quemaduras de tercer grado de por vida.
Skyriel apuntó con la mirilla de su sable pistola. Bastaría con dispararle a la pierna: después controlaría su cuerpo y lo apartaría del enjambre. Luego podrían curarlo. Más sensato que arriesgarse con Destello. El dedo rozó el gatillo, y por un instante estuvo tentado de apretar, pero se detuvo.
Recordó a Fenrik. Había conseguido que el maldito se degollara a sí mismo usando mentis dominio, disparándole aura. Técnica rara donde las hubiera. ¿Y qué había logrado con eso? La caída del puente, las chicas arrastradas con él y, después, convertirse en un saco inútil durante cuatro largas horas.
—Así que, ¿de qué le valía ser el único —porque sí, el único— en veinte generaciones con tanta aura que podía solidificarla? —pensó con amargura—. Si al final quedaba más inservible que Flammumbra en invierno.
Movió la moneda entre los dedos enguantados y la lanzó de nuevo.
Cara.
Calrion tropezaba entre raíces y piedras. El enjambre estaba sobre él. Skyriel volvió a lanzar...
Cara.
—Una vez más
Otra moneda al aire. El chico rodando por la hierba...
Cara.
—¡Por Symmaria!... —susurró—. ¡Acaso esta moneda solo tiene cara!
Las luciferinas se abalanzaron con fuerza hacia el chico
—Que te jodan, condenada moneda... la lanzo...
Sello
—¡sello! Perfecto...
Cerró los ojos, inhaló y murmuró:
—Deste...
El impacto lo arrancó del árbol. Una fuerza brutal lo arrojó cien metros, quebrando ramas, partiendo troncos. Cayeron hechos un borrón entre el follaje hasta estrellarse contra el suelo, abriendo un surco de tierra y piedra.
Skyriel sintió el ardor lacerante en el costado, al que apretó con la mano enguantada. Sangre. Estaba perdiendo demasiada. La cabeza le daba vueltas.
¿Con qué se había golpeado? Por Symmaria... sentía como si el expreso de Volaris lo hubiera arrollado.
Alzó la mirada. El atacante se incorporaba: guerrera negra, cuchillo en mano. El maldito debía ser un potenciador. Había usado el mismo hechizo que él pensaba lanzar, pero con diez veces más fuerza.
¿Acaso habían comenzado a repartir el manual para aprender Destello en las cajas de Kammut?
El hombre se acercó cojeando, con el cuchillo aún húmedo. Sonrió, confiado, como si la herida hubiese decidido ya el combate.
Pero había cometido un grave error. El caballero, Jefe de la Guardia Real, descendiente de los Primordiales, Skyriel de Nivelia, lo había tocado. Y cuando Skyriel toca a alguien en batalla...
El atacante frunció el ceño, quizá intuyendo algo, pero ya era tarde.
El caballero alzó la mano y, con la mirada fija en el leve destello que emitía la cabeza del atacante, dio la orden:
—Córtate el cuello.
Los ojos del hombre se abrieron con horror mientras la hoja giraba contra él. El corte fue limpio. Su cuerpo se desplomó con un golpe seco tiñendo de rojo la hierba a los pies de Skyriel.
Continuó allí, tendido en el surco abierto por la caída, sin poder moverse, con la moneda atrapada en su palma ensangrentada y con una única pregunta en la mente: ¿Qué había sido de Calrion?
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LIAM LUNA Y LA BRÚJULA DEL REY CUERVO
FantasyObligado a continuar con el legado de la orden secreta a la que su familia ha pertenecido por generaciones, Liam cruza el portal a Eirialis junto a Cheryl, su amiga de la infancia, y Leo, su mentor, para realizar las pruebas de ingreso a la Academia...
