8. LA LLEGADA DE ALFRED***

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En aquel entonces estábamos en segundo grado de primaria, era la segunda semana de octubre, lo recuerdo por el papel picado que adornaba el contorno del pizarrón; sentí un retorcijón en el estómago, de nuevo, pudo ser la sensación que arrastraba el mes, los recuerdos, las ilusiones, el frío de otoño, o simplemente la voz de la nueva profesora. Anunciando nuevas instrucciones

Seguía sintiéndome envuelto en mis ideas que me hacían sentir triste mientras miraba el papel picado de un esqueleto, pensando en todas esas sensaciones que se remonta a tiempos lejanos. Uno puede intuir una idea vaga sobre el espíritu que se manifiesta a través y por cada uno de los factores que forman cada parte de la ofrenda en aquel altar, desde el pétalo caído, hasta la vela avivada; desde el aroma, hasta la esencia en la que es posible el ritual; como esas leyendas, que les cuentan a los niños en forma de cuentos fantasiosos y es que puede sentirse como todavía, existe esa sensación que rosa con un ritual arcaico todos lo saben, nadie lo entiende, a mí me basta con sentirlo. *

Pero ahí estaba yo, a una clase para salir de la escuela Primaria Prof. Candelaria Quiroz"

Que más bien, se me figuraba mucho a una prisión. Con las ventanas opacas y esmeriladas, no podía ver nada más, que las bardas azules de concreto frío, de 3 metros y medio, o al menos así me lo parecía desde la edad de aquel entonces. Había una hilera de ventanas las más pegadas al techo por donde se veía hacia afuera los cables de luz y de fondo el cielo, un cielo en tonos grises que me hacía sentir una melancolía que ya me era familiar.Y para variar, el ambiente que se respiraba en el salón, con la nueva profesora, su tono de voz en cierta forma me recordaba a la de la sirena de una ambulancia, sentí un alivio cuando el salón se quedó en silencio.

Termine las restas y sumas que nos dejó la profesora Coni; que en realidad se llamaba Concha, ella era la sustituta de la profesora Verónica. La siempre recordada profesora Vero quien fue mi maestra de primer grado de primaria, me enseñó a leer y escribir o como ella decía; *usar el lápiz* y nos estaba impartiendo también el segundo grado hasta que tuvo que irse. Ahora la profesora Concha estaba en su lugar.

La manera en que pasó esto, fue de una forma triste pero predecible si uno cree en las señales.

Cuando aprendí a escribir en la primaria, literalmente *a usar el lápiz* fue una maravilla, tenía una letra fluida y bonita; escribir era un placer, por el simple acto de hacerlo, tenía la convicción de que todo se trataba de la punta del lápiz arrastrando las letras, con un movimiento suave y preciso de entre la mano y la muñeca, a veces también entraban en juego los dedos, que terminaban por ser un mecanismo fluido y natural, como bailar. Me encantaba; un día, en la feria del pueblo, convencí a Lucy de comprarme una bonita caja con 50 lápices de cera, la verdad, como era de sospecharse, yo solo quería la caja, era muy bonita, un estuche con efecto tornasol de color negro, y la textura aterciopelada, y yo demasiado pequeño, como para dejarme llevar por esa pieza tan apreciable, Lucy me dijo que no me compraría otro lápiz hasta ver que me terminara los 50 de cera, ya que el trato había sido ese evidentemente acepte.

Días después, en la escuela. yo sabía que seguían siendo lápices. Pero el mecanismo ya no funcionaba igual. Pues el lapiz parecían no embonar con nada, ni entre mis dedos, ni en el papel, ni con la forma de las letras, solo se encontraba esa punta tan débil y de tono tenue que caracteriza a los lápices de cera, y esas letras que dejan detrás como lo que parecería ser un charco turbio y borroso lo que te hace remarcar el lápiz una y otra vez, la hoja se maltrata y para cuando volteas, todo había dejado de ser tan sencillo y elegante, para volverse fastidioso y frustrante.

No quería decirle a Lucy, no quería romper el trato, pero con el paso de los días poco quedaba de aquella letra selecta y aunque solo eran letras, yo tan solo era un niño de 7.

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