T/n siempre había estado perdidamente enamorada de Borsalino, y todos en la sede lo sabían. Las risas y las burlas eran constantes; su amor era un secreto a voces, una broma habitual entre sus compañeros. Todos lo notaban… todos, menos él.
Para t/n, Borsalino era más que un oficial de alta jerarquía con un aire despreocupado: era el dueño de sus pensamientos, de sus suspiros más tímidos. Y ese día, por fin, t/n se había despertado con una sola decisión en mente: confesarle sus sentimientos. Decirle con voz firme que lo amaba. Que quería estar a su lado. Que deseaba ser su novia.
Pero todo fue en vano.
Ahí estaba ahora, de pie frente a él, con los labios temblorosos y los ojos al borde de las lágrimas. Borsalino, con su expresión serena y su tono pausado, acababa de terminar un largo y doloroso sermón. Un discurso que no dejaba lugar a dudas: no sentía lo mismo.
—Lo siento mucho, t/n. No puedo corresponderte. No sería justo para ti…—
Las palabras flotaban como cuchillas en el aire. Y t/n sólo podía quedarse ahí, tratando de no derrumbarse mientras el corazón le gritaba lo contrario.
Pasaron días desde la confesión fallida. T/n ya no lo buscaba, ya no lo miraba como antes. Se comportaba como si nada hubiera pasado, como si él nunca le hubiera importado. Y eso, por alguna razón, lo inquietaba.
Borsalino empezó a notarlo más de la cuenta. Cuando t/n reía con otro agente. Cuando aceptaba misiones con otros oficiales. Cuando uno de ellos le acarició el cabello y t/n no se apartó.
Sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Desde cuándo ella sonríe así con ese idiota? —murmuró, sin darse cuenta de que estaba apretando los dientes.
No entendía qué le pasaba, pero una cosa era clara: no le gustaba ver a t/n con nadie más
Usuario de la pika pika quería matar ese hombre que tocaba su pequeña.
Los meses pasaron, y con ellos, t/n dejó de llorar por alguien que nunca la valoró. Cambió su corte de cabello, empezó a entrenar con más intensidad, subió de rango. Su presencia era otra. Se notaba en su porte, en la forma en que la gente la miraba ahora. Segura. Decidida. Hermosa.
En una ceremonia de ascenso, Borsalino la vio cruzar el salón con una confianza que lo dejó sin palabras.
Ella lo miró. Sonrió. Y siguió caminando sin detenerse.
—Ya no espero nada de vos —fue lo último que le dijo t/n antes de alejarse.
Y Borsalino no reaccionó.
No al principio.
Habían pasado semanas desde su rechazo. Ella no volvió a buscarlo. Dejó de pasar por la oficina donde solía esperarlo con excusas tontas, dejó de reírse con ese tono dulce que a él, aunque no lo admitiera, empezaba a gustarle. Incluso dejó de mencionarlo. Como si ya no existiera.
Como si nunca lo hubiera querido.
Pero él sabía que no era así. Lo había visto en sus ojos. En sus manos temblorosas. En la forma en que su voz se quebró cuando le dijo: “Solo quiero intentarlo contigo”.
Y él… fue un cobarde.
No porque no sintiera nada, sino porque sí lo hacía.
Pero no se creyó digno de ese cariño.
Ahora la buscaba con la mirada más de lo que debería. La veía reír con otros marines. Hablar con Akainu sin miedo. Coquetear con Fujitora en broma. Borsalino no decía nada, pero su cigarro temblaba ligeramente entre sus dedos.
Hasta que un día no aguantó más.
La encontró en el muelle, sola, mirando el mar con las botas colgando sobre el agua. El atardecer la hacía ver más lejana que nunca.
—T/n…
Ella no se giró. Solo dijo:
—Tardaste demasiado, Kizaru.
Silencio. Solo las gaviotas.
—No soy bueno para esto… pero si todavía sentís algo, aunque sea un poco…
Ahora sí se giró. Lo miró con esos ojos que ya no brillaban por él, pero que aún tenían un dejo de tristeza.
—No sé si todavía quiero sentir algo por vos —susurró—. Pero parte de mí... todavía lo hace.
Y entonces, sin promesas, sin palabras dulces, sin garantías, él se sentó a su lado. No para besarla. No para abrazarla. Solo para estar ahí.
Por fin.
