Por Alespo
La habitación estaba inundada de una fuerte luz blanca. Andrea odiaba ese tipo de luz, pensaba que para las habitaciones era mejor una luz cálida (podría considerar una azul) pero jamás una blanca. Cuando te levantabas por las mañanas, con los ojos pesados y pegados entre ellos por las legañas, lo último que querías era una luz blanca que te deslumbrará.
Estuvo pensando eso durante todo el tiempo que la estuvieron tratando. No recordaba cómo había llegado a esa cama de hospital pero trato de hacer memoría con todas sus fuerzas. Hacía apenas... ¿seis? ¿cinco horas? Había estado en la plaza del pueblo vecino, disfrutando de sus fiestas regionales con su hermano gemelo, Gabriel, y el mayor de ambos, Bruno. Los dos habían estado bebiendo; ella no. Andrea odiaba el alcohol casi tanto como la luz blanca. Sus hermanos lo sabían y por eso ella se había convertido en la taxista oficial de las fiestas. No le disgustaba el título porque adoraba conducir tanto como sus hermanos un buen vaso de calimocho.
—¿Andrea? ¿Me estás escuchando? —Bruno estaba sentado en una silla al lado de su camilla.
Giró la cabeza al escuchar a su hermano, era la primera vez que lo veía desde que les habían llevado a ese sitio. Tenía un collarín en el cuello junto a varios cortes en la cara. «¿Son cortes de cristales?» se preguntó Andrea sin poder llegar a hacerlo alto y claro.
—Están operando a Gabriel, piensan que... —Bruno fue incapaz de terminar la frase que le habían dicho los médicos.
Andrea lo miró sin llegar a verlo. Seguía sin acordarse que era lo que los había llevado a ese horrible hospital que se encontraba a dos pueblos de distancia del suyo ¿Como habían llegado ahí? ¿Por qué no era capaz de decir ni una palabra?
—Bru... —un horrible ataque de tos la obligó a detenerse.
—El cinturón te ha hecho daño en el pecho, dicen los médicos que igual no podrás hablar en unas horas.
Ella asintió y volvió a tumbarse. Ninguno de los dos mencionó nada más. Andrea porque no era capaz de recordar y Bruno porque no era capaz de olvidar.
Los médicos iban y venían de vez en cuando: tomaban la tensión, comprobaban las pupilas de ambos hermanos y volvían a irse. Pero nadie hablaba de Gabriel y eso empezaba a desesperar a Andrea. Gabriel era su gemelo, era su otra mitad. Nunca habían estado separados sin saber nada el uno del otro y Andrea era incapaz de acordarse de la última vez que le vio.
—¿Qué ha pasado con él? —le preguntó a Bruno con la voz todavía un poco rasposa.
—Andrea no se...
—Te acuerdas, ¿verdad? Dime qué coño ha pasado, por favor, Bruno. ¿Fue mi culpa? ¿Es por eso que no me dices lo que recuerdas? —la voz de Andrea se tiñó de pánico y empezó a elevarse— ¿El accidente ha sido mi culpa y por eso no me quiere decir nada? —comenzó a llorar antes de poder detenerse— ¿Ha sido mi culpa que Gabriel muriera?
—Lo están operando, Andrea, no está muerto.
Bruno cogió las manos de su hermana pequeña entre las suyas propias tratando de calmar el temblor que se apoderaba de ella. Y tomó decidió decirle la verdad.
Los tres hermanos se dirigían a las afueras del pueblo mientras cantaban entre risas la canción que sonaba en ese momento cada vez más y más bajito. Les habría gustado quedarse hasta la mañana pero le habían prometido a su madre estar medianamente pronto en el chalet y Andrea, la única sobria, no fallaba a su palabra.
—Pon la radio —murmuró Gabriel abriendo la puerta y tirándose en los asientos traseros—. Así puedo fingir que sigo en la plaza.
Los otros dos hermanos se rieron ocupando los asientos delanteros. Andrea encendió el motor y encendió la radio donde sonaron las primeras notas de La noche más linda.
—Oh... ¡Adoro esta canción! —gritó y desde los asientos traseros sonó una voz acompañando a la radio—. "Y yo llegué a tu casa temblando de miedo. Y te pedí el perdón que yo nunca concedo..."
Andrea comenzó la marcha hacia su casa acompañada de la desafinada y ronca voz de Gabriel, pero nunca sería capaz de decirle que se callara. No cuando cantaba con esa sonrisa tonta que habían que se le marcarán los hoyuelos.
No tuvieron ningún problema hasta que llegaron a la carretera, los quitamiedos que cubrían el primer tramo se lo anunciaron. Iba relajada porque a las tres de la mañana no había coches, solo tenía que preocuparse de los animales que cruzaban despreocupados de un lado a otro.
—"Y esa fue la noche más linda del mundo. Aunque nos durara tan solo un segundo"
La voz de Gabriel fue lo último que escuchó antes de que una luz blanca la deslumbrara por el espejo retrovisor y no fuera capaz de hacer nada para evitar el choque.
Perdió el control del vehículo y este se movió hasta que la parte trasera se estampó contra los quitamiedos. Andrea se quedó aferrada al volante hasta que se detuvo por completo. Bruno a su lado se agarraba a la puerta y al asiento de ella. Los dos estaban bien.
—¿Gabi? ¿Gabi, estás bien? —preguntó la gemela tratando de recuperarse del susto.
Se giró para descubrir que los asientos traseros estaban vacíos y la ventanilla derecha destrozada. El pánico la inundó al descubrir que su hermano había sido lo suficiente estupido como para no ponerse el cinturón y ahora había salido despedido. Miro a lo lejos sin encontrar nada porque estaba todo oscuro y lo único que había más allá de las barreras era hectáreas y hectáreas de campo sin cultivar.
Andrea se bajó del coche y corrió en busca de su hermano gemelo mientras que Bruno llamaba al 112.
—¡Gabriel! ¡Gabriel, ¿me escuchas?! ¡Gabriel, di algo!
Gritó buscando a tientas por todo el campo, se destrozó la garganta, los pulmones y las piernas buscando un mínimo rastro de su hermano para al final encontrarle a unos cincuenta metros del coche. A su alrededor había un gran charco de sangre que le costaba creer que toda era de su hermano. Era una imagen grotesca y terrible. Ella lo supo con certeza en ese momento; aunque lo tuvo claro desde que vio que su hermano no estaba detrás del coche. Gabriel había muerto.
—Fue mi culpa —sollozó de nuevo sobre la camilla blanca—. Yo conducía.
—No, no, mi niña, no —sus padres habían aparecido a primera hora después de que la policía llamara a su puerta—. Siguen operando, verás que Gabriel está bien, verás que sí. Tu fuiste, responsable. No has bebido nada, no ha sido culpa tuya...
Andrea se dejaba mecer por los brazos y lágrimas de su madre mientras ella misma lloraba en su pecho. Su padre y hermano se mantenían sentados, ambos serios y callados.
—¿Familia Gonzalez?
Un médico apareció tras las cortinas y parecía abatido. Llevaba todavía un pijama del quirófano (uno parecido al que Andrea había visto en las series que le encantaban a Gabriel) pero tenía una cara gris, profundamente marcada por el cansancio y la tristeza.
—Lamento comunicarles que su hijo Gabriel no ha superado la operación... Lamento profundamente su pérdida.
El silencio se hizo en el pequeño cubículo de urgencias. El médico se marchó, al igual que su padre, al que pudo ver con gruesas lágrimas cayendo por sus ojos; Bruno se recostó en la silla y lloró en silencio mientras que madre e hija lloraban abrazadas. Su madre lloraba por primera vez mientras que Andrea lloraba por segunda vez la muerte de su hermano.
Ella lo supo desde el momento en que lo encontró pero se obligó a olvidar el sentimiento de pérdida llevada por el optimismo de los médicos, la juventud de su hermano y sus ganas de vivir. Sin embargo, ni todo el optimismo y buenas oraciones fueron capaces de evitar la verdad. Gabriel Gonzalez había muerto esa noche de verano.
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Por siempre
Short StoryRelatos de despedida compartidos por escritoras y escritores de la comunidad La resistencia escrita. La muerte no es el fin del vínculo; esa persona que se fue seguirá dentro.
