Capitulo 18: Evasiones y vacíos

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Casi un mes. Treinta días de un silencio que se palpaba, denso como la bruma nocturna que a veces cubría la ciudad. Taehyung no me dirigía la palabra desde aquel torbellino en los condominios.

Un vacío duro, cortante. En los pasillos de la universidad, su figura se desviaba como si yo fuera un obstáculo invisible, sus ojos clavados en cualquier punto lejano antes de que los míos pudieran alcanzarlo. En los recesos, su risa resonaba amortiguada entre Jungkook y él, una burbuja impenetrable. En el campo de entrenamiento, sus movimientos eran sincronizados, ajenos a mi presencia. Incluso la luz que se filtraba por las ventanas de su casa parecía envolver solo a Jungkook.

Regresé a mi habitación. Las palabras amables de Seokjin y la insistencia de Namjoon eran un bálsamo, pero la sombra de mi propia incomodidad era más fuerte. Prefería mi soledad a perturbar su generosidad.

La vuelta al trabajo fue un recordatorio constante. Nuestros horarios, casi siempre entrelazados, eran ahora un campo minado de miradas esquivas y movimientos tensos. Su incomodidad era un aura visible, una barrera de hielo que se alzaba cada vez que cruzaba el umbral.

Yo, por mi parte, intentaba navegar en esta nueva realidad con la cautela de un equilibrista. Imitaba su evasión, aunque en el hueco de mi pecho latía la necesidad de hablar, de desenterrar las palabras ásperas de aquella noche y ofrecer una disculpa. Pero algo me anclaba, una invisible cadena de orgullo y confusión.

Harim reapareció como una sombra persistente. Sus visitas a mis clases eran casi un ritual predecible, obligándome a escabullirme por puertas traseras, sintiendo su frustración palpable en el aire. La verdad era que la maraña de las últimas semanas me había dejado la piel sensible, y su intensidad era como un aguacero en un día ya empapado.

Jungkook volvió a ocupar su asiento en las aulas que compartíamos, su presencia un recordatorio silencioso en cada mirada de soslayo. En la cafetería, su mano a veces rozaba la de Taehyung al alcanzar una taza, un gesto íntimo que se grababa en mi retina. Incluso en mi lugar de trabajo, su silueta aparecía con frecuencia, esperando el final del turno de Taehyung, susurrando secretos que yo no podía oír, marchándose juntos bajo el manto de la noche.

Una determinación silenciosa germinó en mí: desentrañar la verdad detrás de la acusación velada, la sombra del "robo". Preguntarle a Taehyung era como hablarle a una estatua de mármol. Solo quedaba una opción, un último recurso.
Kim Seokjin.

Con la insistencia de una gota constante y la promesa de una cena generosa, Seokjin accedió a extraer la verdad de Taehyung. Su habilidad era un arte sutil, una mezcla de empatía y astucia. Taehyung terminó desnudando su alma, y Seokjin, fiel a su palabra (y a su estómago), me transmitió cada detalle. La información tenía un precio, pero presentía que su valor sería incalculable.

En la penumbra de esas semanas, una nueva figura emergió: TaeHa.
Su piel, pálida como la luz de la luna, contrastaba con el brillo azabache de su cabello. Alto, con la estructura atlética insinuada bajo su ropa, sus ojos oscuros se iluminaban con una sonrisa que revelaba dientes blancos y rectos. No era desagradable, en absoluto.

Su interés era un calor constante. Invitaciones a tragos que se convertían en charlas hasta la madrugada, cenas inesperadas que aparecían sobre mi mesa con una excusa vaga. Incluso me esperaba al final de mi turno, su silueta apoyada en su motocicleta bajo la farola parpadeante, una persistencia que, aunque extraña, se había convertido en una rutina. Como esa noche.

- ¿Lo de siempre? - pregunté, el eco de mi voz rebotando en las botellas alineadas tras la barra.

- Ya sabes... Pero no. Hoy no vengo a beber - su sonrisa era un destello en la penumbra del local.

𝐒𝐰𝐞𝐞𝐭 𝐀𝐧𝐝 𝐒𝐚𝐬𝐬𝐲 𝐁𝐨𝐲Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora