Capitulo 26: El arte de la evasión

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Una punzada de confusión se mezcló con la vergüenza. ¿Odiaba a Jungkook? No realmente. Hubo un tiempo, sí, al principio. Una época marcada por malentendidos, por choques de personalidades y por una irritante incapacidad para vernos más allá de nuestras propias perspectivas. Esos primeros meses de convivencia habían sido un campo de minas de sarcasmo y silencios tensos.

Luego, como suele suceder, la verdad había salido a la luz, desvelando las capas de suposiciones erróneas que nos habían mantenido enfrentados. Habíamos tenido conversaciones difíciles, dolorosas incluso, pero necesarias para limpiar el aire. Y en ese proceso, contra todo pronóstico, habíamos encontrado un terreno común, un respeto mutuo que floreció lentamente hasta convertirse en la amistad que compartíamos ahora.

Y Harim... Harim ya no era parte de la ecuación. Su relación con Jungkook había terminado hacía meses, dejando tras de sí una atmósfera de alivio tácito entre nosotros. Su presencia había sido, sin que ninguno de los dos lo admitiera abiertamente, una fuente constante de tensión indirecta.

Entonces, ¿cómo podía sentir ahora esta extraña atracción, este despertar físico, hacia alguien con quien había compartido tanta animosidad, tantos malentendidos superados con esfuerzo? Era ilógico, una desconcertante traición a la dinámica que habíamos construido con tanta paciencia.

"Compórtate, Jimin," me dije en voz baja, apoyado contra la puerta fría. "Esto es una tontería. Es el cansancio, el estrés... y la sugestión de Taehyung."

Necesitaba recuperar el control de mis pensamientos, de mis reacciones. Jungkook era mi amigo, un amigo al que había llegado a apreciar profundamente después de superar un inicio turbulento. Permitir que esta confusión persistiera solo complicaría las cosas innecesariamente, arruinaría la estabilidad que habíamos logrado construir después de tanto esfuerzo.

Respiré hondo varias veces, tratando de calmar el ritmo acelerado de mi corazón. Necesitaba distraerme, enfocarme en otra cosa. Quizás leer un libro, escuchar música... cualquier cosa que sacara la imagen de la espalda de Jungkook de mi mente.

Me levanté de la puerta y caminé hacia mi habitación, sintiéndome torpe y desorientado. Encendí la lámpara de mi mesita de noche y busqué un libro entre la pila que tenía pendiente. Mis dedos rozaron el lomo de una novela de misterio que había empezado hacía semanas pero nunca terminé.

Me senté en la cama, tratando de concentrarme en las palabras de la página, pero mi mente divagaba constantemente. Los detalles de la trama se desdibujaban, reemplazados por fragmentos de la conversación con Taehyung, por la imagen fugaz de Jungkook saliendo de la ducha, por la suave curva de sus labios mientras hablaba de su baile.

Frustrado, cerré el libro de golpe y lo dejé sobre la mesita de noche. Esto no estaba funcionando. Necesitaba una distracción más activa, algo que realmente absorbiera mi atención.

Me levanté de nuevo y caminé hacia la sala de estar. El apartamento estaba en silencio, con solo el leve zumbido del refrigerador rompiendo la quietud. Miré hacia el balcón. La puerta corrediza seguía entreabierta.

Dudé por un momento, luego salí de nuevo. Jungkook ya no estaba allí. La noche parecía un poco más fresca ahora, el aire menos cargado. Me apoyé en la barandilla, mirando las luces de la ciudad.

Quizás Taehyung tenía razón. Quizás solo necesitaba ver a Jungkook bajo una luz diferente para darme cuenta de algo que siempre había estado ahí, latente bajo la superficie de nuestra relación, ahora libre de las tensiones pasadas y la sombra de Harim. Pero la idea seguía siendo desconcertante, incluso perturbadora.

No podía permitir que esto cambiara la forma en que veía a Jungkook. No podía permitir que esta repentina atracción pusiera en peligro la amistad que habíamos construido con tanto esfuerzo después de un comienzo difícil. Necesitaba comprarme, como había pensado antes. Necesitaba recordarme a mí mismo nuestro camino recorrido, los malentendidos superados, la sólida amistad que ahora nos unía.

Y necesitaba, sobre todo, dejar de pensar en la forma en que la luz de la luna se reflejaba en el perfil de Jungkook. Necesitaba que esta extraña sensación desapareciera. Por el bien de ambos, y por la estabilidad de la amistad que tanto nos había costado construir.

Las semanas siguientes se convirtieron en un agotador ejercicio de evasión y disimulo, todo desde mi perspectiva. Me esforcé por mantener una burbuja de distancia física y emocional con Jungkook, buscando refugio en mis propios espacios y volcándome en mis actividades. El estudio de baile se transformó en mi fortaleza, machacándome hasta el límite del soporte para que, al regresar al apartamento, el cansancio actuara como un muro infranqueable contra cualquier pensamiento intruso sobre él.

Cuando inevitablemente coincidíamos en el apartamento, me obligaba a mantener las conversaciones en la superficie, ligeras como pompas de jabón, centrándome en temas tan neutros que resultaban casi insípidos. Evitaba a toda costa el contacto visual prolongado. Si nuestras miradas se cruzaban por accidente, mis ojos huían rápidamente, aferrándose con fingido interés a cualquier objeto inanimado que estuviera a mi alcance. Mira, qué fascinante es la textura de esta pared.

Por su parte, Jungkook parecía percibir mi sutil pero constante alejamiento. A veces lo notaba observándome con una expresión difícil de descifrar, una mezcla de curiosidad punzante y quizás, solo quizás, una sombra de preocupación. Pero yo era rápido en desviar su atención, actuando con una naturalidad tan forzada que esperaba desesperadamente que resultara convincente. Todo normal por aquí, Jeon. No hay nada de qué preocuparse.

Hubo momentos en que la tarea se volvía casi insoportable. Como cuando Jungkook, exhausto tras una larga jornada en el estudio, se desplomaba en el sofá con un suspiro quejumbroso y me preguntaba cómo me había ido el día con esa voz suya, suave y grave, que ahora, para mi desgracia, resonaba en mi interior de una manera completamente nueva y perturbadora. O cuando preparaba la cena con esmero y me ofrecía probar un nuevo plato con una sonrisa genuina que iluminaba todo su rostro. Por favor, deja de sonreír así. No me lo pones fácil.

En esos fugaces instantes, la punzada de la atracción se sentía casi física, un nudo apretado en el estómago que me traía de vuelta la imagen fugaz de la toalla deslizándose y la forma en que la luz había esculpido las líneas de su cuerpo. Me obligaba a responder con monosílabos, a mantenerme perpetuamente ocupado con cualquier tarea trivial que pudiera inventar para evitar prolongar la interacción. Necesito urgentemente reorganizar estos cojines. Por quinta vez hoy.

Lentamente, con el transcurso de las semanas, comencé a experimentar una tenue sensación de alivio. La intensidad de mis pensamientos intrusivos se atenuaba gradualmente. La imagen de Jungkook sin camiseta perdía nitidez, dejando de asaltar mis momentos de distracción con tanta frecuencia. Incluso la conversación con Taehyung comenzaba a desvanecerse en los rincones más olvidados de mi memoria. Gracias al cielo.

Parecía que mi estrategia estaba dando resultados. La evasión constante, el disimulo meticuloso, todo ello impulsado por la implacable rutina de mi vida diaria, estaba surtiendo efecto. Empezaba a creer que realmente podría regresar a la normalidad, a la cómoda familiaridad que habíamos compartido antes de ese fatídico vistazo. Volver a ser solo nosotros. Sin complicaciones.

Una noche, mientras ambos estábamos en la sala de estar, inmersos en nuestros respectivos mundos (Jungkook absorto en la pantalla de su portátil y yo intentando concentrarme en las páginas de un libro), un silencio cómodo se instaló entre nosotros. Ya no era la tensión palpable y cargada de las últimas semanas, sino una quietud familiar, casi reconfortante en su simplicidad. Así debería ser siempre.

Levanté la vista de mi libro y observé a Jungkook de reojo. Estaba absorto en la pantalla, con el ceño ligeramente fruncido por la concentración. La suave luz de la lámpara de pie acariciaba el contorno de su rostro. Por un instante, una punzada de algo muy parecido a la nostalgia me invadió. Nostalgia por la sencillez de nuestra relación antes de que mi propia mente decidiera jugarme estas extrañas y peligrosas pasadas. No vayas por ahí, Jimin.

Recuerda por qué estás haciendo esto.

Aparté la mirada rápidamente, volviendo a mi libro con renovada determinación. No podía permitirme retroceder ahora. Había avanzado demasiado en mi intento por recuperar la normalidad. Y aunque una pequeña parte de mí, una parte que aún me negaba a examinar en profundidad, experimentaba un ligero atisbo de arrepentimiento por la distancia que había creado, la sensación de estar recuperando el control era mucho más fuerte. El control es esencial.

Sí, parecía que las cosas estaban volviendo a su cauce. Estaba empezando a olvidar. Y eso, me dije a mí mismo con una firmeza recién descubierta, era lo mejor para ambos. Definitivamente. Absolutamente lo mejor.

𝐒𝐰𝐞𝐞𝐭 𝐀𝐧𝐝 𝐒𝐚𝐬𝐬𝐲 𝐁𝐨𝐲Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora