43/231 - El Duelo (Parte 2)

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Los dos miembros veteranos de la Unidad de Ataque 77, Wolfgang y Holbein, recorrían el pasillo de un séptimo piso de un edificio residencial con una extraña y fingida tranquilidad. Debido a su posición en la organización, una maniobra en la que ellos intervengan debía estar acompañada de una muy alta discreción, oculta de los ojos de las multitudes. El plan era tirarse desde el balcón hacia el enemigo. El de menor estatura, caminaba con sus manos detrás de la espalda, mientras buscaba significados y patrones en la pintura de las paredes. Wolfgang por otra parte, hizo el intento de encender un cigarrillo, pero este desapareció de sus manos tan pronto se lo llevó a la boca para encenderlo

 - ¿Y eso por qué? ¿Me vas a decir que vos también dejaste de fumar? ¿Charlotte también te lavó el cerebro como a Pepper? 

- No quiero que el olor a cigarrillo arruine mi perfume. Sabés que hoy es Jueves... lo que quiere decir que estoy usando mi fragancia de sándalo y madera... 

- En verdad sos molesto. Y también nos estás haciendo demorar. Podrían estar muertos ahora mismo y vos no apurás el paso 

- Nos están siguiendo... Treinta metros, a la derecha por este mismo pasillo. Están en la sala de conferencias, esperando que pasemos al lado suyo - Respondió, con una cara de orgullo sobre sí mismo y sus habilidades, que su compañero desearía borrar a golpes hasta dejarla irreconocible

 El hombre de rastas negras y rojas se puso unos guantes blancos y mediante una serie de ademanes, provocó que los bolsillos de su bata se agitaran con violencia. Tras unos segundos de forcejeo, brotaron de estos un sin número de grullas de papel que revoloteaban sin hacer ruido alguno alrededor de los dos. Una de ellas se posó en su mano y con un birome, escribió en su ala: "Encuentra a los intrusos". De pronto, todas comenzaron a moverse organizadamente como una bandada y se agruparon detrás de la pared que daba a la derecha del pasillo. La que cargaba la instrucción, se desarmó en una hoja, alisando todas sus dobleces, y se dejó caer al suelo, hasta ingresar a la ubicación que Holbein había mencionado. Un cuchillo que atravesó la hoja de papel con una rapidez inhumana, delató que los intrusos estaban ahí. Pronto, se acercaron borde del pasillo y se enfrentaron cara a cara con los agentes de Atlas. 

- Reconocería el aroma a naranjas de tus inmundas hojas de papel a kilómetros, Wolfgang - Los desafió Kovalenko, acompañado de Sir Manga y Lady Cooper a sus espaldas. Se agachó para recuperar su cuchillo, mientras los agentes tomaban un paso atrás por precaución - Pinchamos los comunicadores de la organización. No vamos a permitirles seguir avanzando. No cuando la portadora de la máquina de entropía desapareció - Sonrió, demostrando cuanto estaba enterado de la situación 

El ruso hizo un rápido movimiento de manos y el enfrentamiento empezó. Debajo de su chaleco, llevaba el rifle francotirador de Dolores Blackheart, engravado ahora con su propio nombre. Apretando el gatillo con suma violencia, salió disparada una bala a toda velocidad, que fue esquivada por los agentes y luego se convirtió en un peluche de oveja color rosa. 

Holbein siempre opinó que Babochka era un monstruo. Incapaz de sentir emociones, trabajado psicológicamente hasta el punto de sobrepasar límites de fuerza y resistencia humanos, especialista en el manejo de toda clase de armas y artes marciales. Pero lo que más le aterraba, era aquella sonrisa. Sonrisa que jamás se desdibujaba de su rostro mientras trabajaba. Lo peor que les podría pasar era tenerlo como enemigo. Juntó sus manos frente a su pecho y las extendió hacia el frente agachándose levemente. De pronto, el pasillo en el que estaban comenzó a alargarse y retorcerse como un espiral. Las grullas de origami de Wolfgang avanzaron con rapidez a través del túnel enroscado que había formado, aprovechando que Cooper y Manga habían tenido que retroceder para no caer dentro de la habilidad del agente. 

Los pájaros de papel rápidamente se desdoblaron y convirtieron con precisos movimientos en aviones, los cuales empezaron a disparar contra los enemigos. Esta tarea no era automática. Los ciento sesenta y un bombarderos eran controlados por Wolfgang simultáneamente, tarea que requería un nivel de práctica y concentración incomparables. Holbein separó sus manos y el pasillo antes deformado se comprimió súbitamente, atrapando a Kovalenko en una pila de escombros, permitiéndoles ganar unos segundos y enfrentarse a los secuaces. 

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