Vacío

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Por Carolina Londoño

Martín salió del colegio apurado, recibió una llamada de Sara, contándole que Mía había tenido una recaída. Solo alcanzó a decirle al profesor de ciencias, que cuidara a sus alumnos, ya que debía salir con urgencia. Condujo a toda prisa por la ciudad, pasándose algunos semáforos en rojo. Dejó el carro, mal parqueado y entró a toda prisa, sin fijarse en lo que pasaba a su alrededor. Algo en su interior le decía, que las cosas no andaban bien. Llegó hasta el ascensor, y cómo tardaba en llegar, tomó las escaleras. Las subió de dos en dos, jadeando con cada paso. Mientras subía, todos los pensamientos negativos se agrupaban en su mente, sacudió su cabeza, tratando de alejarlos, diciéndose a sí mismo, que Mía debía estar bien.

Después de subir cuatro pisos, llegó hasta la recepción, en la sala del lado se encontraban Sara, Raúl y Samuel, sin siquiera saludar, solo se atrevió a preguntar.


—¿Cómo está?

—Mal, Martín—mencionó Sara, mirando hacia el suelo.

—No son buenas noticias—completó Raúl—Mía se encuentra en estado crítico, no nos han dejado verla.

—Pero ¿Qué fue lo que pasó? Todo estaba tan bien. Hace un rato habíamos hablado —exclamó Martín, mientras se rascaba la cabeza.

—Nosotros nos preguntamos lo mismo. La vida es tan frágil. Hace unas horas estaba en su cuarto, haciendo lo que más le gusta, pintar, y ahora en una clínica con pronóstico reservado —dijo Raúl.

—Estábamos en casa, cuando escuché un grito. Fui hasta su cuarto, estaba llorando, me dijo que le dolía mucho la cabeza y que se sentía muy mareada. Me devolví por el celular para llamar a Raúl para que la lleváramos a la clínica, cuando regresé, estaba desmayada. ¡Martín, no se nos puede ir tan pronto! —mencionó Sara, secándose las lágrimas.

—¿Y que más ha dicho el médico?

—Nada más, volvió a entrar después de que nos dijo que su pronóstico era reservado.

Nadie se atrevió a decir más, el silencio en la sala era insostenible, hasta que, por una de las puertas, salió el médico.


Lamentablemente, les tengo malas noticias. Mía ha sufrido muerte cerebral, le hicimos todas las pruebas pertinentes, pero no respondió. Está conectada a varios dispositivos que la mantienen con vida. Tómense unos minutos con ella, es hora de despedirse.

—Doctor, pero ¿cómo es posible? Si hasta hace unas horas, ella se encontraba bien —mencionó Raúl, tratando de mantener la calma.

—Esta enfermedad es silenciosa, puede aparecer y desaparecer sin que nos demos cuenta. Y ustedes saben que el tumor de Mía, era muy agresivo.


—¿Y el tratamiento, no sirvió de nada? —preguntó Samuel, casi gritando.

—Sí, le permitió estar más tiempo con ustedes, lamentablemente su cerebro no resistió más. Saben que hicimos todo lo que humanamente pudimos. De verdad, que lo siento mucho. No saben cómo me duele esto.

—¡Mamá, no puede ser! —exclamó Samuel, con la voz quebrada, mientras buscaba el abrazo de su madre.

Luego, llegó Raúl a completar el abrazo familiar. Sara miraba al cielo tratando de encontrarle una explicación a esta situación, no sabía como enfrentar la muerte, y menos la de un hijo. Raúl se unió a sus plegarias de llanto y dolor.

—Se me está partiendo el alma Raúl —mencionó Sara, mientras se arrodillaba, pidiendo clemencia.

—A mí también mi amor —le dijo, mientras se acercaba para tomarla de las manos.

—¿Como vamos a vivir sin Mía?

—No lo sé, espero que la oración y Dios nos ayuden a aprender a vivir sin ella.

—Dios nos la quitó —gritó Samuel— ¿Por qué?, ¿Por qué Mía?, hermanita de mi alma, no me dejes.

Martín se alejó hasta un rincón. En su mente, torpes pensamientos venían uno sobre el otro, eso no podía ser cierto, tenía que ser una pesadilla. No imaginaba cómo la mujer de su vida se iba a ir tan pronto, sin alcanzar a vivir lo que habían soñado, ni los hijos que querían, ni los viajes, ni las conversaciones de literatura y arte. ¿Quién iba a disfrutar con él, cada momento, cada amanecer, cada instante de su vida, de sus minutos, de sus segundos? Muchos sentimientos se atoraban en su garganta, tanto, que no pudo más y se puso a llorar como un niño pequeño. Se sentó en el piso, mientras acunaba sus piernas con sus brazos. La vida era muy injusta, se decía.

Estuvo allí unos minutos, hasta que unos brazos lo agarraron con fuerza.

—Vamos, hijo, debemos ser fuertes para verla.

—Don Raúl no voy a poder con esto, al fin la había recuperado y la vida me la quita. Todo es muy injusto, por qué esta estúpida enfermedad se llevó primero a mi madre y ahora a Mía. No alcanzamos a decirnos adiós.

—Si, lo hicimos, en cada instante que estuvimos con ella, en cada palabra que le dijimos. Tuvimos la oportunidad de demostrarle cuanto la queríamos.

Se secaron las lágrimas y entraron a la sala donde se encontraba Mía. Estaba conectada a varios equipos, se veía tranquila, sin sufrimientos, ni tristezas. El sonido del monitor cardiaco, mostraba que aún seguía viva. Su cuerpo estaba allí, pero no sabían donde se encontraba su alma. Tal vez seguía en ese lugar, esperándolos. Luego se tomaron de la mano, cada uno le dijo lo mucho que la amaba y cuanto la extrañaría.

Sara tomó una de las manos de Mía, mientras Martín tomaba la otra, Raúl en la cabecera, le acariciaba la cabeza recordando a su niña consentida. Samuel, no pudo más y giró su cabeza para llorar sin mirarla.

—Nos vemos en otra vida, hermanita —dijo, con la voz quebrada.

—Te amamos con todo nuestro corazón, por favor descansa, ya es necesario—mencionó Raúl.

—Hasta pronto, niña de mi vida, dijo Sara—con la garganta atorada.

Martín se quedó en silencio, no quería despedirse.

—¿Martín? —dijo Sara.

—No puedo, ella es mi vida entera.

—Es necesario hacerlo, tanto para ti como para ella —dijo el doctor.

—Te amaré en esta y en todas mis vidas, adiós mi princesa con ojos de mariposa.

El médico apagó lentamente los equipos, dejando el sonido constante del monitor cardiaco.


Mía ya no habitaba su cuerpo, su alma había trascendido. Había vivido los últimos días de su vida amando lo que hacía, disfrutando cada minuto con los que amaba y demostrándoles lo importante que eran para ella.


Martín, salió corriendo de la sala. Necesitaba tomar aire y gritar, gritarle al mundo todo lo que le dolía perderla. Subió corriendo los últimos tres pisos del edificio, llegó a la terraza y gritó. Gritó hasta que su alma se fue con el último grito. Luego, observó el vacío, el mismo que había quedado en su cuerpo sin ella, y se dejó caer.

Por siempreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora