Rayleigh 🥃🥃

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El viento salado del mar mecía las velas del barco anclado en el puerto. La taberna estaba más animada de lo habitual, repleta de piratas y marineros que buscaban olvidar sus penas en el ron y la compañía de desconocidos. Sin embargo, yo solo tenía ojos para una persona.

Silvers Rayleigh.

El hombre que había robado mi atención desde el primer momento en que lo vi. Su cabello plateado reflejaba la luz tenue de las velas, y esa sonrisa suya, siempre tan confiada, me provocaba un escalofrío placentero. Sentado en la barra, con una copa en la mano, parecía ajeno a todas las miradas que se posaban sobre él.

Respiré hondo, reuniendo el valor que necesitaba antes de acercarme.

—¿Puedo acompañarte? —pregunté, apoyándome en la barra a su lado.

Rayleigh alzó la vista y sonrió, esa sonrisa ladina que hacía que mi corazón latiera con fuerza.

—Eres libre de hacerlo, pero ten cuidado —respondió con diversión—. Podrías terminar atrapada en mi juego.

—¿Y si quiero jugar? —repliqué, alzando una ceja.

Él rió suavemente y bebió un trago de su copa antes de inclinarse un poco hacia mí.

—Tienes agallas, eso me gusta.

La noche avanzó entre risas, historias de aventuras y miradas cargadas de tensión. El alcohol nos soltó la lengua, pero no fue el ron lo que encendió el fuego entre nosotros, sino la conexión que surgió de manera natural.

—¿Sabes? —murmuró Rayleigh, deslizando su dedo sobre el borde de su copa—. Hace mucho que alguien no me interesa de esta manera.

Mi corazón saltó en mi pecho.

—Entonces estamos en la misma situación —admití.

Él dejó su copa a un lado y se inclinó más cerca, sus labios apenas rozando los míos cuando susurró:

—Espero que estés lista para lo que viene.

Y con un beso lento, profundo y lleno de promesas, supe que aquella noche sería inolvidable.

El beso de Rayleigh tenía el sabor del ron y la promesa de algo más. Sus labios se movieron sobre los míos con la seguridad de un hombre que sabía exactamente lo que hacía, y mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me aferré a su camisa, tirando de él con más fuerza, como si temiera que pudiera desvanecerse si lo soltaba.

Él sonrió contra mis labios, divertido por mi impaciencia.

—Vaya, sí que tienes prisa —murmuró, sus dedos recorriendo mi mejilla antes de enredarse en mi cabello.

—No soy la única —repliqué, sintiendo cómo sus manos bajaban por mi cintura con una firmeza que me hizo estremecer.

La taberna seguía ruidosa a nuestro alrededor, pero en ese momento todo se reducía a él y a mí.

—¿Quieres quedarnos aquí o prefieres algo más… privado? —preguntó con esa voz grave y seductora que me hacía temblar.

No tenía que pensarlo demasiado. Tomé su muñeca y lo arrastré fuera de la taberna, sin importarme las miradas curiosas. Afuera, la brisa nocturna era fresca, pero el calor que ardía entre nosotros no podía apagarse tan fácilmente.

Rayleigh rió suavemente mientras me dejaba guiarlo por los callejones del puerto.

—Eres toda una tormenta, ¿lo sabías?

—Espero que puedas manejarme, entonces.

En un movimiento rápido, me atrapó entre su cuerpo y la pared de una de las casas de madera, su mirada ardiendo con deseo.

—Oh, cariño… —susurró, inclinándose hasta que su aliento chocó contra mi piel—. He navegado mares más peligrosos que este.

Y cuando volvió a besarme, supe que estaba perdida.

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