Por J. Galves
Escuchó el grito agónico de su madre llamándolo. Por suerte tenía el sueño liviano, el largo tiempo de estar alerta a sus requerimientos, hacía que se despertara al mínimo sonido.
Se dirigió rápidamente a su encuentro, ella balbuceó algo ininteligible, pudo notar como tenía las pupilas dilatadas por el extremo padecimiento. Preparó con toda calma y eficiencia el calmante para inyectarle.
«Despacio y preciso, que hay prisa» Esa frase se la había enseñado, además de cómo colocar inyecciones, Doña Julia, quien era enfermera jubilada. Muchas veces esta buena señora lo había ayudado a cuidarla cuando él debía trabajar, también se encargo de realizar una colecta en la iglesia para ayudarlos en ese duro trance; lo recaudado no fue mucho, pero algo era algo, y les estaba muy agradecido, después de todo el único responsable por su madre era él.
Ya había aprendido a ignorar el dolor ajeno, esa sensación exasperante, que al principio crispaba sus nervios, y lo paralizaba, había aprendido a dominarla a la fuerza. No le quedaba más remedio, si quería cumplir con eficiencia la tarea de quitárselo.
¿Cuánto tiempo? Un poco más de dos años desde que lo diagnosticaron esa mortal enfermedad.
Ya no le importaba las noches en velas cuidándola, ni las agotadoras horas laborales para costear el tratamiento paliativo. Era su deber como hombre, era su deber como único hijo.
Solo restaba que la droga hiciera su efecto. Tomó asiento al lado de la cama y la abrazó para reconfortarla. Con dolor, se había acostumbrado a su cuerpo consumido, a esos brazos y piernas que parecían palillos, a su rostro que una vez fue hermoso, y que se había vuelto prácticamente una calavera, con los ojos hundidos y los huesos a flor de piel. No le molestaba el contacto con su vientre excesivamente hinchado por la putrefacción de los órganos internos, cuyo olor podía apreciarse incluso desde la otra habitación. Sabía que a su madre no le quedaba mucho tiempo. La pregunta era cuánto tiempo más tenía que sufrir esa persona que no le había hecho mal a nadie, es más, siempre se había preocupado por el sufrimiento ajeno.
¿Dónde estaba el Dios de misericordia al que ella siempre rezaba?
Desechó rápidamente su última reflexión, era una pregunta sin respuesta, no valía la pena entrar en ese tipo de cavilaciones. Los ojos de su madre comenzaron a cerrarse y ahora su rostro se veía relajado. Le acarició el pelo y le dio un beso en la frente, no podía hacer más que eso, ya se había resignado a la impotencia de que nada podía hacerse, salvo esperar lo inevitable.
La mano de ella se crispo sobre su brazo con fuerza inusitada, y se sentó en la cama.
—¡No puedo más hijito! ¡ No puedo más!
La sostuvo para que no cayera al suelo, sintió el cuerpo de su progenitora convulsionar, y luego el líquido caliente que emanaba de su boca pegándosele a la camisa. Tras unos espasmos, el cuerpo que sostenía quedó laxo e inmóvil. Se quedó allí, sosteniéndola durante unos minutos, sintiendo como el vomito se iba enfriando al igual que el cuerpo que estaba entre sus brazos. La recostó con suavidad y buscó el pulso en su cuello, no pudo sentirlo. Sabía que el momento había llegado, sintió un alivio mezclado con alegría.
¿Debería estar triste por su muerte? No, no lo estaba, sintió algo como una especie de culpa, remordimiento, algo que no podía precisar con exactitud. Recordó una oración que su madre le había enseñado de niño:
¡Oh hijo del Altísimo! He hecho de la muerte un mensajero de alegría para ti. ¿Por qué te afliges? He hecho que la luz resplandezca sobre ti. ¿Por qué te ocultas de ella?
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Por siempre
Cerita PendekRelatos de despedida compartidos por escritoras y escritores de la comunidad La resistencia escrita. La muerte no es el fin del vínculo; esa persona que se fue seguirá dentro.
