Por Cristela-3
—Ante ustedes, su majestad Neithan de Lacrus Calicto y su majestad Jimena de Lacrus Calicto, rey y reina del reino de Calicto.
El imponente rey subió al estrado, llevando a su esposa del brazo a quien la gente admiró con total devoción, ya que, esa joven mujer que no envejecía y destacaba por el color azabache de sus ojos, era descendiente de Jackson.
Isabel retorció las manos y apretó la dentadura cuando los vio aparecer, en especial a la reina. El rey era un hombre de largo cabello castaño y hermosos ojos verdes; robusto e imponente. La reina parecía delicada y celestial, pero Isabel sabía que no lo era.
«Ella los mató —pensó, recordando cómo la espada de cristal de la reina atravesó el pecho de su madre y le cortó la cabeza a su padre—. ¡Ella los mató!».
Su respiración se agitó, al igual que los latidos de su corazón y se esforzó para contener el llanto que amenazaba con salir cada vez que recordaba ese momento. Entonces, Isabel solo era una niña y había presenciado el cruel asesinato de sus padres, cuando la reina declaró que una plebeya y un hechicero no podían amarse. Revivió el momento exacto en que la reina la miró con frialdad, mientras la pequeña Isabel se desgarraba llorando. La reina Jimena vestía una armadura de cristal y no se veía para nada inocente como pretendía verse frente a su gente.
Isabel se contrajo hacia delante por la falta de aire, mientras aviva el recuerdo de la reina Jimena, acercándose a paso firme e imponente. Las llamas de la destrucción se balanceaban detrás de ella, consumiendo el humilde pueblo donde Isabel había nacido.
«Es tu turno, pequeña abominación —dijo la reina, levantando su espada frente a Isabel».
La joven Cabot levantó los ojos llenos de ira para mirar a la responsable de todo su sufrimiento y sus venas se dilataron, volviéndose negras a causa de la invasión de la energía corrupta de Alet. Ella tenía presente que no viviría más de ese día y que su alma sería devorada por el demonio, pero al verse de frente ante el odio y la sed de venganza, sintió que no podía pedir nada mejor.
«Te llevaré conmigo, desgraciada —declaró, dando media vuelta para abrirse paso en medio del gentío».
Isabel era mestiza, hija de un hechicero que alguna vez fue bien reconocido y pese a que su madre fuera una plebeya sin magia, Isabel había heredado bastante del inmenso poder de su padre, por ello, había sido capaz de sellar aquel pacto con Aletxia y no morir en el acto. Era capaz de mucho más y estaba dispuesta a lo que sea con tal de obtener su anhelada venganza. Subió hasta los redondos techos de las casas que rodeaban la plaza principal y chasqueó los dedos detrás del arquero que vigilaba desde aquella posición. El hechicero cayó profundamente dormido e Isabel recogió su arco y flechas.
«Hoy caerán todos los descendientes de Jackson, con o sin la sangre bendita».
Y disparó la flecha, directo al corazón de la reina Jimena.
«Muérete, maldita perra».
Sin embargo, a solo unos centímetros de que la punta de la flecha le llegara al pecho, la reina Jimena la detuvo con su mano.
Los arqueros dispararon a Isabel y ella corrió sobre los techos circulares, tratando de esquivar el ataque, pero una de las flechas atinó a su pierna y la derribó.
«No me importa morir aquí —pensó—, pero no lo haré sin antes ver a Alet una última vez».
Aterrizó sobre un puesto de flores. Eso amortiguó su caída, pero no impidió que sus extremidades se contrajeran de dolor. Los guardias se apresuraron a apresarla y la sacaron de ahí a tirones. Isabel se rio, diciendo que daba igual lo que hicieran con ella porque, la reina al fin estaba muerta. La arrastraron hasta el estrado y las llamas que habían envuelto el cuerpo de la reina se extinguieron. Isabel contempló estupefacta a la mujer que se alzó intacta frente a ella, envuelta con una armadura de cristal que la había protegido de pies a cabeza.
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Por siempre
Short StoryRelatos de despedida compartidos por escritoras y escritores de la comunidad La resistencia escrita. La muerte no es el fin del vínculo; esa persona que se fue seguirá dentro.
